El que las hace ¿las paga o no las paga?

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LA VERDAD SOBRE NUESTROS ACTOS HOSTILES
por Horacio Velmont
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Uno de los engaños mas vergonzosos de las religiones es hacernos creer que existe el Infierno, al cual iremos por toda la eternidad si “pecamos”. La idea de un Infierno no ha sido más que un invento del clero con la idea de amedrentarnos y hacernos sentir culpables, que no es más que un medio de manipulación. Si alguien quiere manipular a un semejante, basta con hacerlo sentir culpable de cualquier cosa.

Por supuesto que junto a ello se encuentra el otro invento vergonzoso de que solo con la intermediación de los sacerdotes de turno no salvaremos del Infierno.
No es necesario ahondar más en estas premisas porque son conocidas por todos. Lo importante aquí es poner las cosas en claro.

La idea del Infierno –en esoterismo se conoce como “La Octava Esfera”– como un sitio al que iremos si nuestra conducta es muy mala, es absolutamente falsa. Incluso al mismo Jesús se lo hizo descender en los textos bíblicos a ese lugar como para dar mayor veracidad a su existencia.

Si alguien ha cometido actos hostiles contra sus semejantes, por supuesto que dichos actos le pesarán, no es que saldrá librado al desencarnar como si nada hubiera hecho. Pero no irá a ningún sitio o espacio, ni físico ni psíquico, solo sentirá en sí mismo las sensaciones que se vinculan a sus actos hostiles. Y por supuesto que no será algo agradable.

Los Maestros siempre nos advertido de las consecuencias de nuestros actos: “La siembra es libre, la cosecha obligatoria”; “Quien siembra vientos recoge tempestades”; “El que a hierro mata a hierro muere”. Pero todos estos refranes significan lo mismo: “El que las hace las paga”. Estamos hablando de consecuencias de nuestros actos, no de la Ley del Talión.
A estas alturas quienes están leyendo se preguntarán si no estamos perdiendo el tiempo con algo tan remanido, y la respuesta es que es solo el preámbulo porque hay algo más.

Para explicar ese algo más tengo que remontarme a una experiencia propia en Cienciología, tan combatida por aquellos que no saben lo que significan en realidad los descubrimientos de L. Ronald Hubbard sobre la mente y la conducta humana. Antes de él no se sabía por qué los hombres actuaban tan aberradamente. En otras palabras, no se conocía la ciencia de la mente. Su contribución a la humanidad fue precisamente darla a conocer por primera vez en la historia de este planeta.

Hubbard inventó un aparato que denominó “Electropsicómetro” (abreviatura: “E-Metro”), que en Cienciología se define como “aparato religioso utilizado como ayuda espiritual en la auditación”. Esta definición es falsa, porque el aparato no tiene nada de religioso ni es una “ayuda espiritual”.

Cienciología no es una religión aunque se la haga aparecer como que lo es. Funciona como religión porque de esta manera aquellos que con gusto verían que desaparezca no pueden hacerlo porque los cultos están protegidos por la ley. Hubbard no tuvo otra alternativa, en sus comienzos, que inscribirla como religión porque estaba siendo atacada, especialmente por la Psiquiatría, y su existencia peligraba.
Realmente fue genial eso de “aparato religioso” y “ayuda espiritual”, con lo cual logró engañar a todos los que lo atacaban. Por supuesto que eso ahora no es tan necesario y solo funciona como religión en aquellos países donde se la combate. En la Argentina, por ejemplo, funciona como asociación civil.
El error de muchos al atacar a Cienciología es confundir la institución, que es rigurosamente científica, con los cienciólogos, que son los que la aplican, y que en muchos casos no se comportan correctamente. Pero esto es harina de otro costal.
Cienciología no tiene nada que ver con la religión, salvo para protegerse de aquellos cuyo cerebro es tan pequeño como para comprenderla. ¿Qué es, entonces? Pues simplemente es una organización científica que aplica conocimientos científicos para resolver el problema de la conducta aberrada.

No me voy a centrar en los descubrimientos de Hubbard, porque ellos están claramente expuestos, por lo menos los básicos, en su libro “Dianética, la ciencia moderna de la salud mental”. Aclaro que Dianética fue el principio, luego continuó con mas descubrimientos que aglutinó en lo que denominó “Cienciología”.
Mi experiencia con el E-Metro dará la pauta de que los “castigos” a nuestros actos hostiles no serán aplicados en un “más allá” sino en un “más acá”, y bastante rápido por cierto. Diría casi “instantáneo”.
No es un relato inédito porque ya lo hice en algunas oportunidades, pero siempre es bueno reiterarlo para aquellos que se les pasó por alto.

Cuando entré en la Asociación Dianética, hace un par de décadas (su sede estaba en calle Lavalle al 900, ciudad de Buenos Aires) me hicieron una prueba con el aparato. El auditor me pidió que tomara las latitas y que hiciera mentalmente el recorrido que había hecho desde mi casa hasta la sede de la Asociación. Lo hice y cuando crucé (mentalmente, claro está) la calle Carlos Pellegrini llegando ya a la sede, el auditor exclamó: “¡Eso es!”. Estas palabras son la clave de que la aguja del cuadrante se había movido marcado carga. Es decir que en ese lugar había sucedido un incidente que había implantado carga en mi mente reactiva.
Realmente estaba sorprendido y muy escéptico porque en ese momento no recordaba ningún incidente en ese lugar. Pedí volver a repetir el recorrido y el resultado fue el mismo. Pedí repetir una vez más la experiencia con la expectativa de burlar al aparato y para hacerlo fui con mi mente por otros lugares que realmente no había recorrido. El auditor se mantenía en silencio. De pronto, crucé mentalmente a toda velocidad otra vez la calle Carlos Pellegrini y el auditor volvió a exclamar: “¡Eso es!”. La prueba había sido concluyente: el aparato algo registraba de mi mente y que tenía carga.
Por supuesto que más tarde, en una sesión de auditación, averigüé qué había sucedido en ese lugar, pero su relato carece de interés en este momento, en el que solo trato de exponer que los actos hostiles tienen consecuencias inmediatas en nosotros en forma de carga.

Otra experiencia brindará mejor esta pauta. Siempre con el E.-Metro y manteniendo en mis manos las latitas, el auditor me preguntó si alguna vez me copié en la escuela. No acabó de preguntármelo cuando exclamó: “¡Eso es!”. A los pocos segundo recordé que sí me había copiado. El E-Metro había detectado la carga de ese hecho. No el hecho, aclaro, sino la carga, ya que el aparato ignora a qué se debe la carga, solo la registra.

La mejor experiencia de cómo funciona este aparato la brindó el hecho de cuando el auditor me pidió que me pellizque el brazo. Lo hice y después de pasado unos minutos me pidió que recordara el pellizco. Mostrándome el cuadrante, yo mismo vi cómo la aguja marcaba la carga de ese hecho (la carga se implanta a nivel celular). Repasé el pellizco y la carga se borró y la aguja flotó libremente.

¿Qué sucedería, entonces, con nuestros actos hostiles graves si el hecho de un simple copiado cuando somos niños implanta carga en nuestra mente?

Estoy convencido de que si un corrupto, por exponer un caso extremo, toma las latitas y el auditor le pregunta si alguna vez cometió un acto de corrupción, la aguja del cuadrante marcará el máximo de carga, si es que el aparato no revienta, valga la ironía.
No existe ningún “Dios Castigador”, pues somos nosotros mismos, aunque no lo sepamos, el que nos castigamos. Y no hay forma de cubrirnos, porque estamos constituidos así. Solo podemos eliminar la carga una vez que “pecamos” (el verdadero pecado son los actos hostiles contra nuestros semejantes, aunque también contra nosotros mismos, por ejemplo cuando nos copiamos en la escuela).
El procedimiento para eliminar la carga de nuestros actos hostiles, que no es tema de este artículo, se aplica en las organizaciones de Cienciología. Es el procedimiento más doloroso de todos porque uno tiene que enfrentarse con el daño que hizo a sus semejantes.

Curiosamente, la confesión de los pecados de algunas religiones es un remedo de esta técnica. La recompensa viene después, cuando la aguja del cuadrante flota indicando que las cargas han desaparecido y uno siente el consiguiente alivio.
Quienes han pasado por esta experiencia saben en carne propia lo que significa el refrán: “La siembra es libre, la cosecha obligatoria”, y como ya dije, eso no sucede en ningún hipotético más allá, sino en un bien seguro más acá. Y lo que también es seguro es que lo que uno libera en el plano físico no se lo lleva al plano espiritual.

LECTURA COMPLEMENTARIA

¿Qué nos sucede cuando cometemos un acto hostil?

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