¿Por qué mierda tengo ataques de pánico?

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LA SUPINA IGNORANCIA

por Horacio Velmont
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De pronto, sin que nada lo hiciera surgir, sentí una oleada de miedo, el corazón comenzó a latirme apresuradamente hasta parecer que quería salírseme del lugar, el pecho me dolía horrores provocándome mucha angustia porque me dificultaba la respiración, al punto que creí que iba a morir…

Sorpresivamente, cuando ya no soportaba más la angustia, todas las molestias desaparecieron como por arte de magia y volví a la normalidad. 

Lo que antecede tanto podría ser el ejemplo de un ataque de pánico real, trastorno que padecen muchas personas, como el relato de una sesión de hipnosis en la que al paciente se lo provoque artificialmente.

En otras palabras, si alguien quisiera saber en carne propia lo que es un ataque de pánico y cuál es su origen y la solución, le bastaría concurrir a un hipnotizador para que lo ponga en trance y le dé algunas sugestiones para después de despertarlo, tales como “cuando me toque la corbata sentirás un horrible pánico, te dolerá el pecho, no podrás respirar y creerás que estás a punto de morir. Y cuando me toque la nariz, todos estos síntomas desaparecerán y te sentirás perfectamente bien. Ahora te voy a despertar y no recordarás nada de lo sucedido…”.

Desde ya que el hipnotismo es peligroso porque sus consecuencias son impredecibles y pueden restimular trastornos que hasta ese momento estaban inactivos. Además, las órdenes hipnóticas no desaparecen con el tiempo. En el caso del hipnotismo no funciona eso de que “el tiempo lo cura todo”.

La razón por la cual decidí escribir este artículo es para poner de presente, una vez más, la ignorancia de los psicólogos respecto al origen de los trastornos mentales, sean cuales fueran, y de su curación definitiva.

La nota aparecida en Clarín hoy, 6/12/14, que transcribiré, dará la pauta exacta del tremendo estado de ignorancia en la que se encuentra la Medicina en este aspecto, sin perjuicio de que en otros se encuentre muy adelantada.

http://www.clarin.com/sociedad/ataques-panico-esconden-miedo-incertidumbre_0_1261074349.html 

Mis ataques de pánico esconden el miedo a la incertidumbre
Laura Prieto
Mundos íntimos.
Una fuerza invisible que ahoga. Así describe la autora el inicio de este trastorno de ansiedad que se suele confundir con un problema cardíaco. Con tratamiento, ha logrado reducirlo sensiblemente pero puede volver cuando menos lo espera.

Dicen que justo antes de que se desencadene un terremoto, los árboles se tensan y se estiran, como si la savia que los recorre fuese, de pronto, cemento endurecido. Mi cuerpo me dice que es cierto, que eso pasa, aunque nunca haya podido comprobarlo en las plantas. Lo sé porque he tenido mis propios terremotos privados, y se llaman ataques de pánico. 

El primer aviso de que el pánico está por atacarme es parecido a la quietud de esos árboles: un brevísimo estado de ingravidez y suspensión, en el que todo a mi alrededor se reacomoda como si estuviese por presenciar algo muy importante y muy inminente. El segundo aviso es el brillo que adquiere el entorno: los muebles, las personas, las lámparas, las plantas parecen lijadas, pulidas, bruñidas y pasadas por un conversor a súper HD. 

Después ya no hay más avisos: el eje que coordina mi mundo se desvía y llega el desastre: mi corazón ya no es mi corazón, sino una granada que late a todo volumen y a la que acaban de quitarle el seguro. Mis manos son las de un fantasma: no las siento, me hormiguean, me son ajenas. Una fuerza invisible aprieta mi garganta: respiro hasta el fondo para abarcar todo el oxígeno del mundo, pero se queda atorado a medio camino. No entiendo lo que nadie dice porque las voces acoplan, se enciman; me mareo, siento frío, y tengo la certeza absoluta de que me voy a morir o peor, de que ya nunca más podré salir de ese estado de terror. 

La última vez que pasé por algo así fue hace unos meses, mientras miraba un capítulo crucial y enteramente bélico de Game of Thrones. Me dije: el capítulo está tan bien hecho y yo tan comprometida con la causa de los buenos y los justos que la adrenalina me ha tomado a mí también. Tengo botas de piel, un arma, un objetivo y peleo por mi vida. Eso quiero creer, pero lo cierto es que nadie me amenaza ni me persigue a espadazos: estoy en un departamento de Núñez ante un televisor y un campari que se entibia. 

Pido que pongan pausa. “¿Qué tenés?”, me preguntan. “Pánico”, contesto. “Son actores”, me aclaran. “¡¿NO ME DIGAN?!”, ladro. “Mejor seguimos otro día”, me proponen. “No, ya pasa, dé-jenme un rato”. 

Me incorporo, respiro, me estiro y pienso. Lo que acontece en mi cabeza es una verdadera batalla de ideas: una me dice que esto es un ataque de pánico, que los síntomas físicos son exactamente los mismos de otros pánicos que me llevaron a mil guardias, a mil médicos, a terapia y, finalmente, a publicar un libro entero sobre el tema. La voz repasa uno a uno esos síntomas: el corazón desquiciado, la insensibilidad en las manos, la opresión en la garganta que me impide respirar con normalidad y ni hablar de darle un trago al campari.  

También repasa mis síntomas existenciales: el miedo a morir, el furioso horror vacui, la idea pavorosa de quedar en ese estado para siempre, y la impotencia de saber que nadie que no haya pasado por lo mismo puede entenderme. Esa voz es racional y me habla con mucha paciencia: “a ver, respirá despacio, muy bien, ya va a pasar, si te asustás es peor, tranquila, es solo un ataque de pánico”. 

La segunda voz, en cambio, se parece a la de un locutor radial de fútbol: es hiperactiva, escupe al hablar, e intenta por todos los medios callar a la voz sosegada. Dice: “no es un ataque de pánico, ¿por qué va a darte uno ahora si hace tanto que no te pasa? ¿Eh? Te estás infartando, así que rajá a una guardia o te morís, ¿me escuchás? Te morís. O es un ACV, o una embolia, a la guardia, ya”. La lucha dura poco y gana la voz sosegada. Me lavo la cara, digo que estoy bien y volvemos a ver Game of Thrones.  

Pero no estoy tan bien. ¿Por qué tuve un ataque de pánico si yo creía haber cerrado el tema para siempre? Resulta que para siempre es un tiempo muy largo. Y, finalmente, pasar de tener un ataque día por medio a tener uno cada cinco años, debería alegrarme y tendría que sentirme orgullosa de haber podido controlarlo sin salir disparada a una sala de emergencias. Después de todo, cuando terminé la terapia que me ayudó a sacar al pánico de mi vida cotidiana, nadie me dio un certificado que dijera: “Garantizamos que esta persona no va a atravesar ese momento de mierda nunca más en la vida”. 

La verdad es que me encantaría tener ese certificado. Porque en mi experiencia, creo que el disparador del pánico ha sido siempre mi intolerancia a la incertidumbre. Le pido garantías a un mundo que no las da; que de hecho las da cada vez menos.  

Mi primer ataque de pánico fue en abril de 2007 y no debió haberme tomado por sorpresa. Los meses previos me había convertido en “un imán que atrae toda la ansiedad”, como dice la canción de Cerati. La ansiedad es, brevemente, un mecanismo de defensa ante situaciones percibidas como amenazantes, que involucra un complejo entramado de glándulas, hormonas y neuronas y es antiguo como la vida misma. Sin ansiedad, no habríamos sobrevivido como especie, porque gracias a ella el cuerpo se pone en una suerte de estado automático que nos permite identificar los peligros y en consecuencia luchar, escapar, evitarlos.  

Todos necesitamos una porción decente de ansiedad si queremos ser humanos equilibrados, y una porción importante de ansiedad si nos enfrentamos a un peligro real. 

En mi caso, los peligros a los que me enfrentaba eran imaginarios en un 95 por ciento. La ansiedad se transformó en un terrorista que iba conmigo y que me convenció de que algo andaba muy mal con mi salud. Tenía infinidad de síntomas físicos difíciles de describir; un malestar constante que no podía localizar porque a la vez me dolía todo y no me dolía nada y además me amargaba mucho y cosas que antes no me abrumaban comenzaron a abrumarme, como los bocinazos, las muchedumbres, el subte y los supermercados. 

Esa fue la época de mi olimpíada médica. Vi a todos los especialistas posibles: traumatólogo (por el dolor de espalda), oculista (tal vez me dolía la cabeza porque necesitaba anteojos), clínico (análisis completos), otro clínico (no confié en el clínico anterior), alergista (tenía una rinitis insoportable que apareció de repente), cardiólogo (nada más hermoso que ver un electrocardiograma en el que todo está bien), otro cardiólogo (no confié en el cardiólogo anterior). Como la medicina alopática no hacía nada por mí, fui a un osteópata (del que huí cuando me dijo que “debía” llorar durante la sesión), y finalmente a un homeópata, que está en mi top 5 de personas non gratas, por lo caro de su tratamiento y, especialmente, por lo inútil. 

Y así vivía yo hasta que el pánico estalló mientras cubría la Feria del Libro de Buenos Aires para este diario. No casualmente durante la noche gratis, en la que entran a La Rural hordas interminables de enardecidos. No solo fue un infierno, sino las puertas del infierno, porque a partir de entonces tuve ataques de pánico una, dos, tres veces por semana. A veces malos, a veces muy malos. Y cuando no los tenía, no podía dejar de pensar en ellos. La constante de mis ataques era estar convencida del infarto inminente, o de condiciones sobre las que no existe registro alguno en la historia de la medicina, en las que algo iba a explotar en mi pecho (como en la película Alien) o en mi cerebro (como en la película Scanners). 

Tuve mucha suerte porque dos meses después me recomendaron un psiquiatra; lo primero que me dijo fue que también tenía ataques de pánico. Tal vez fue una mentira piadosa, pero lagrimeé de alivio: no estaba sola, ni loca, ni tan enferma. Me hizo unos tests, me dio un ansiolítico “para pasar el vendaval”, y me recomendó una psicóloga cognitiva. Volví a casa con una caja de clonazepam y a la media hora de haber tomado un comprimido, el terrorista se fue. Parecía un acto de magia. ¿Dónde está, dónde se escondió? Si a esto lo arregla una pastilla, ¿la ansiedad es pura química? ¿Una insurrección neuronal? 

Pero el pánico no se arregla con pastillas. Se arregla con esfuerzo. Lo primero que logró mi psicóloga fue que le perdiera el miedo a los síntomas, es decir, que entendiera que un ataque de pánico no mata; que es un estado de alerta para el que el cuerpo está preparado. Lo que lo hace tan insufrible es que durante esos trances no hay nada frente a uno que amenace la supervivencia, pero el cuerpo reacciona como si así fuese, y al no tener contra quién luchar ni a qué atribuirlo, uno se queda enredado en el terror. Aunque estuve con esa terapeuta más de dos años (y la adoraré para siempre), a los seis meses de empezar las sesiones el pánico desapareció. Había recuperado mi vida. No una vida completamente libre de ansiedades, pero había vuelto a ser solo mía; no de aquel terrorista. 

¿Por qué tuve –y a veces tengo– pánico? Nunca lo voy a saber del todo. Cada escuela psicológica tiene su interpretación; también hay razones neurológicas y hereditarias (por caso, mi abuelo tuvo pánico), y yo podría hacer mil especulaciones. La conclusión es que estas crisis son “multicausales” y que no reconocen sexo ni extracción social. Por eso suele enojarme que el asunto se mediatice cuando a algún famoso le pasa. Me exaspera que esa difusión atolondrada y enfocada en “la celebridad” lleve a pensar que el pánico es cosa de “gente de la tele”, o de gente con muy buen pasar, o con tiempo libre, o de pusilánimes. El pánico vendría a ser, en esos términos, una condición frívola. Ese discurso asume también que los pobres tienen problemas más urgentes, y por eso nunca pasan por cosas así. No es cierto, pero como sociedad resulta tranquilizador concebir a los pobres como sub-hombres ocupados en su supervivencia, y a la psicología como un bien suntuario y burgués que ellos no necesitan. 

Circula en Facebook un meme bastante mal diseñado con el que me identifiqué. Dice: “el depresivo vive en el pasado, el ansioso en el futuro”. Soy una especialista en el futuro, pero no en cualquier futuro: tengo un talento enorme para las distopías; mi imaginación derrocha creatividad para armar los peores escenarios. George Orwell me envidiaría si no fuera porque él es un clásico de la literatura y yo sólo una ansiosa a la que avergüenzan bastante sus conjeturas apocalípticas. Cada día, con mayor o menor éxito, trabajo para que esto deje de ser así; para aplacar de a poco mi intolerancia a la incertidumbre. Hacerlo sin llevar al terrorista del pánico a todas partes es, para mí, algo parecido a un triunfo.

¡Qué grave responsabilidad que tienen los médicos frente a tanta angustia, porque ignoran lo que ya debieran saber, especialmente en materia de trastornos mentales!

Todo, o casi todo, en este aspecto ya está descubierto por L Ronald Hubbard y no hay necesidad de que yo me explaye explicándolo porque hay un libro, “Dianética, la ciencia moderna de la salud mental”, que lo hace detalladamente. Este libro fue editado en 1950 y tiene tantas ediciones como pelos tengo yo en mi cabeza, siendo un best seller mundial… ¿Y un médico me va a venir a decir que lo ignoraba?

Resumidamente, un trastorno mental, como el llamado “ataque de pánico”, se produce de la misma forma que mediante una orden hipnótica, y es en el fondo una orden de este tipo. La diferencia es que en la orden hipnótica hay un operador que la aplica, y en el caso del trastorno mental no hay ningún operador, sino que la provoca el mundo exterior al restimular un implante de tipo hipnótico en la mente reactiva adquirido en la vida subrepticiamente.

Veamos un caso práctico. Un paciente está anestesiado en el quirófano. Los cirujanos y las enfermeras parlotean a su alrededor sin saber que las células del paciente, al estar dormido, graban todo como órdenes hipnóticas de alto poder porque está presente, además de la inconsciencia, el dolor.

Supongamos que hay una enfermera nueva que está ansiosa porque es la primera operación que presencia y tiene temor de hacer un mal papel. Todo lo que dice sobre su angustia queda grabado en el paciente anestesiado: “Siento un miedo terrible, el corazón me palpita desaforadamente, tengo ganas de irme de aquí, no lo puede soportar más”, y tantas cosas más que todos conocemos que se dicen en una ocasión así.

La grabación hipnótica que tiene este paciente se denomina técnicamente “engrama”, el cual se restimula de la misma manera que una orden hipnótica: en la orden hipnótica implantada artificialmente por un operador se restimula cuando éste se toca la corbata y deja de restimularse cuando se toca la nariz (si ésas fueron las órdenes dadas).

En el engrama, por el contrario, la restimulación se produce espontáneamente cuando algo del exterior (palabras, ruidos, olores, etc.) restimula similares percépticos grabados en las células, en este caso del paciente.

Esto significa que si este paciente tiene una esposa pelirroja, y una de las enfermeras era peligrosa, su propia esposa será el restimulador del engrama que le implantaron en el quirófano. Desde ya que también serán restimuladores el color celeste (uniforme de los cirujanos), el color blanco (las paredes de la sala de operaciones), los ruidos, los olores, etc. 

Si a una de las enfermeras se le cae por ejemplo un bisturí o cualquier otro objeto de metal, será un restimulador del engrama la caída de un cuchillo en el comedor de su casa. Y así por el estilo.

El otrora paciente, de pronto restimulado, dramatizará el engrama y sentirá un miedo terrible, el corazón le palpitará aceleradamente, el pecho le dolerá mucho y como no lo puedo soportar más querrá irse de ahí. 

Naturalmente que lo expuesto solo es un esbozo, porque el asunto es más complejo. Pero para tener una idea del despiste de la Medicina basta.

LECTURA RECOMENDADA
L. Ronald Hubbard, “Dianética, la ciencia moderna de la salud mental”

LECTURAS COMPLEMENTARIAS
 La verdad sobre Cienciología

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