El dios humeante, viaje al interior de la Tierra

 
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EL MUNDO DONDE EL SOL NO SE PONE
por Horacio Velmont
Contacto.

 Mi reino no es de este mundo
 
¿Así que vosotros venís del mundo de la superficie?
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Parece increíble que todavía haya quienes se muestran escépticos respecto a que la Tierra es hueca y que alberga en su interior una civilización superior a la de la superficie, significando esto que aún sigue triunfando el ocultamiento que hacen los gobiernos de este hecho.
Lo que ocurre es que ciertos eventos, especialmente cuando se apartan de lo que todos creen conocer y dan por cierto, resultan difíciles de ser aceptados y quienes los divulgan son objetos de burlas o directamente tomados por locos.

 

Vale recordar lo sucedido con los campesinos franceses cuando afirmaban que del cielo caían piedras, y los sabios de la Academia de Ciencias los refutaban con burlas porque consideraban que del cielo no podían caer piedras porque en el cielo no había piedras.
El mismo Maestro Jesús se había referido a la Tierra hueca cuando les decía a sus discípulos “mi reino no es de este mundo” y también cuando aclaraba “en mi mundo el sol no se pone”. Obviamente nadie lo entendía.
Desde ya que Jesús no  quería decirles que él había venido del mundo interior del planeta, sino que su encarnación anterior había sido allí.
Pero quien sí había venido del interior del planeta era Jehová –o Yahvé–, quien separado de sus “hermanos” dioses optó por formar su propio Reino. Jehová se tomó al mundo de la superficie y aún lo sigue dominando a través de sus seguidores, los mismos que siguen sus principios de poder, dominio y control.
El mismo Maestro Jesús afirmó que nosotros –como humanos clonados– éramos hijos de Satanás y no del Padre y por eso hablaba de un segundo nacimiento. Y decía que el verdadero príncipe de este mundo era Satanás y es a él a quien en verdad adorábamos.
Cuando hablamos de que muchos que pretenden revelarnos hechos, que están más allá de lo que se toma por todos como un hecho cierto, son tomados por locos nos referimos, como un caso clásico, al de Olaf Jansen, que junto con su padre viajó al interior de la Tierra y que, cuando lo divulgó –el padre murió en la travesía de regreso–, fue recluido en un manicomio por muchos años.
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Afortunadamente, su historia fue recogida por un periodista –Willis George Emerson–, quien la relató en un libro titulado “El dios humeante”. Los médium Daniel, director del Grupo Ruanel, y Denyse, importante colaboradora, confirmaron que dicho relato está basado en hechos reales. 
Sin embargo, lo que no sabía Olaf Jansen es que el mundo interior de la Tierra que visitó con su padre había sido el reino al que se refería Jesús cuando hablaba de que en su mundo el sol nunca se ponía.
Una de las características de la Tierra hueca es que sus habitantes tienen alturas que a nosotros nos parecerían gigantes: 3 a 5 metros. Cuando el Maestro Jesús estuvo encarnado en el interior del planeta, por lo tanto, debió ser alguien de esta altura.
Recuérdese que la Biblia nos habla de que en aquella época en la Tierra había gigantes, en obvia referencia a estos seres provenientes del interior del planeta.
¿Cómo era el mundo del Maestro Jesús, entonces, de acuerdo al relato de Olaf Jansen?
No había ningún hombre que midiera menos de 3,70 metros. Todos tenían barbas enteras, no particularmente largas, sino aparentemente de pelo corto. Tenían caras suaves y hermosas, excesivamente bellos, con el cutis rubicundo. El pelo y la barba de algunos eran de color negro, otros rojiso y aun otros amarillean.
Las mujeres tenían por término medio alrededor de 3,30 a 3,40 metros de altura. Sus características eran especialmente regulares y refinadas, mientras que su tez era de un delicado matiz realzados por un salujdable brillo.
Los hombres vestían con elegantes túnicas bordadas de seda y satén cenidas en la cintura. Usaban bermudas y medias de una textura fina, mientras que sus pies estaban revestidos en sandalias adornadas con hebillas de oro.
Descubrimos enseguida que el oro era uno de los metales conocidos más comunes, y que era utilizado exclusivamente en la decoración.
La condición de sobrecarga eléctrica del aire era un vitalizador constante. Nunca me sentí mejor en mi vida que durante los dos años que mi padre y yo residimos en el interior de la Tierra.
Las casas eran enormes y construidas maravillosamente, y absolutamente unifoermes en aspecto, pero con todo sin parecido.
La ocupación principal de la gente parecía ser la agribultura; las laderas estaban cubiertas con viñedos, mientras que los valles eran dedicados al crecimiento del grano.
La vegetación crecía en exuberancia pródiga, y la fruta, de todas las clases poseía el más delicado sabor. Los racimos de uvas eran de entre 1 y 1,5 metros de longitud, cada uva era tan grande como una naranja, y las manzanas más grandes que la cabeza de un hombre caracterizaban el crecimiento maravilloso de todas las cosas en el “interior” de la tierra.
Los grandes árboles de la secoya de California serían considerados meros arbustos comparado con los bosques de árboles gigantes que se extienden por kilómetros y kilómetros en todas las direcciones. En muchas direcciones a lo largo de las colinas de las montañas, vimos, vastos rebaños de ganado vacuno, durante el último día de viaje por el río.
Oímos hablar mucho de una ciudad llamada “Edén,” pero nos quedamos en “Jehu” por un año entero. Después de ese tiempo habíamos aprendido hablar bastante bien la lengua de esta raza de gente extraña. Nuestros instructores, Julio Galdea y su esposa, exhibieron una paciencia que era en verdad encomiable.
Un día un enviado del soberano de “Edén” vino a vernos, y durante dos jornadas completas nos hicieron a mi padre y a mí una serie de preguntas que sorprendían. Deseaban saber de dónde vinimos, que clase de gente vivía “fuera,” qué dios adorábamos, nuestras creencias religiosas, el modo de vivir en nuestra tierra extraña, y mil y una otras cosas.
La brújula que habíamos traído con nosotros atrajo su atención especialmente. Mi padre y yo comentamos entre nosotros mismos respecto al hecho de que la brújula todavía señalaba al norte, aunque ahora sabíamos que habíamos navegado sobre la curva o el borde de la abertura de la tierra, y nos habíamos alejado lo largo de la dirección sur en la superficie del “interior” de la corteza de tierra, que, según la estimación de mi padre y la mía, tiene cerca de quinientos kilómetros de grueso del “interior” a la superficie del “exterior”. Relativamente hablando, no es más gruesa que una cáscara de huevo, de modo que hay casi tanta superficie en el “interior” como en el “exterior” de la tierra.
La gran nube o bola luminosa del fuego rojo apagado, rojo ardiente por las mañanas y las tardes y, durante el día emite una luz blanca hermosa, “el Dios Humeante,” – parece suspendida en el centro del gran vacío “dentro” de la tierra, y es sostenido en su lugar por la ley inmutable de la gravitación, o de una fuerza atmosférica repelente, de acuerdo con las circunstancias. Me refiero a la energía conocida que atrae o repele con igual fuerza en todas las direcciones.
La base de esta nube eléctrica o lumbrera central, el asiento de los dioses, es oscura y opaca, excepto por pequeñas aberturas innumerables, aparentemente en el corazón del Gran Soporte o altar de la Divinidad, sobre el cual “El Dios Humeante” descansa; y, las luces que brillan por esta gran cantidad de aberturas centellean en la noche en todo su esplendor, y se parecen ser estrellas, tan naturales como las estrellas que nosotros vemos brillando cuando estamos en nuestro hogar en Estocolmo, excepto que ellas parecen mayores.
“El Dios Humeante,” por lo tanto, con cada revolución diaria de la tierra, parece elevarse en el este y descender en el oeste igual que lo hace nuestro sol en la superficie externa. En realidad, la gente de “dentro” cree que “el Dios Humeante” es el trono de su Jehová, y es inmóvil. El efecto de la noche y del día, por lo tanto, es producido por la rotación diaria de la tierra.
He descubierto que la lengua de la gente del mundo interno es como el Sánscrito.
Después de que les hubiéramos explicado sobre nosotros a los emisarios de la sede central del gobierno del continente interno, y de que mi padre facilitara, a su inexperta manera, mapas dibujados, conforme a su petición, de la superficie del “exterior” de la tierra, demostrando las divisiones de la tierra y del agua, y dando el nombre de cada uno de los continentes, de las islas grandes y de los océanos, por tierra nos llevaron a la ciudad de “Edén,” en un transporte diferente de cualquier cosa que tengamos en Europa o América.
Este vehículo era sin duda alguna una cierta invención eléctrica. Era silencioso, y funcionaba sobre un solo carril de hierro en equilibrio perfecto. El viaje fue hecho en una velocidad muy alta. Nos llevaron por encima de las colinas y debajo de los valles, a través de los valles y otra vez a lo largo de las laderas de montañas escarpadas, sin ninguna necesidad evidente de nivelar la tierra como hacemos para las pistas del ferrocarril. Los asientos de coche eran enormes, pero a pesar de ello, cómodos y muy altos sobre el suelo del coche.
En lo alto de cada coche estaban los engranajes de los volantes situados a sus lados, y que se ajustaban tan automáticamente que, cuando se incrementa la velocidad del coche, la velocidad de estos volantes geométricos también crece. Julio Galdea nos explicó que estas ruedas en forma de abanico que giraban encima de los coches anulan la presión atmosférica, o lo qué se entiende generalmente por el término de gravitación, y con esta fuerza anulada o con una presencia nimia el coche está tan seguro que es imposible caer a un lado o a otro de monorraíl como si estuviera en un vacío; él volante con sus rápidas revoluciones destruyen eficazmente la, así llamada, fuerza de gravitación, o la fuerza de la presión atmosférica o cualquier influencia potente puede ser la causa de que todas las cosas sin apoyo caigan hacia abajo a la superficie de la tierra o al punto más cercano de la resistencia.
La sorpresa de mi padre y mía fue indescriptible cuando, en medio de majestuosa magnificencia de una cámara espaciosa, finalmente nos trajeron ante el Gran Sumo Sacerdote, soberano de toda la tierra. Vestía ricamente y era mucho más alto que todos los que estaban cerca de él, y no podía ser menor de de cuatro o cuatro metros y medio de altura. La inmensa habitación donde fuimos recibidos parecía acabada en sólidas losas gruesas de oro, decoradas con joyas de asombroso fulgor.
La ciudad de “Edén” está situada en lo que se parece ser un valle hermoso, con todo, de hecho, está en la meseta más alta de la montaña del continente interno, varios miles de metros más alta que cualquier porción del país circundante. Es el lugar más hermoso que he contemplado nunca en todos mis viajes. En este jardín elevado toda clase de frutas, vides, arbustos, árboles, y flores crecen en bulliciosa profusión.
En este jardín cuatro ríos tienen su nacimiento en una fuente artesiana poderosa. Se dividen y fluyen en cuatro direcciones. Este lugar es llamado por los habitantes el “ombligo de la tierra,” o del principio, “la cuna de la raza humana.” Los nombres de los ríos son Éufrates, Pisón, Gihón, y el Hiddekel.
La imprevista espera en este palacio de la belleza, y el hallazgo de nuestro pequeño balandro que había sido traído ante el Sumo Sacerdote en forma perfecta, igual que había sido tomado de las aguas ese día en que fue cargado a bordo de la nave por la gente que nos descubrió en el río hace más de un año.
Se nos concedió audiencia de unas dos horas con este gran dignatario, que parecía dispuesto amablemente y considerado. Demostró un ávido interés, haciéndonos preguntas numerosas, e invariable con respecto a las cosas sobre las cuales sus emisarios no habían podido investigar.
Al final de la entrevista preguntó acerca de nuestra satisfacción, preguntándonos si deseábamos permanecer en su país o si preferimos volver al mundo “externo”; abasteciéndonos era posible hacer un viaje de vuelta con éxito, a través de las barreras congeladas de la cadena que cercan las aberturas norteñas y meridionales de la tierra.
Mi padre contestó: “Nos satisfaría a mí y a mi hijo visitar tu país y ver a tu gente, tus universidades, palacios de la música y del arte, tus grandes campos, tus maravillosos bosques de árboles; y después de que hayamos tenido este privilegio agradable, debemos tener el gusto de intentar volver a nuestro hogar en la superficie del “exterior” de la tierra. Mi hijo es solo un niño, y mi buena esposa estará cansada de aguardar nuestra vuelta.
“Me temo que nunca puedas volver”, contestó el Principal Sumo Sacerdote, “porque el camino es sumamente peligroso. Sin embargo, visitarás los diversos países con Julio Galdea como vuestro acompañante, y acuérdate de cada cortesía y amabilidad. Cuando quiera que estéis preparados para intentar el viaje de vuelta, te aseguro que tu barco, el cual está aquí exhibiéndose, será puesto en las aguas del rio Hidekel en su desembocadura y tu pedirás a tu Dios que seas veloz”.
Así terminó nuestra única entrevista con el Sumo Sacerdote o soberano del continente.
Continuar leyendo en
http://www.alazul.com/sites/default/files/el-dios-humeante-the-smoky-god-spanish-by-ones.pdf
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LECTURAS COMPLEMENTARIAS
Auroras boreales
http://gruporuanel.com/auroras-boreales/ 
El enigma de la Tierra hueca
http://gruporuanel.com/el-enigma-de-la-tierra-hueca/ 
Más información en Lista completa de temas
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