Fabio Zerpa y la mutilación de animales

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LA INFORMACIÓN FALSEADA
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por Horacio Velmont
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En un reportaje que le hicieron a Fabio Zerpa manifestó que “la mutilación de animales es producida por extraterrestres, que lo realizan por investigación con laboratorios muy avanzados” *.
Se trata de una afirmación que no es más que una media verdad, y como tal oculta la realidad escalofriante que se encuentra detrás de estas mutilaciones.
Fabio Zerpa atribuye las mutilaciones a investigaciones extraterrestres, como si los extraterrestres vinieran a nuestro planeta, se llevan algunos animales a  ”laboratorios avanzados”, hacen experimentos con ellos y ésta fuera toda la historia.
Empecemos por aclarar que no se trata de diversas razas extraterrestres, sino de una sola, los denominados Grises, que en rigor no son extraterrestres sino terrestres no humanos, y los experimentos genéticos son solo una parte de los hechos, e inclusive –¡vaya sorpresa!– son los que menos importancia tienen.
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Extraen la sangre de los animales porque contienen la energía vital que les sirve para alimentarse, y no solo de los animales, sino también de seres humanos, especialmente de criaturas.
Lo que ocurre es que estos casos las autoridades los ocultan porque no pueden dar respuestas al público sobre lo que está sucediendo.
Para comprender las mutilaciones de animales hay que recordar que Yahvé también las exigía a “su” pueblo. Yahvé no era más que un extraterrestre descendiente de los Anunnaki que se alimentaba de la energía vital de los animales y también de las emociones humanas –miedo, dolor, etc.–, y ésta era la razón de su crueldad, que incluso los llevaba a promover cruentas guerras contra pueblos pacíficos, a los que les hacía usurpar sus tierras.
http://gruporuanel.com/sacrificios-humanos-y-canibalismo/
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No se puede hablar, por lo tanto, solo de animales, sino también de humanos, porque hay extraterrestres carnívoros que se alimentan de carne, como los draconianos.

https://horaciovelmont.wordpress.com/2014/11/15/desaparicion-de-ninos/

Anualmente desaparecen más de 5 millones de personas sin que jamás se sepa de ellos, de los cuales la mitad son niños. Sabemos que tales desapariciones se deben a tratata de blancas, ritos satánicos, pedofilia, tráfico de órganos, pero también hay que incluir el hecho de que le servimos de alimentos a los “dioses”, esos dioses de la antigüedad que aún están entre nosotros y nos usan como comida.
Veamos lo que dice al respecto el notable investigador Salvador Freixedo, que ha investigado el tema de forma muy exhaustiva **:
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Por qué y para qué se manifiestan los “dioses”
Si hubiésemos de resumir muy brevemente la contestación a estas preguntas, diríamos que se manifiestan fundamentalmente por necesidad —una necesidad bastante relativa— y por puro placer.
Sin embargo estas dos simples palabras tendrán que ser expuestas y analizadas muy detalladamente, para que no sean entendidas de una manera errónea; y éste será el propósito de todo este capítulo, que también podría titularse «Qué buscan los Dioses en nuestro mundo».
Nos ayudará mucho en todo este análisis, la reflexión acerca de los motivos que los humanos tenemos para interferir en la vida de los animales. Tenemos que ir metiéndonos en la cabeza que la relación entre nosotros y los Dioses, tiene muchos paralelos con nuestra relación con todo el mundo animal.
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Por necesidad
Fundamentalmente, los hombres nos entrometemos en la vida de los animales animados por los mismos motivos que acabo de señalar, por necesidad y por placer.
En nuestro caso la necesidad que de ellos tenemos es mucho más acuciante que la que los Dioses tienen de nosotros. Hoy día, a pesar de que nos hemos liberado enormemente de esta necesidad de los animales, (sobre todo si nos comparamos con nuestros remotos antepasados y aun de nuestro inmediatos antecesores para quienes la tracción animal, las pieles las lanas, etc., etc., eran cosas sin las cuales la vida se les hubiera hecho mucho más difícil, ya que no habían logrado todavía adelantos que hoy tenemos en cuanto a maquinaria y sintéticos) sin embargo todavía tenemos una enorme dependencia de ellos sobre todo a nivel alimentario.
Es una triste y cruel verdad, que hasta la humanidad más avanzada, depende todavía en la actualidad de una manera radical de los animales. Sencillamente necesitamos comérnoslos directamente o extraer de ellos grasas, carbohidratos y proteínas para poder subsistir, porque todavía no hemos sido capaces de crear sustitutivos sintéticos en cantidad y calidad, ni de desarrollar una agricultura que nos provea de todos estos compuestos alimenticios que necesitamos.
La necesidad que los Dioses tienen de nosotros es mucho más relativa y menos perentoria o apremiante que la que nosotros tenemos de los animales. Muy probablemente pueden subsistir — por lo menos en su medio ambiente natural— sin necesidad de recurrir a nosotros para nada. Y digo en su medio ambiente natural, porque muy bien puede suceder que el esfuerzo de llegar hasta nuestro medio ambiente o de mantenerse en él, genere en ellos cierto tipo de necesidades extraordinarias que les haga precisar de algo que hay en nuestro mundo y que ellos no han podido traer consigo desde sus lugares o dimensiones de origen.
Y aquí volveré a repetir que algunos de ellos no necesariamente tienen que venir de otro lugar del Universo y muy bien pueden residir aquí, en nuestro mismo planeta, pero en otra dimensión o nivel de existencia; lo cual, para nuestros sentidos, sería como no residir en ningún plano de los que nosotros conocemos y habitamos. Sin embargo, aun no viniendo de ningún otro lugar del Universo y aun siendo de nuestro mismo planeta, este saltar de su dimensión o nivel al nuestro, podría crear en ellos alguna necesidad que tendrían que suplir con algo que nosotros les suministrásemos.
Pero a pesar de esto, creo que la necesidad que ellos pueden tener con relación a nosotros, es más psicológica o espiritual que material, constituyendo al mismo tiempo para ellos un placer el llenar esta necesidad.
Como seres inteligentes que son, tienen la misma necesidad que nosotros tenemos de saber y de conocer cada vez más. Lo mismo que un zoólogo se pasa horas y horas observando el comportamiento de determinado animal, únicamente por saber o por conocer sus hábitos de conducta, y sin ningún interés comercial sobre él. Es el saber por saber; porque el conocimiento es el alimento natural de la inteligencia. Es perfectamente natural que estos seres, una vez que hayan descubierto nuestra existencia, sientan una urgencia por conocer nuestra manera de actuar y todavía más, nuestra manera de pensar y todos los sentimientos superiores de qué es capaz nuestra alma.
Y no sería nada extraño que en muchas ocasiones provocasen determinadas situaciones para observar nuestras reacciones a ellas y muy posiblemente para aprender algo de todo ello.
¿No tenemos nosotros textos de Historia Natural en los que catalogamos las cualidades y características de todos los seres vivientes que nos rodean y todo ello sólo por el afán de saber?
¿No parece muy lógico que haya seres superiores a nosotros que estén haciendo poco más o menos lo mismo, estando nosotros tan ajenos a ellos, como los están las hormigas de las prolongadas observaciones que el entomólogo hace sobre sus idas y venidas en el hormiguero?
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Por placer
Entremos ahora en la consideración del otro motivo de la manifestación de los Dioses en nuestras vidas: su placer.
Creo que este motivo y finalidad tiene mucha más importancia, por lo menos por nuestra parte, debido a las consecuencias que esto tiene y ha tenido en las vidas de todos los hombres que han pasado por este planeta.
Y fíjese el lector que digo su placer y no nuestro placer, como ingenuamente siguen creyendo todavía tantos aficionados al fenómeno ovni. Y como, más ingenuamente todavía, siguen creyendo todos los líderes religiosos, que continúan tragándose la gran mentira de que «ellos» —el Dios de cada religión— vienen al mundo para nuestro bien («se encarna para nuestra salvación») o como quiera que se enuncie en cada una de las múltiples «revelaciones» con que nos han engañado por siglos. Tanto los Dioses de los creyentes, como los ovnis de los platilleros, lejos de ser remedio para nuestros problemas, son un problema más; son el más grave problema que la humanidad tiene planteado en cuanto a su evolución social y personal.
Volvamos a reflexionar acerca de nuestra conducta en relación con los animales.
Nadie puede negar que los animales, aparte d vestirnos y nutrirnos, hayan sido siempre una fuente de diversión de placer para nosotros. Las peleas de gallos, las corridas de toros, las carreras de galgos y de caballos (y en cuestión de carreras creo que, por pasatiempo, no hay clase de animal al que no hayamos puesto a correr) el tiro de pichón, la cetrería y todas las infinitas modalidades cinegéticas, son ejemplos que prueban sin lugar a dudas que el hombre ha usado siempre a los animales para divertirse.
Y hemos de caer en la cuenta de que, aun en los casos violentos —como son las corridas de toros o los safaris africanos, pasando por una vulgar cacería de conejos— el hombre practica; estos «deportes» sin tener ni pizca de odio hacia los animales, por más que los destripe con sus rifles y sus perdigonadas. Es por puro placer egoísta. Y como anteriormente dijimos, no siente por estos actos, remordimiento alguno, ya que entiende que el mero hecho de ser hombre le da derecho a usar los animales como le parezca.
Si estos seres que se nos manifiestan en apariciones y en vehículos siderales, tienen la misma filosofía que nosotros, entonces vamos a salir muy mal parados; el mero hecho de ser ellos «Dioses», es decir, una especie de superhombres (al igual que nosotros no somos más que unos superanimales), les dará derecho a usar a los hombres como les venga en gana, privándolos incluso de la vida, si esto conviene a sus necesidades o a sus gustos. Y por supuesto, sin que ello signifique que nos odian o que tienen nada contra nosotros. Simplemente por pertenecer a otro peldaño superior en una de las muchas escalas cósmicas de las que ya hablamos en otro capítulo.
Lector, prepárate a oír una muy desagradable noticia: esto es ni más ni menos, lo que ha estado sucediendo desde que el primer hombre apareció sobre la superficie del planeta. Y de paso —y a manera de paréntesis— déjame decirte que cuando el primer hombre apareció en la superficie del planeta, ya estos misteriosos y superinteligentes individuos andaban por aquí.
En primer lugar, porque posiblemente este planeta es más de ellos que de nosotros, y en segundo lugar, porque muy probablemente el «Adán» o primer hombre de cada una de las razas, es una hechura — ¿un juego?—de estos «elohim» (que significa «señores») tal como les llama la Biblia.
Y aunque al hablar de «hechura» pueda parecer a primera vista que se rompe el paralelo {ya que los animales no han sido creados por el hombre), sin embargo no se rompe, ya que no me refiero a una hechura total o «de la nada», sino a una gran manipulación de aquellas primeras criaturas inteligentes o semiinteligentes. Y nadie negará que el hombre ha manipulado enormemente todas las razas de animales haciendo desaparecer muchas de ellas, multiplicando desproporcionadamente otras, e incluso creando una gran cantidad de especies nuevas y de híbridos.
Al igual que sucedió en todo el reino animal, el primer superanimal llamado «homo sapiens» fue el fruto natural de una evolución programada por una Inteligencia superiorísima que se esconde no sólo en el fondo del Cosmos, sino que está diluidamente presente en todas y cada una de las criaturas del universo, incluida la materia que llamamos muerta.
Pero cuando el primer rudimentario «homo erectus» tuvo posibilidades de convertirse en un «homo sapiens», hicieron su aparición los Dioses. Ellos manipularon racialmente (genéticamente) aquella criatura (al igual que nosotros hacemos con los animales) y con bastante probabilidad no se contentaron con eso, sino que, dado su grado de evolución intelectual, fueron capaces de programarlo, genéticamente de modo que a lo largo de las sucesivas generaciones fuese comportándose y evolucionando —o no evolucionando— de la manera que a ellos les convenía (y que no es precisamente la manera que más le conviene a la raza humana).
Más adelante veremos en particular cuáles fueron estas características genéticas, raciales o temperamentales, fruto de esta manipulación de los Dioses en los primeros ejemplares de cada raza humana.
Si estas ideas, amigo lector, te parecen raras, prepárate, porque vas a encontrarte con otras más extrañas todavía a medida que vayamos profundizando en el tema.
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¿Qué placer?
¿Qué placer pueden sacar los Dioses del hombre, aparte de la satisfacción de conocer a otras criaturas inferiores del Universo?
Ciertamente, el placer que ellos sacan de nosotros no es tan elemental y burdo como el que nosotros sacamos de los animales. Y antes de proseguir, quiero hacerle notar al lector que no debe pensar que nosotros somos algo importante en la vida de los Dioses; porque nuestro natural egoísmo —nos han dicho y redicho que somos los señores de los animales y los reyes de la creación— nos lleva a creer que somos unos personajes centrales en este planeta; y que aunque ahora resulte que hay otros por encima de nosotros, éstos deben estar muy atentos a lo que nosotros hacemos, porque al fin y al cabo nosotros somos los que dominamos la superficie de la Tierra; y según las enseñanzas de la Iglesia, los ángeles —que es el nombre bíblico de los Dioses— están muy pendientes de lo que los hombres hacen.
Pero las cosas no son así como nosotros creemos (y paradójicamente, como más tarde veremos, son los mismos Dioses los que nos han inducido a tener esta falsa creencia de que nosotros somos los dueños del planeta). La realidad es completamente diferente.
Los hombres con nuestras grandes carreteras, nuestros aviones, nuestras ciudades, etc., etc., no molestamos a los Dioses porque ellos no usan nuestro entorno físico. Usando un símil, ellos viven en otro piso de este inmenso condominio que es el planeta.
Millones de bacterias se puede decir que conviven con nosotros —literalmente millones dé ellas viven dentro de nosotros— sin que sus vidas interfieran o molesten en lo más mínimo a la nuestra. Su «nivel de existencia» es diferente al nuestro. Pues bien, a los Dioses les sucede algo parecido; pero su separación de nosotros es todavía mucho más radical que la de las bacterias. Estas viven en nuestra misma dimensión y obedecen a casi las mismas leyes físicas a las que nosotros estamos sujetos; de hecho, si nos lo proponemos, —usando un gran microscopio o con otros medios— somos capaces de verlas y captarlas con nuestros sentidos.
En cambio estos seres, sin dejar de regirse por ciertas grandes leyes generales del Universo por las que nosotros también nos regimos, caen bajo otras que no nos afectan a nosotros y que nos son totalmente desconocidas. Cada dimensión del Cosmos tiene sus leyes específicas que no aplican a otras dimensiones. Lo mismo que dentro de una misma dimensión, hay muchas leyes que sólo aplican a determinados cuerpos o en determinadas circunstancias. El potente electroimán que es capaz de levantar un camión cargado con diez toneladas de chatarra de hierro, no es capaz de levantar ni un milímetro un anillo de oro o de cobre.
La luna que es capaz de llenar una bahía entera con millones de toneladas de agua de mar, no es capaz de lograr que se derrame ni una sola gota en un vaso totalmente lleno de agua. El Cosmos tiene muchas leyes mucho más extrañas y desconocidas de lo que pensamos nosotros los hombres ordinarios y de lo que piensan los científicos que se creen que ya todo lo inventable está inventado.
Resumamos estos párrafos diciendo que los Dioses viven en su dimensión, inalcanzables por nuestros sentidos, sin que de ordinario nuestras vidas ni nuestras actividades les molesten y sin que nos consideren los personajes centrales del planeta, o alguien a quien hay que tener siempre en cuenta en el momento de tomar alguna gran decisión.
Los Dioses viven sus respectivas vidas totalmente despreocupados de nosotros, lo mismo que nosotros vivimos nuestras vidas totalmente despreocupados de la de los insectos. A no ser que estos insectos interfieran en nuestras vidas y nos molesten de alguna manera. Entonces, con toda naturalidad, los extirpamos y seguimos haciendo lo que estábamos haciendo.
A pesar de la separación radical que existe entre los Dioses y nosotros, es muy posible que algunas de nuestras acciones trasciendan la barrera de nuestra dimensión y lleguen a causarles algún tipo de molestia directa o indirecta (por ejemplo, si no nos atenemos a las directrices que ellos nos han dado); en este caso actúan conforme a sus intereses, aunque tengan que hacerlo de una manera drástica; y creo que esto, tal como más tarde veremos ha sucedido en muchas ocasiones a lo largo de la historia.
Volvamos a la pregunta que dejamos en el aire unos párrafos más atrás: ¿qué placer pueden sacar los Dioses del hombre?
No nos usan como alimento, ni como materia prima, ni para sus deportes tal como nosotros usamos a los animales, ¿de qué manera nos pueden usar entonces?
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Las ondas que emite el cerebro
Vamos a dejar en suspenso las afirmaciones nada seguras que se hacen entre estas preguntas, porque más tarde volveremos sobre ellas; ahora vamos a fijarnos en algo que constituye la médula dé este capítulo y aun de este libro: en un placer específico que los Dioses sacan de los hombres y que probablemente es la principal causa de su interferencia en nuestras vidas y en toda nuestra historia.
El cerebro humano tiene una natural actividad psíquica; esta actividad psíquica, a pesar de que vulgarmente es considerada como algo sinónimo de «espiritual», sin embargo, en último término, no es sino una actividad eléctrica, lo que equivale a decir física, que consiste, tal como ya dijimos, en la emisión de ondas o radiaciones, pero de una frecuencia y longitud, y con unas características peculiarísimas, que hace que tales radiaciones no puedan ser detectadas por los instrumentos normales que usan los físicos, y sí en cambio, por instrumentos biológicos, tales como los cerebros de otras personas o de otros seres vivientes.
Pues bien, los Dioses se interesan mucho por esta actividad psíquica del cerebro humano y en particular por toda la actividad psico-fisica de los cerebros, cuando éstos están sometidos a ciertas excitaciones. Los Dioses sí están capacitados para captar las ondas que en determinadas circunstancias emite el cerebro. Por lo tanto, su principal actividad entre nosotros —y ésta es una de las más importantes afirmaciones de este libro— consiste en propiciar estas circunstancias en las que el cerebro emite las ondas o radiaciones que a ellos les interesan.
¿Y qué sacan los Dioses de estas ondas emitidas por el cerebro humano?
Para explicárnoslo de alguna manera, podemos preguntarnos qué sacamos los hombres de otro tipo de ondas parecidas, (aunque de una frecuencia enormemente inferior) tales como las ondas hertzianas. Los animales, por no ser capaces de captarlas, no sacan nada de ellas y las desconocen por completo; pero el hombre en cambio, al ser capaz de descodificarlas, puede sacar un placer estético, un estado de placidez, adquirir nuevos conocimientos y todo aquello de lo que es capaz un programa de radio.
Volvamos ahora a la pregunta que hacíamos más arriba: ¿qué sacan los Dioses de esas determinadas ondas producidas por el cerebro humano?
La respuesta tiene que ser genérica: sacan algo. No sabemos exactamente qué; pero sí hemos llegado a la conclusión de que sacan algo, a juzgar por lo atentos que han estado siempre para conseguirlas.
A lo que parece —y en esto ya no estamos tan seguros— estas radiaciones provenientes del cerebro (y de otras fuentes, tal como veremos enseguida), son para ellos una especie de droga: algo así como para los hombres es el rapé, el tabaco, el café o el licor; es decir, un placer que no es de ninguna manera necesario ni imprescindible, sino un complemento placentero de nuestra alimentación.
Los Ovnis en la actualidad, propician los estados anímicos en que el hombre puede producir esas vibraciones, lo mismo que los Dioses lo propiciaban en tiempos pasados.
Y esto no son meras deducciones sino que es algo que salta claramente a la vista cuando uno conoce a fondo la manera de actuar de los ovnis en nuestros días, y cuando se ha tomado el trabajo de leer los antiguos historiadores para conocer qué era lo que los Dioses les imponían a griegos y romanos y a los pueblos de la Mesopotamia (lo mismo que a los pueblos de la América precolombina) con «ritos o ceremonias religiosas». A pesar de las distancias en tiempo y en el espacio, curiosamente nos encontramos con mismos hechos, propiciadores de idénticos estados anímicos.
¿Cuáles son los estados anímicos bajo los cuales el cerebro produce estas ondas?
Hablando genéricamente podemos decir que el cerebro humano las produce cuando es presa de alguna excitación; esta excitación puede provenir de la angustia, de una gran expectación, del odio violento y manifestado, de una explosión de alegría, sobre todo del dolor; del dolor moral, y más aún, del dolor físico.
De todos estos estados anímicos, parece que el que más energía produce, aparte de ser el más fácil de conseguir, y al mismo tiempo del que se puede conseguir de una manera más rápida —podríamos decir que casi instantánea— es el de dolor. Basta con darle un fuerte golpe a uno, para que automáticamente el cerebro comience a irradiar este tipo de ondas o de energía que tan apetecida es por los Dioses.
El lector deberá tener esto bien presente para las consideraciones que más tarde haremos en relación con esta circunstancia.
Al principio del capítulo dijimos que los Dioses venían a nosotros y se nos manifestaban por dos cosas, por necesidad y placer. En los párrafos que siguen trataremos de profundizar esta doble afirmación.
Si hubiésemos de mirar desde otro punto de vista cuáles pueden ser las razones que los impulsan a manifestársenos, podrían enunciarlas así: buscan en nosotros ciertas cosas de índole psíquica, inmaterial o invisible (las que acabamos de exponer en los párrafos anteriores), y ciertas cosas materiales, visibles y concretas de las que ellos extraen algo.
Estas cosas materiales son las que ahora quiero exponerle al lector.
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Sangre y vísceras
De nuevo nos encontramos con un paralelo sorprendente, mismo tiempo que totalmente inexplicable desde el punto de vista de la lógica. Más que de un paralelo podríamos hablar de una absoluta identidad de hechos. Y antes de proseguir, quiero confesarle al lector que lo que le voy a decir es algo tan inesperado, tan chocante y tan increíble, que en un primer momento, engendra en la mente del que lo conoce por primera vez, un rechazo absoluto, y una duda acerca de la cordura de quien se atreve a exponer semejante cosa.
Lo que los Dioses han pedido siempre en la antigüedad y continúan pidiendo hoy, es ni más ni menos que sangre; sangre tanto de animales como de seres humanos. ¿Por qué? No lo sé con exactitud. ¿Extraen ellos de la sangre algún producto que les sirva para algo? Tampoco lo sé; aunque al fin del capítulo le comunicaré al lector mis sospechas.
Lo único que sé con exactitud, y que sabemos muy bien todos los que nos dedicamos a investigar en el mundo de la ovnilogía y de la paranormalogía, es que la sangre y ciertas vísceras, son el común denominador entre los Dioses de la antigüedad, —incluido el Dios de la Biblia— y los ovnis de nuestros días.
Aunque ya traté este tema en mi libro «Israel Pueblo-Contacto», quiero profundizar aquí en él, porque es una gran clave para desentrañar todo este misterio.
Los eternos dubitantes que constantemente están pidiendo pruebas concretas acerca de todos estos hechos misteriosos, cuando uno se las da, —como en este caso de la sangre— las encuentran tan extrañas, y tan demasiado concretas, que de ordinario en vez de servir para quitarles la duda se la acrecientan.
Pero el hecho está ahí, atestiguado no sólo por todos los libros de los historiadores antiguos, sino por «el libro» por excelencia, —la Biblia— en donde vemos a Yahvé, página tras página, explicarle a Moisés qué era lo que quería que se hiciese con la sangre y con las vísceras de los animales sacrificados.
Nos imaginamos el pasmo de Moisés cuando tras haberle preguntado a Yahvé cómo quería ser adorado, oyó que éste le contestó dándole una serie de pormenores y de órdenes minuciosas de cómo debía degollar a los diferentes animales, qué es lo que debería hacer con las diferentes vísceras, y sobre todo cómo tenía que manipular la sangre.
Moisés, que seguramente conocía muy bien cómo eran los sacrificios que los egipcios y los pueblos mesopotámicos hacían constantemente a sus respectivos Dioses, debió que darse de una pieza, viendo que su «Único Dios» le pedía exactamente lo mismo que los otros «falsos» Dioses pedían. Y sólo por el hecho de que exigiese que le entregasen «cosas» (en vez de preferir el diálogo directo y unos ritos de una simbología espiritual y lógica) sino porque esas «cosas» que exigía, eran exactamente las mismas que los otros Dioses pedían y con el agravar de que eran unas cosas raras y en nada relacionadas con la adoración o con el perdón de los pecados.
Porque si lo miramos con una mente sin prejuicios, ¿qué tiene que ver la muerte de un cabrito y diseccionar de sus vísceras de tal o cual modo, o el derramar su sangre en determinados lugares, con la demostración del amor a Dios y de la obediencia a sus mandatos? ¿Qué tiene que ver degollar una vaca, con el sincero arrepentimiento y con el reconocimiento de los propios defectos?
La ciencia oficial —la arqueología— que tiene que ver con el tema que estamos tratando, se resiste a admitir nuestros puntos de vista; sin embargo llega, por su parte, a las mismas conclusiones y hasta muestra su extrañeza de que las cosas sean así. Cito al autor alemán Wilhelm Ziehr: «De este modo se explica la ofrenda de víctimas: los Dioses no aprecian el agradecimiento en la oración o en el cambio moral de vida, o en la aceptación de determinados mandamientos, sino sólo en el sacrificio; y el supremo sacrificio que puede ofrendarse, es la sangre de los hombres» («La magia de pasados imperios»).
Y si seguimos usando la cabeza, tendremos derecho a pensar que es completamente natural el quemar madera, pero es total mente antinatural el quemar la carne. La carne cuando se quema por completo (como se hacía en los holocaustos), impregna el ambiente de grasa y produce un penetrante olor nada agradable.
Para que el lector, con ojos desapasionados pueda ver por mismo lo que le estamos diciendo, y de paso, para recordarle textos que leyó en sus años de colegial sin caer muy bien en la cuenta de lo que leía (o que muy probablemente no ha leído en su vida), copiaremos aquí varios pasajes del Pentateuco en los que Yahvé alecciona a Moisés acerca de cómo debe ser adorado:
«Quien ofrezca un sacrificio pacífico, si lo ofreciera de ganado; mayor, macho o hembra sin defecto, lo ofrecerá a Yahvé. Pondrá la mano sobre la cabeza de la víctima y la degollará a la entrada de el tabernáculo; y los sacerdotes, hijos de Arón, derramarán la sangre en torno del altar. De este sacrificio se ofrecerá a Yahvé en combustión el sebo y cuanto envuelve las entrañas y cuanto hay sobre ellas, los dos riñones y los lomos y el que hay en el hígado sobre los riñones…»
(Lev. 3, 1 y sig.).
Y así sigue explicando detalladamente a lo largo de los capítulos siguientes, qué es lo que los sacerdotes tienen que hacer con las vísceras en caso de que, en vez de ser vacas, toros o novillos, fuesen cabras, corderos o aves; y de acuerdo a los diversos pecados por los que se ofrecen los sacrificios:
«Si es sacerdote ungido el que peca, haciendo así culpable al pueblo, ofrecerá a Yahvé por su pecado un novillo sin defecto en sacrificio expiatorio. Llevará el novillo a la entrada del Tabernáculo y después de ponerle la mano sobre la cabeza, lo degollará ante Yahvé. El sacerdote ungido tomará la sangre del novillo y la llevará ante el Tabernáculo y mojando un dedo en la sangre hará siete aspersiones ante Yahvé vuelto hacia el velo del santuario; untará con ella los cuernos del altar del timiama y derramará todo el resto de la sangre en torno del altar de los holocaustos… Cogerá luego el sebo del novillo sacrificado por el pecado y el sebo que cubre las entrañas y cuanto hay sobre ellas, los dos riñones con el sebo que los cubre y el que hay entre ellos, y los lomos y la redecilla del hígado sobre los riñones… La piel del novillo, sus carnes, la cabeza, las piernas, las entrañas y los excrementos lo llevará todo fuera del campamento… y lo quemará sobre leña…»
(Lev. 4, 1 y sig.).
Aun con peligro de abusar de la paciencia del lector pero por creer que tiene mucha importancia, voy a citar otro texto que resume, en cierta manera, todas las detalladas órdenes que Yahvé le transmitió a Moisés acerca de cómo quería ser adorado.
Durante los capítulos 4, 5, 6, 7 y 8 del libro del Levítico, continuaba Yahvé instruyendo detalladamente a Moisés; he aquí cómo la Biblia describe los primeros sacrificios ofrecidos por Ai y sus hijos después de haber terminado de recibir todas instrucciones:
«…Trajeron ante el Tabernáculo todo lo que había mandado Moisés y toda la asamblea se acercó poniéndose ante Yahvé…. moisés dijo: «Esto es lo que ha, mandado Yahvé; hacedlo y se mostrará la Gloria de Yahvé. [Note el lector que en la Biblia se llama la «Gloria de Yahvé» a la famosa nube en que Yahvé se manifestaba y desde la que les hablaba.]
«Arón se acercó al altar y degolló el novillo… sus hijos; presentaron la sangre y mojando él su dedo, untó con ella las esquinas del altar y la derramó al pie del mismo. Quemó en el altar la grasa, los riñones y la redecilla del hígado de la víctima por pecado, como Yahvé se lo había mandado a Moisés. Pero la carne y la piel las quemó fuera del campamento. Degolló el holocausto y sus hijos le presentaron la sangre, que él derramó en torno al altar. Le presentaron entonces el holocausto descuartizado, junto con la cabeza y él los quemó en el altar. Lavó las entrañas y las patas y las quemó encima de dicho holocausto.
Luego presentó la ofrenda del pueblo, degollándolo según el rito… Degolló el toro y el carnero de sacrificio pacífico por el pueblo. Los hijos de Arón le presentaron la sangre que él derramó en torno al altar; y el sebo del toro y del carnero, el rabo, el sebo que recubre las entrañas, los riñones y la redecilla del hígado; las partes grasas las puso sobre los pechos.
Arón quemó los sebos ante el altar; después ofreció, balanceándolos5, los pechos ante Yahvé, y la pierna derecha, balanceando también al ofrecerla, tal como había mandado Moisés… Moisés y Arón entraron en el tabernáculo de la reunión y cuando salieron, bendijeron al pueblo y la «Gloria de Yahvé» se apareció a todo el pueblo, y un fuego mandado por Yahvé consumió en el altar el holocausto y las grasas». (Fíjese el lector en este «fuego mandado por Yahvé» porque tiene gran importancia en la relación de los Dioses con nosotros, tanto en tiempos pasados como en la actualidad. Más tarde hablaremos en detalle sobre este particular).
Este «balanceo» o mecimiento al momento de ofrecer la victima (ordenad taxativamente por Yahvé en diversas ocasiones), aparte de su extrañez nunca bien explicada por los exegetas bíblicos ni por el propio Yahvé, es algo en lo que el autor encuentra un detalle más de sospechosa coincidencia entre la manera de actuar los Dioses de la antigüedad y los misteriosos visitantes del espacio de lo tiempos modernos, cuyas naves tienen frecuentemente un balanceo tan característico; aparte de que, en apariciones religiosas contemporáneas, también hemos podido observar este extraño balanceo, para el que los modernos teólogos tienen todavía menos explicaciones.
Perdóneme el lector unas citas tan largas —que podían haber sido mucho más largas todavía— pero es que quería que cayese en la cuenta de que la sangre y las vísceras eran para Yahvé como una idea fija y obsesiva. Pero lo grave es que Baal, Moloc, Dagón, etc., les pedían exactamente lo mismo a los pueblos mesopotámicos; y Júpiter-Zeus les pedía los mismos sacrificios a griegos y romanos; y si saltamos a América nos encontramos con que Huitzilopochtli les pedía lo mismo a los aztecas y con el agravante de que éste les exigía que la sangre fuese humana en ocasiones.
Es muy de admirar que mientras en la Biblia se habla únicamente 160 veces del amor, se habla en cambio 280 veces de la sangre.
La mayoría de las tribus negras en las que no ha penetrado el cristianismo o el islam, siguen todavía hoy día ofreciendo sacrificios de sangre a sus Dioses; los ozugus del centro de África, en el día de la gran solemnidad, se tumban en el suelo, mientras el supremo brujo-sacerdote los rocía abundantemente con la sangre de los animales sacrificados…
¿Qué hace el «Dios Único» exigiendo lo mismo que los demás Dioses? ¿Y por qué tiene que ser precisamente sangre y vísceras, algo tan difícil de conseguir para los pueblos pobres, tan fácilmente corruptible y hasta maloliente a las pocas horas, tan falto de relación con el amor y la obediencia que es lo que fundamentalmente se quiere simbolizar en los ritos?
Indudablemente uno tiene derecho a sospechar que algo extraño hay en torno a la sangre cuando tan universalmente la vemos relacionada con el fenómeno religioso.
El cristianismo, a pesar de haberse liberado de este lastre de los sacrificios cruentos de animales y a pesar de mostrarse mucho más racional en sus ritos, sin embargo en cuanto uno profundiza poco en ellos, se encuentra de nuevo con la sangre, aunque en es caso sublimada: «la sangre del cordero», y el «vino convertido sangre del Hijo de Dios», son dos símbolos fundamentales en toda la ritualística cristiana.
Y si profundizamos más todavía, veremos que estos símbolos no son tan símbolos, ya que la sangre de Cristo en la cruz fue una sangre real y no simbólica; ¡sangre que le fe exigida nada menos que por su Padre! Pero no tendremos que admirarnos mucho ante un hecho tan monstruoso, cuando nos enteramos que ese padre, según nos dice la teología, no era otro que Yahvé.
La cuidadosa y selectiva manipulación de las vísceras que veíamos en los textos citados anteriormente, es algo que también tiene que hacernos reflexionar mucho, pues tiene grandes paralelos con otros hechos igualmente inexplicables de los que no podemos tener duda alguna ya que están sucediendo estos mismos día delante de nuestros ojos.
Enseguida hablaremos de esto.
Hasta aquí el lector tiene derecho a tener muchas dudas acerca de lo que llevo dicho. No precisamente de que la sangre tuviese mucha importancia en las religiones antiguas, incluida la judeo cristiana, (los testimonios bíblicos son irrefutables), sino de que eso pueda ser presentado como una prueba de que a los Dioses todavía les sigue interesando el obtener sangre humana o de animales en nuestros días.
Trataremos de quitarle esas dudas en los párrafos siguientes.
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Los ovnis y la sangre
Recordará que en páginas anteriores no sólo relacionábamos el «fenómeno ovni» con lo que venimos llamando «los Dioses», sino que lo identificábamos totalmente: es decir, que los que hoy se nos manifiestan en los misteriosos ovnis son los mismos que en épocas pasadas se manifestaban como Dioses a nuestros antepasados (a veces a bordo también de máquinas volantes, tal como nos dicen muchas historias antiguas), exigiéndoles adoración y sacrificios.
Pues bien, en línea con esta idea e identificación, nos encontramos con otro hecho que no puede menos de llenarnos de pasmo, después de lo que hemos visto en párrafos anteriores.
El hecho desnudo e irrefutable es el siguiente: Los ovnis acostumbran con cierta periodicidad, a llevarse determinadas vísceras y sobre todo grandes cantidades de sangre que extraen de animales —preferentemente vacas y toros— que previamente han sacrificado en granjas. Estas carnicerías, que siempre suceden durante la noche, han ocurrido prácticamente en todas partes del mundo, y las autoridades de unos cuantos países, avisadas por los ganaderos perjudicados, han intervenido activamente para dar con el causante de las matanzas, sin que nunca hayan llegado a dar una explicación convincente.
El hecho de que nosotros relacionemos estas muertes con los ovnis no proviene de deducciones o de la falta de una explicación convincente por parte de las autoridades, sino por haber investigado personalmente unos cuantos hechos de esta índole y por haber oído los testimonios de testigos presenciales.
El lector que por primera vez oiga o lea acerca de esta extraña cualidad de los ovnis, (que los hace en cierta manera semejantes al legendario Drácula), pensará inmediatamente que se trata de una leyenda más.
Dejando a un lado a Drácula (de cuyo aspecto legendario habría mucho que hablar) nos encontramos ante hechos para cuya investigación no hay que acudir a tradiciones orales o a viejos libros, sino que lo único que hay que hacer es tomarse el trabajo de leer ciertos despachos que las modernas agencias de noticias publican de vez en cuando en los periódicos. Y el que, ante un hecho tan extraño, quiera convencerse, tiene que hacer lo que hizo el autor, que en cuanto apareció la primera noticia en el periódico acerca de misteriosas muertes de animales (que aparecían con extrañas heridas en el pescuezo y en la cabeza, y totalmente desangrados) salió inmediatamente para aquella región montañosa a investigar los hechos personalmente.
Y no sólo fue capaz de oír testimonios, sino que fue capaz de fotografiar vacas que habían sido muertas aquella misma noche por los ovnis, y que tenían las heridas características de esta clase de muertes.
Las muertes y el desangramiento de animales por los ovnis un hecho totalmente admitido por todos los buenos investigadores del fenómeno, y en los Estados Unidos, hasta llegó a publicar una pequeña revista titulada «Mutilations» dedicada exclusiva mente a catalogar todos estos fenómenos.
En dicha revista, limitaban casi exclusivamente a hechos ocurridos en los Estados Unidos, pero es de sobra conocido que tales matanzas ocurren la actualidad en todos los continentes y de algunas naciones como Francia, Brasil y Sudáfrica, entre otras, hay informes muy detallados, fruto de largas investigaciones.
Comprendo la extrañeza y hasta la duda que un hecho como éste pueda producir en todos aquellos lectores que oyen por primera vez semejantes hechos. Pero en éste como en casos semejantes, lo sabio no es cerrarse ante la realidad negándola desinteresándose de ella; lo sabio es investigar a fondo sin miedo y sin prejuicios y dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias. No hacerlo así, es exponerse a permanecer en el error, desgraciadamente esto es lo que ha pasado a la humanidad y sigue pasando en cuanto a sus creencias «sagradas» y en cuanto muchas otras creencias que tienen que ver con la razón de ser con la explicación de la vida humana.
Al admitir ciertas verdades como «inviolables» y como «absolutamente ciertas», nos cerramos automáticamente a la investigación de otras posibilidades que podrían explicar la vida y toda la realidad del Universo de una manera diferente a como lo explican esas «creencias sagradas» y esas «verdades inviolables». Ordinaria mente los que viven bien, gracias a esas «creencias sagradas» (los líderes religiosos) o esas «verdades inviolables» (algunos profesionales y científicos), son los que con mayor violencia se oponen a todas estas investigaciones y explicaciones nuevas, porque podrían dar al traste con sus posiciones de privilegio.
Y si las matanzas de animales no son admitidas de buena gana, mucho menos es admitido que los ovnis en algunas ocasiones se atrevan a desangrar personas humanas. Y no es admitido porque en general los hechos de esta índole son menos abundantes en nuestros días y cuando se dan, suelen ser realizados de una manera muy discreta y en regiones apartadas, llegando difícilmente al conocimiento del gran público. Enseguida hablaremos sobre esto.
Permítaseme esta auto-cita sacada de un libro mío inédito, titulado «60 casos de ovnis», que no ha podido ver la luz pública por culpa de la irresponsabilidad de un editor. El lector tendrá que tener en cuenta que cuando escribí lo que a continuación transcribiré, todavía no había llegado a las claras conclusiones a que llegué varios años más tarde, como resultado de mi intensa investigación del fenómeno ovni en toda su profundidad.
Para mí no hay duda que algún tipo de los llamados “extraterrestres” son la causa de los miles de muertes y desapariciones de todo tipo de animales tanto domésticos como salvajes. No sé por qué lo hacen, pero sí estoy seguro de que ellos son los carniceros. Alguien preguntará que cómo puedo saber que los animales salvajes son muertos también por los tripulantes de los ovnis, y tiene todo la razón para hacerlo.
Ciertamente el coyote muerto que vi en un campo en las afueras de la ciudad mexicana de Querétaro, no me lo dijo, pero yo pude deducirlo por muchas razones.
Querétaro (unos 200 kilómetros al noroeste de la ciudad de México) es una ciudad en donde en tiempos pasados y también en nuestros tiempos, han ocurrido cosas extrañas, más o menos relacionadas con los ovnis. Un día de 1975 un joven de clase muy humilde me dijo que dos meses antes, al anochecer había visto pasar por encima de su casa (en los límites de la ciudad) un ovni a muy baja altura y muy despacio.
Excitado por la visión comenzó a correr siguiendo la trayectoria del ovni que descendió en una profunda quebrada en las afueras de la ciudad no lejos de su casa. Cuando llegó al borde de la quebrada vio un gran objeto lenticular posado en tierra, que emitía una fantástica luz blanca. Atemorizado ante lo que estaba viendo se agachó, entre unos arbustos, y desde su escondite pudo ver a varios “enanos” con una especie de linternas en sus manos; las linternas emitían unos haces de luz muy finos y concentrados y los “enanos” se divertían mucho cortando con los haces de luz los tallos de diversas plantas; cortaban una tras otra con gran entusiasmo.
Pasado un tiempo, mi amigo, que había permanecido total mente inmóvil entre los arbustos, vio cómo la luz del objeto cambió de color y a los pocos instantes notó que comenzaba a elevarse muy despacio, balanceándose repetidamente a unos cinco metros por encima del terreno, hasta que salió disparado hacia el cielo; uno de estos balanceos, golpeó un gran cactus y lo derribó.
Cuando varios meses más tarde fui con el joven al mismo sitio para que me contase los hechos sobre el terreno, le dije que me indicase donde había sido derribado el cactus; fuimos allá y efectivamente allí estaba derribado y medio seco un gran nopal. A pesar del tiempo que había pasado, y sin dificultad alguna, pudimos ver en el medio de la quebrada las huellas redondeadas de más de un aterrizaje.
El joven me dio más tarde en su casa, partes de piedras fundidas que él había recogido entre las huellas del aterrizaje cuando aún estaban calientes; las metió en un frasco, y al cabo de un tiempo, el interior del frasco se había recubierto con un polvo amarillento que parecía azufre.
Todas estas circunstancias son más o menos comunes en muchos otros descensos de ovnis; pero lo que resultó nuevo para mí, fue el coyote medio disecado que descubrí bastante cerca de uno de los aterrizajes. Lo que atrajo mi curiosidad fueron ciertas extrañas circunstancias que se podían apreciar en los restos del animal. Lo más extraño de ello era que todo el cuerpo estaba retorcido como se retuerce un trapo para sacarle el agua; y a pesar de ello los huesos no estaban rotos.
También me llamó la atención que ni bajo el cuerpo del animal ni en los alrededores, se podía ver hormiga ni insecto alguno, cuando buena parte de la carne del animal estaba aún adherida a los huesos, aunque se había secado de una manera extraña, sin corromperse y sin desintegrarse tal como es común en los animales que mueren en los campos.
Para confirmar mi sospecha acerca de la causa de la muerte del coyote, mi amigo me dijo que en la otra parte del monte había un esqueleto de un tlacuache (especie de zarigüeya) que presentaba las mismas características y que curiosamente, estaba también muy cerca de las huellas de otro aterrizaje de ovni.
En cuanto a las muertes de animales domésticos por los tripulantes de los ovnis, en los años 1974 y 75, tuvimos en Puerto Rico muchos casos que fueron investigados por mí y por muchas otras personas interesadas en estos temas.
Durante el mes de septiembre de 1974 hubo en toda la isla, pero especialmente en el oeste y en el suroeste, una verdadera oleada de avistamientos. Una mañana oí por la radio que en una pequeña granja habían aparecido muertos unos cuantos animales de una manera muy extraña. Si mal no recuerdo, eran dos cerdos, dos gansos, una o dos novillas y varias cabras. Me monté en mi automóvil y fui allá inmediatamente, y me encontré con que los animales tenían las heridas típicas, y además algo que llenaba de pasmo a su atribulado dueño: no había trazas de sangre en ninguno de ellos a pesar de que las heridas que tenían eran profundas y a pesar de que los dos gansos eran blancos como la nieve y cualquier herida de sangre se hubiese notado enseguida.
Durante los próximos días, los periódicos siguieron informando de más animales muertos en la misma región, sin que se pudiese explicar las causas. Fui al campo en varias ocasiones para investigar los hechos y me encontré con que los dueños de granjas estaban intrigados por la muerte de sus animales como de las luces que por la noche se veían en el cielo. Alguno de ellos me dijo que a él se le parecían a las luces giratorias que los coches patrulla de la policía llevan en la parte superior.
En uno de mis viajes pude ver a lo lejos una vaca blanca y negra tendida en la mitad de un campo. Salí del coche y me dirigí hacia ella aunque la labor de llegar hasta allá no fue nada fácil. La vaca tenía las típicas heridas en el cuello y en la cabeza; le habían sacado la piel de un lado de la cabeza, como si lo hubiesen hecho con un bisturí de precisión; le faltaba además la entrada de uno de los orificios de la nariz pero no había absolutamente nada de desgarramiento. A pesar de que parte de la cabeza era blanca, no se veía una gota de sangre por ningún sitio.
El campesino que me acompañaba, no acababa de explicarse qué podía haber dado muerte a aquella vaca. Me contó que aquella misma noche había oído a los perros ladrar furiosamente y una anciana ciega que vivía en los lindes de aquel campo, me dijo que aquella noche el ganado — que ordinariamente se queda a dormir a la intemperie — no había dejado dormir porque estaba como alocado corriendo una parte para otra.
(Es de notar que por este mismo tiempo sucedieron en Puerto Rico muchos otros extraños fenómenos como la aparición de raros animales de gran tamaño, grandes explosiones misteriosas en el aire, apariciones de vírgenes y santos en diversos pueblos imágenes religiosas que sangraban o lloraban, milagros en el santuario de Nuestra Señora, desaparición de personas de una manera muy misteriosa, etc., etc. Para mí todas estas cosas, aunque aparentemente no tienen nada que ver, están muy relacionadas y más aún que relacionadas, se puede decir que proceden una misma causa).
Hasta aquí la larga autocita del libro impublicado.
No sé si el lector habrá caído en la cuenta al leer las anterior citas de la Biblia, que hay vísceras como los pulmones, el corazón el estomagó, los intestinos, o miembros como la cabeza y las patas que apenas si son nombradas alguna que otra vez (note el lector que he puesto una muy pequeña parte de los textos dedicados a este tema) y que cuando son nombradas, con frecuencia se ordena que «sean quemadas fuera del campamento»; y sin embargo los riñones, y la envoltura de los riñones y del hígado, son mencionados constantemente y sin excepción en todos los sacrificios, lo mismo que se puede decir del sebo o grasa y sobre todo de la sangre: («No comas nunca la grasa ni la sangre; la grasa y la sangre son para Yahvé». — Deut. 12, passim — ).
Pues bien, sólo como anécdota curiosa, tendremos que decir que ha habido casos en que los ovnis, además de llevarse la sangré del animal, cosa en la que nunca fallan, se han llevado precisamente estas vísceras en las que tanto énfasis se hace en el Levítico Uno de estos casos, al que ya he hecho referencia en otro lugar, es el de una campesina boliviana, en la década de los años 50, que cuando se acercó al aprisco en que tenía guardadas sus ovejas, en un lugar muy apartado en el monte, vio con asombro, cómo un ser de baja estatura y que tenía en sus espaldas como una caja, estaba matando una por una sus ovejas a las que les extraía mediante una pequeña incisión, sólo una parte de los riñones que guardaba en una especie de bolsa de plástico.
La campesina, atemorizada ante lo extraño del caso, pero defendiendo lo que era suyo, la emprendió a pedradas con el extraño visitante. Este, al verse descubierto, abandonó enseguida su tarea, y comenzó a elevarse en vertical, al parecer impulsado por un chorro que salía hacia abajo desde la caja que tenía a la espalda.
Aunque es muy cierto que con unos pocos casos no se puede probar nada, sin embargo está fuera de toda duda el hecho de que los tripulantes de los ovnis, al igual que los Dioses de la antigüedad, tienen una extraña afición por las entrañas de los animales y sobre todo no pueden disimular su interés en la sangre tanto de animales como de hombres.
John Hiel refiere el caso de una ambulancia que transportaba (en el Estado de Ohio, en los Estados Unidos) un cargamento de sangre humana, que fue repetidamente asediada por un ovni que mediante una especie de grandes pinzas, intentó en repetidas ocasiones elevarla en el aire. El chofer, en medio de los gritos histéricos de una aterrada enfermera, aceleró todo lo que pudo hasta que la presencia de otros vehículos hizo desistir al ovni de sus intentos.
Como resumen a todo esto diré que en tiempos pasados da la impresión de que tanto Yahvé como los demás Elohim, lograron convencer a aquellos pueblos primitivos para que les ofreciesen sacrificios de animales.
En nuestros tiempos, ante la imposibilidad de convencer a los pueblos civilizados para que sigan ofreciendo esos sacrificios, (de los que indudablemente sacaban algún beneficio) da la impresión de que ellos mismos hacen directamente los sacrificios, buscándose las víctimas en las granjas por sí mismos y reservándose para sí, como antaño, algunas vísceras determinadas y, sobre todo, la sangre, de la que parece sacan algún principio vital, alguna droga placentera o alguna energía que, hoy como entonces, les es necesaria para mantener la forma física que adoptan para comunicarse con nosotros o para materializarse en nuestra dimensión.
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También sangre humana
Si las mutilaciones y los desangramientos de animales son interesantes, con toda razón se puede decir que resultan mucho más interesantes los desangramientos de seres humanos.
En 1977, cuando me encontraba en la ciudad de San Luis Potosí (a unos 300 kilómetros de la ciudad de México) llegó a oídos el primer caso de esta naturaleza: un recién nacido que había sido encontrado muerto totalmente desangrado. Las extrañas circunstancias del caso me incitaron a una investigación más a fondo hasta que enseguida descubrí que no se trataba de un caso aislado sino que era uno entre muchos parecidos.
Las circunstancias generales eran éstas: ordinariamente se trataba de recién nacidos o con muy poco tiempo de vida; solían presentar hematomas o magulladuras en la piel, como si a través de ella les hubiese sido succionada la sangre; porque el común denominador de todos ellos era que estaban completamente vacíos de sangre.
En algunos de los casos daba la impresión de que la sangre les había sido succionada a través de la boca ya que no había heridas ni marcas de ninguna clase en la piel. Es también corriente que las madres de esos niños sean descubiertas sumidas en un estado letárgico al lado de sus infantes muertos, como si hubiesen sido drogadas por alguien, mientras realizaba la tarea de desangrar a su hijo; algunas de estas madres han tardado días en volver en sí y cuando lo hacen, se sienten extremadamente débiles.
Hay también adultos que dicen —o suponen— que han sido atacados por alguien durante el sueño, porque descubren mataduras y golpes en la piel por todo el cuerpo y sienten también una gran debilidad.
Todos estos hechos sucedieron en el municipio de Landa de Matamoros, en el estado de Querétaro, en diferentes localidades. Naturalmente la gente comenzó a hablar de vampiros y otras cosas y cundió el pánico entre los humildes habitantes de la zona. Los casos fueron reportados a las autoridades las cuales hicieron algunas averiguaciones para ver cuál había sido la causa de las muertes, pero como sucede de ordinario en estos casos, no se llegó a ninguna conclusión, y las mismas autoridades trataron de que se olvidase todo.
Los lugares en que sucedieron la mayor parte de los incidentes son Tres Lagunas, Tan coyol, Valle de Guadalupe, Pinalito de la Cruz y algunas otras aldeítas muy pequeñas situadas en la Sierra Madre del Este, cerca de los límites del estado de San Luis Potosí.
Naturalmente uno puede atribuir todas estas muertes a causas naturales; pero sin embargo hay unas cuantas circunstancias que las asemejan mucho a las mutilaciones de animales. Una de esas extrañas circunstancias, que a cualquiera que conozca bien el fenómeno ovni le dirá mucho, es el hecho de que por esos mismos días los habitantes de la región veían constantemente luces que se movían muy lentamente en el cielo nocturno; algunas de ellas se paraban encima de los cerros cercanos y hasta encima de las copas de los árboles y hacían movimientos muy raros.
La humilde gente del lugar les llama a estas luces (que se aparecen de tiempo en tiempo) «brujas» y de hecho les tienen bastante temor, hasta el punto de que tienen para defenderse de ellas unos ritos mágicos especiales que me describieron.
Todos estos hechos fueron reseñados más de una vez en la prensa y de hecho conservo un recorte del periódico de la región, «el Heraldo de San Luis Potosí» en el que se lee:
«Los casos más recientes tuvieron lugar en Tres Lagunas y Valle de Guadalupe. En el primer lugar una niña de 7 años descubrió por la mañana que su madre, Josefa Jasso de Martínez, dormía profundamente, abrazada a su bebé de sólo dos días. Como no acabara de despertarse, la niña corrió a avisar a su tía. Cuando llegaron encontraron que el bebé estaba muerto y la madre no recobró totalmente el conocimiento hasta dos días más tarde».
El periódico cita otro caso en el pueblo de Valle muy parecido al que acabamos de citar: la madre, llamada María Nieves Márquez, fue encontrada inconsciente al lado de su bebé. En ambos casos las madres estaban muy débiles y los bebés no tenían heridas o señales en la piel.
Hasta aquí los hechos investigados por mí, y conste que en otros lugares he aportado más información acerca de otros casos en los que han sido hallados en el monte seres humanos completa mente desangrados, con la coincidencia de que también por aquellos días era frecuente la visión de misteriosas luces volando a baja altura sobre los campos por la noche. (Estos hechos sucedieron en el Canadá).
El poner por escrito y divulgar de una manera seria hechos como éstos, suele enfurecer a dos tipos de personas: a los individuos «serios», llámense científicos o no, que creen que en el mundo ya quedan pocas cosas por descubrir y que entre las autoridades y la ciencia, son capaces de explicar cualquier cosa que suceda; y a ciertos «ufólogos» (que en el nombre llevan ya su falta de originalidad) que siguen creyendo que los ovnis son como avanzadas de los buenos hermanos del espacio que vienen a nuestro planeta a ayudarnos.
Los hechos que estoy narrando son francamente desconcertantes, pero son absolutamente reales y con más pruebas de las que los dirigentes religiosos del cristianismo pueden presentar para sus creencias. No será, por tanto, extraño, que las hipótesis que presenten para explicarlos, sean igualmente desconcertantes hasta contrarias a lo que por años tanto la religión como la ciencia nos han estado diciendo.
Cuando se descubren hechos nuevos y radicalmente diferentes, es normal que la manera de pensar de los hombres sufra alguna convulsión, pues al mismo tiempo que se derrumban las teorías viejas, aparecen en escena teorías nuevas y más abarcadoras, que son capaces de explicar los hechos nuevos, hasta entonces desconocidos.
Tomemos como ejemplo, la actual controversia en los Estados Unidos entre los creacionistas y los evolucionistas. Cuando la Iglesia cristiana monopolizaba el pensamiento, no había problema ninguno para explicar el origen de la vida humana: la Biblia lo explicaba bien claramente.
Cuando aparecieron hechos nuevos (desconocidos por los líderes religiosos) se crearon enseguida teorías nuevas para explicar estos hechos, al mismo tiempo que se iban por el suelo las explicaciones bíblicas. Entonces comenzó la ciencia oficial a monopolizar el pensamiento con sus nuevas teorías evolucionistas, acusando a los líderes cristianos de fanáticos y de miopes al negarse a admitir los hechos.
La ciencia oficial tenía razón… hasta que en nuestros tiempos aparecieron otros hechos (o más exactamente la humanidad reflexionó sobre muchos hechos extraños sucedidos en todas las épocas) que echaban por tierra muchas de las teorías de los científicos. Y en este momento la ciencia está cometiendo el mismo error que cometieron los líderes religiosos.
La ciencia está dogmatizando acerca de los orígenes del hombre (con un simple hueso no sólo montan un esqueleto sino que se imaginan todo un sistema de vida) y, peor que eso, la ciencia oficial no quiere oír hablar de hechos que no estén de acuerdo con sus manuales universitarios y se niega a analizar el enorme cúmulo de datos que contradicen sus teorías. Cuando todos esos «hechos» apuntan a que la raza humana ha descendido en buena parte de las estrellas, ellos siguen empeñados en probarnos que todos nuestros antepasados descendieron de los árboles.
Más tarde profundizaré sobre estos hechos, cuando los veamos confirmados y magnificados por otros semejantes con los que nos encontramos en la historia y de los que no podemos tener duda alguna.
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Por qué la sangre
En párrafos anteriores dije que no sabía exactamente el porqué de la afición, tanto de los Dioses de la antigüedad como de los Dioses de nuestros días (los ovnis), a la sangre. Sin embargo, le comunicaré al lector mis sospechas, basadas no sólo en mis propias conclusiones y en las de otros autores cuyos textos aduciré, sino en las mismas informaciones que algunos «contactos» han recibido de los extraterrestres, por más que éstas nunca sean de fiar.
La clave de todo es que la sangre libera muy fácilmente y de una manera natural, este tipo de energía (que en último término no es más que ondas electromagnéticas) que tanto agrada a los Dioses.
Para obtener de un cuerpo vivo energías semejantes, los Dioses tienen que matarlo violentamente y luego quemarlo, mientras que la sangre, cuando fluye libremente, ya separada del cuerpo, suelta esta energía de una manera completamente espontánea, contrario a lo que sucede con la mayor parte de las vísceras y de la materia orgánica desmembrada.
«Paracelso afirma que los magos negros se valen de los vapores de la sangre para evocar a las entidades astrales, que en este elemento encuentran el plasma conveniente para materializarse. Los sacerdotes de Baal se herían en el cuerpo para provocar apariciones tangibles con la sangre… En Persia, cerca de las aldea rusas Temerchan-Shura y Derbent, los adherentes a cierta secta religiosa, forman un círculo y giran rápidamente hasta llegar al frenesí, y en este estado, se hieren unos a otros con cuchillos hasta que sus vestidos quedan empapados en sangre. Entonces, cada uno de los danzantes se ve acompañado en la danza por una entidad astral… Antiguamente las hechiceras de Tesalia mezclaban sangre cordero y de niño para evocar a los espectros… Aún hay en Siberia una tribu llamada de los yakutes que practica la hechicería como en tiempos de las brujas de Tesalia. Para ello necesitan derramar sangre, sin cuyos vapores no se pueden materializar los espectros… También se practica la evocación cruenta en algunos distritos de Bulgaria, especialmente en los lindantes con Turquía;… durante unos instantes se materializa una entidad astral… Los yezidis, (que habitan las montañas áridas de la Turquía asiática y de Armenia, Siria y Mesopotamia en número de unos 200.000) forman corros en cuyo centro se sitúa el sacerdote que invoca a Satán. Los del corro saltan y giran y mutuamente se hieren con puñales… y suelen tener algunas manifestaciones fenoménicas, entre ellas la de enormes globos de luego que luego toman figura de extraños animales…».
Este tema de la sangre y de las energías que los Dioses y otras entidades no humanas buscan en ella, es tan alucinante y por otra parte, de tanta importancia, que enseguida volveremos sobre él.
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Resumen y explicación
Como resumen de lo que hasta aquí llevamos dicho en es capítulo, diremos que lo empezamos preguntándonos por qué para qué se manifestaban los Dioses y nos contestamos de una manera general, diciendo que se manifiestan por placer y por necesidad, aunque decíamos que es una necesidad muy relativa.
Además, mirando el problema desde otro punto de vista, contestábamos la pregunta diciendo que buscaban entre nosotros cosas inmateriales y cosas materiales; como ejemplo de algo material hemos puesto la sangre, aunque en fin de cuentas saquen de ella algo «inmaterial»; y como ejemplo de una de esas cosas inmateriales que buscan, poníamos la energía que produce nuestro cerebro excitado.
Sin embargo aquí tenemos que repetir la aclaración de que esa energía de nuestro cerebro, no es totalmente «inmaterial» o dicho en otras palabras, no es «espiritual», sino que es algo que pertenece por completo al mundo físico, por más que sea invisible por nuestros sentidos.
Esa energía del cerebro es emitida en forma de ondas, de una frecuencia y de una longitud demasiado elevadas para poder ser captadas por los instrumentos de que hoy disponemos. Algunas de las ondas que el cerebro produce, sí son perfectamente captadas por los instrumentos que hoy poseemos (electroencefalógrafos, etc.), pero las otras ondas del cerebro a las que nos referimos, y que son las que interesan a los Dioses, esas, hoy por hoy, son incaptables por nuestros científicos, y únicamente de una manera indirecta, y gracias en gran parte a los avances de la parapsicología, van teniendo alguna sospecha de que existen.
Datos semejantes a estos (tomados de «Isis sin velo» Tomo IV, de Mme. Blavatski) se pueden encontrar en muchos otros autores y en casi todos los historiadores de la antigüedad.
Y aparte de estos textos profanos, no tenemos nunca que olvidarnos de las claras, reiteradas y tajantes órdenes de Yahve a su pueblo:
«Jamás comáis la sangre»; «vertedla en el suelo como agua».
(Lev. 3,17; Deut. 12, 16 y 24; etc.).!
Los últimos párrafos los hemos dedicado a explicar cuáles son esas cosas materiales que los Dioses buscan en nuestro mundo y nos hemos fijado especialmente en su preferencia por las vísceras y por la sangre.
Sin embargo quedaría truncada esta explicación, si no profundizásemos un poco en este tan extraño gusto de los Dioses. Intentaremos hacerlo en los párrafos siguientes —que a mi entender son de gran importancia— y por ellos veremos que la razón de su gusto y preferencia por la sangre, grasa, y algunas vísceras, es en el fondo la misma que los impulsa a captar las ondas que emanan de los cerebros excitados.
Cuando se destruye la materia orgánica, o dicho de otro modo, cuando muere la materia viva, ciertos elementos físicos que la componen, (como son sus células, sus proteínas, sus aminoácidos, sus enzimas y compuestos moleculares y hasta sus moléculas y átomos) vuelven a la tierra, en donde continúan sus interminables ciclos de desintegraciones, fusiones y transformaciones; otros elementos también físicos (a nivel quántico o subatómico que componen la materia viva, no entran en estos ciclos, sino se liberan.
Estos elementos, aun siendo físicos, no son en el sentido clásico «materiales», ni captables directamente por nuestros sentidos, sino que son de naturaleza ondulatoria; son lo que llaman «energías», (porque no tenemos palabras concretas con que designarlos, ya que apenas si sabemos que existen), radiaciones, vibraciones, ondas; son en parte lo que, contemplado desde otro punto de vista, llamamos «vida».
Cuando algo vivo muere, lo que muere es el andamiaje material que acompaña la vida; pero ésta, cuando el caparazón en se hacía presente en nuestra dimensión, por alguna razón se desintegra, se libera como una energía y comienza o recomienza su ciclos de fusión y transformación con otras energías que vibran a su misma o parecida frecuencia y dimensión.
Este es otro y otro punto de vista de los infinitos niveles de que está compuesto este fantástico ser viviente en el que habitamos, llamado Universo. Pues bien, criaturas del Cosmos más evolucionadas que nosotros —los Dioses—, son capaces de captar, por lo menos en parte esta «energía» y estas ondas o vibraciones que se liberan cuando sí desintegra la materia viva. Esta energía parece que les proporciona gran placer, y por eso la buscan hoy y la han buscado siempre valiéndose para ello de mil estratagemas.
Si tuviésemos que explicarlo con un ejemplo, diríamos que las termitas sólo le sacar provecho a la madera cuando se la comen, mientras que un animal superior —el hombre— a esa misma madera le saca también provecho, pero no comiéndosela, sino de mil otras maneras total mente ininteligibles para las termitas; e incluso le saca provecho quemándola; porque la madera, al quemarse, emite calor y aroma, cosas que, si bien no interesan para nada a las termitas (y hasta podrían ser mortales para ellas) son grandemente apreciadas por los hombres.
Cuando la materia viva, sea ésta animal o vegetal, muere lentamente, es decir, tras un proceso natural de envejecimiento, esta energía vital se va desprendiendo muy poco a poco desde mucho antes del momento final, y por eso es más difícilmente captable y aprovechable por aquéllos que tienen la capacidad de hacerlo; pero cuando el ser vivo está en toda su pujanza, y por una causa u otra, muere violentamente (tal como sucede cuando un animal es degollado), o se desintegra de una manera rápida, entonces toda esa energía vital sale como en torrente y es mucho más fácilmente captable y aprovechable.
Por extrañas que parezcan estas ideas, las vemos llevadas a la práctica por pueblos diversos y muy distantes entre sí geográficamente.
En unas cuantas tribus africanas, cuando un niño está enfermo, sobre todo si está aquejado de alguna enfermedad desconocida para sus padres y para el hechicero, y cuyos síntomas son una gran debilidad, el remedio que le aplican consiste en matar un toro o una vaca, abrirlo enseguida en canal, vaciarle parte de las entrañas y meter dentro al niño, cerrando de nuevo la piel del animal en torno al cuerpo del niño; la cabeza del niño es lo único que queda fuera del cuerpo del animal. La criatura permanece dentro del animal mientras éste se mantenga caliente.
Entre los apuntes de un viejo curandero en Galicia, se ha encontrado prácticamente el mismo remedio, aunque, en este caso, el animal que se usaba era una cabra; y naturalmente, sólo para el caso de algún miembro enfermo, que se colocaba por un buen rato dentro del cuerpo del animal recién muerto, o en el caso de alguna criatura con pocos días de nacida.
Parece ser que lo que hace el cuerpo del niño débil y enfermizo, sediento de energía (absorber la vida que se le está yendo a chorros al animal en forma de ondas), es lo mismo que los Dioses hacen y han hecho siempre; aunque en el caso de los Dioses, éstos lo hacen conscientemente y debido al gran dominio que tienen sobre la materia.
Para el niño, el acto de chupar esta energía es un acto inconsciente y desesperado de su organismo, para evitar la muerte; para los Dioses, esta energía es sólo una especie de juego o un sentimiento placentero que de ninguna manera es esencial para su existencia.
Dije unos párrafos más arriba que cuando un ser vivo —animal o planta— se desintegra de una manera rápida, la energía vital sale como en torrente y es mucho más fácilmente captable aprovechable.
Por demás está decir, que la manera más fácil y normal de desintegrar la materia viva rápidamente es mediante cremación. Y aquí es donde tenemos que recurrir a la historia recordar este hecho: los Dioses, en todas las religiones de la antigüedad, en vez de exigir actos de arrepentimiento colectivo alabanzas racionales por parte de sus pueblos, lo que exigía siempre de ellos, como máximo tributo religioso, eran «holocaustos», es decir ceremonias en las que primero se sacrificaba a la víctima (humana o animal) y luego se la quemaba íntegramente, de modo que nadie podía servirse para nada de ella. Tenía que arder hasta consumirse, tal como indica la palabra holocausto (que viene de dos palabras griegas que significan «todo quemado»).
En fiestas solemnísimas entre los griegos y romanos se hacían grane sacrificios de animales —especialmente bovinos— que se llamaban hecatombes (otra palabra venida de dos palabras griegas y que significa a la letra «cien bueyes»), con los que se hacían grandes piras en honor de las deidades.
Estas ceremonias que culminaban en grandes hogueras, eran la manera perfecta que los Dioses tenían para «exprimir» toda energía vital que existía en aquellas criaturas vivientes: primero mediante el degollamiento o la vivisección de la víctima, —con consiguiente derramamiento de sangre—, obtenían la energía sutil y más apreciada por ellos: la que desprendían sus cuerpos agonizantes y específicamente sus cerebros aterrados y atormentados. Y más tarde, muerta ya cerebralmente la víctima, pero todavía celularmente, el fuego se encargaba de liberar rápidamente toda la energía vital que encerraban sus entrañas aún calientes las células de todo su organismo.
Estas ondas de energía que se desprendían de los cuerpos humeantes de las víctimas, eran, tal como dijimos, una especie de droga, o como un aroma para los «sentidos» de los Dioses.
En el Pentateuco se habla en repetidas ocasiones de estos «sacrificios abrasados» y se dice de ellos que eran «un manjar tranquilizante para Yahvé»; o que subían hacia él «como un aroma calmante». Algo así como un cigarrillo de sobremesa, o una tacita de café, o quién sabe si una droga más fuerte.
Y si en este particular echamos una mirada general a otras religiones, nos encontraremos con los mismos extraños fenómenos con que nos encontramos en la Biblia. No importa que cada época, cada cultura y cada creencia los ejecute o los interprete de una manera diferente; en el fondo son los mismos hechos, que a la mente humana (cuando piensa sin prejuicios y sin miedos) le parecen totalmente irracionales y en gran parte absurdos.
En otras religiones nos encontramos también con:
1) muerte de animales;
2) cremación de sus cuerpos;
3) ceremonias en las que la sangre es el elemento principal.
No sólo eso, sino que en muchas religiones, éstas muertes y estas cremaciones de animales, eran de animales humanos. En algunas de ellas, estas ofrendas humanas tenían liturgias realmente feroces e indignas no ya de un Dios, sino de pueblos salvajes; y a pesar de ello, las vemos practicadas por pueblos que habían desarrollado grandes culturas. Piénsese si no, en las inmolaciones de niños hechas periódicamente por los incas a Pachacamac y a los Huacas, en las tremendas matanzas rituales practicadas por los aztecas, en las ofrendas periódicas de los primogénitos de las familias nobles en la religión de los persas, etc., etc.
Y para los cristianos que se consuelan pensando que en el paganismo, Satanás es capaz de inspirar cualquier aberración «a aquellos pobres pueblos que viven privados del conocimiento del verdadero Dios», tenemos malas noticias; porque resulta que el Dios judeo-cristiano, —Yahvé—, exigió también en muchísimas ocasiones, estas matanzas humanas, a pesar de que gustaba llamarse «misericordioso y benigno»: y no sólo eso, sino que a veces era él mismo quien las realizaba:
«Y Yahvé envió un fuego que devoró a 250 hombres» (¡que estaban ofreciéndole incienso!) (Num. 16,35).
Yahvé se enfadó, «y murieron 14.700 tragados por la tierra» (Num. 17-14).
«Y lo degollaron al rey [por orden de Yahvé] junto con sus hijos y todo su pueblo»(Num. 2134).
Después de la matanza de los madianitas, ordenada por Yahve (porque habían perdonado a los niños y a las mujeres) Moisés enfadó y dijo: «maten a todos los niños varones [incluso lactantes] y a toda mujer casada» (Num. 31, 7-17).
«Y aquel día degollaron 12.000 hombres y mujeres, la entera población de Aim» (Jos. 8). Etc., etc., etc.
En el Nuevo Testamento y en la moderna teología, se quiere correr un tupido velo sobre todo esto, lo mismo que se trata de sublimar muchas otras prácticas muy poco «divinas» de Yahve Pero no se puede tapar el sol con un dedo, y los versículos Pentateuco están ahí, desafiando el paso de los siglos, para testimonio de todas estas divinas monstruosidades.
Y abundando aún un poco más en el tema, y como una variante más de esta ferocidad sagrada, nos encontramos con religiones orientales y africanas en las que «Dios» exige que la esposa o las esposas sean quemadas en la misma hoguera en que se quema el cuerpo de su marido difunto. Y muy probablemente los fieles de estas religiones seguirán pensando que su «Dios» es bueno y misericordioso (!).
Pero ¿no seguimos nosotros pensando que el «Dios» del cristianismo es bueno y misericordioso, después de que lo vemos sacrificando a su propio hijo en una cruz, y amenazándonos a nosotros —pobres hormigas humanas— con un infierno en el que nos abrasaremos eternamente?
Dejemos el tema religioso para el próximo capítulo, cuando expliquemos las diferentes estrategias de los Dioses para lograr de nosotros lo que quieren.
Digamos ahora, para terminar este capítulo, que si bien esta energía vital de la que venimos hablando y que se libera en la cremación, se halla presente tanto en el reino animal como en el vegetal, en el primero se halla no sólo en mayor abundancia sino en una forma o en un nivel superior, que parece que agrada más a ciertos seres más evolucionados del Cosmos, que podríamos llamar «Dioses superiores», mientras que la energía vital que se desprende de la cremación de la materia vegetal, aparte de no ser tan abundante, no les agrada tanto a estos «Dioses superiores» y está más de acuerdo con los gustos de otros seres menos evolucionados.
Por eso, es natural que cuando quieran «holocausto» de materia vegetal (y los han querido desde el principio de los tiempos) estos holocaustos tengan que ser mucho más abundantes, ya que, como dijimos, la materia vegetal libera menos cantidad de esta energía que ellos buscan en nuestro mundo.
Vea el lector este curioso texto, sacado del capítulo 4 del Génesis, versículos 2 al 5, que transcribo sólo a título de curiosidad:
«Fue Abel pastor y Caín labrador. Y al cabo del tiempo, hizo Caín a Yahvé una ofrenda de los frutos de la tierra y se la hizo también Abel de los primogénitos de su ganado, de lo mejor de ellos. Y agradóse Yahvé de Abel y de su ofrenda, pero no de la de Caín».
Este capricho de Yahvé o esta discriminación tan injusta, ¿no se debería a esto mismo que estamos diciendo?
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Qué buscan los Dioses
Al fin del capítulo resumiré las diversas cosas que los Dioses buscan entre nosotros:
Buscan, en primer lugar, las ondas que produce un cerebro humano excitado; (sobre todo atormentado).
Buscan las «ondas de la vida», es decir, la energía que desprende un cuerpo viviente cuando muere violentamente.
Buscan las ondas que desprenden todas y cada una de las células, que todavía siguen vivas por un buen rato después de que el hombre o animal ya ha muerto.
Buscan la sangre derramada, porque cuando ésta está fuera del cuerpo, libera muy fácilmente una energía que ellos quieren.
Pensemos ahora en un hombre que va a ser inmolado a un Dios (¡y cuántos cientos de miles lo han sido a lo largo de milenios!):
El terror y la desesperación de aquel pobre hombre, proporciona a los Dioses lo 1° que buscan.
La muerte violenta, (de ordinario por decapitación) proporciona lo 2°.
Con la cremación del cuerpo consiguen lo 3°.
Y un río de sangre, es el fruto natural de estas sagradas bestialidades con que los hombres hemos sido engañados milenios como niños…
Aparte de esto, estamos seguros de que hay más cosas que ellos buscan y consiguen en sus visitas a nuestra dimensión, que pasan inadvertidas para nosotros, y muy probablemente no la entenderíamos aunque nos las explicasen.
He aquí cómo John Baines ve y explica desde el punto de vista de su filosofía hermética, estas mismas ideas:
«El sapiens, en su lucha inclemente por la existencia, hace que su aparato emocional y nervioso elabore ciertos elementos incorpóreos, pero de una extraordinaria potencia, los cuales “abandonan” el cuerpo humano en forma de vibraciones que son emitidas por antenas incorporadas en su unidad biológica, las cuales se encuentran orientadas o sintonizadas con la frecuencia de los Arcontes, que así “cosechan” esta fuerza y la utilizan con fines que no divulgaremos; volviendo a advertir que, de todos modos, cumplen una función cósmica».
«Es así como el sapiens es despojado inadvertidamente del producto más noble producido por él mismo, el destilado final de la experiencia humana… el “caldo aurífero” de su vida» (pág. 67 de «Los brujos hablan»).
«El sapiens debe nacer, sufrir, amar, gozar, reproducirse, construir civilizaciones, destruirlas, enfermar y morir, sólo para beneficio de potencias superiores invisibles, quienes capitalizan el “producto vital”».
«El sapiens es, por lo tanto, un esclavo a perpetuidad. No obstante, ejemplares individuales o aislados (separados del grupo), pueden llegar a ser libres» (pág. 45).
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Como podrán ver quienes hayan leído hasta aquí las exhaustivas explicaciones de Salvador Freixedo, la afirmación de Fabio Zerpa de que la mutilación de animales las hacen extraterrestres en laboratorios avanzados carece de sentido alguno y por lo tanto no pasa de ser una nadería.
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* Ver diario La Capital online,
http://www.lacapital.com.ar/informacion-gral/Las-apariciones-de-las-virgenes-sobre-todo-Fatima-y-Lourdes-son-apariciones-de-extraterrestres-20130223-0056.html
** Salvador Freixedo, “Defendámonos de los dioses”, cap. 4,
http://www.bibliotecapleyades.net/vida_alien/defendamonos_dioses/defendamonos_dioses04.htm
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