Los asesinos no nacen, los hacen

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OBSOLENCIA DE LA PSIQUIATRÍA Y LA CRIMINOLOGÍA 

por Horacio Velmont

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Fernando Farré degolló a su mujer… ¿un caso de “emoción violenta”?

Si alguien le echa la culpa a la humedad por el deterioro de la pared, obviamente no estará hablando de la verdadera causa, que es en realidad el caño roto. 

De la misma forma, cuando la Criminología o la Psiquiatría se refieren a la emoción violenta como la causa de un crimen, no están hablando de la verdadera causa, es decir, del origen de la violencia. ¿Por qué razón? Simplemente porque lo ignoran.

Si quieren comprobarlo, acudan al criminólogo o al psiquiatra más eminente y pregúntenle cuál es el origen de la violencia en el ser humano y verán como quedan azorados en silencio, o quizás balbucearán algunas tonterías para ocultar su ignorancia. Ignorancia que a estas alturas de nuestra civilización no se justifica.

Según se define, la “emoción violenta” es un estado en que la emoción ha hecho perderle al sujeto el pleno dominio de su capacidad reflexiva y disminuir sus frenos inhibitorios, sin llegar a producir la profunda turbación de conciencia, que conduciría a la inimputabilidad. El homicidio emocional, aunque atenúe penas no dejará, por ello, de ser homicidio doloso.

En apariencia muy vistosa, esta definición es similar al ejemplo que hemos brindado, de achacar el deterioro de la pared a la humedad, ignorando que la verdadera causa es el caño roto. Un albañil sabe que la verdadera causa de la humedad es el caño roto, pero el criminólogo o el psiquiatra ignoran la verdadera causa de la emoción violenta. ¿Se entiende la comparación? 

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Esta ignorancia, reiteramos injustificable a estas alturas de la civilización, tiene origen en el desconocimiento de la “Ciencia de la mente”, descubierta en los años cuarenta por L. Ronald Hubbard y dada a conocer en mayo de 1950 en su famoso libro “Dianética, la ciencia moderna de la salud mental”. 

Si no se conoce la Ciencia de la mente es imposible saber la causa, no solo de la emoción violenta, sino de todas las aberraciones del ser humano. En otras palabras, de su extraña conducta.

Es conveniente, antes de proseguir, explicar el por qué hemos titulado esta nota “Los criminales no nacen, los hacen”.

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Uno de los descubrimientos más importantes de Hubbard fue la bondad inherente del hombre. Descubierto esto, se preguntó de que forma entraría la maldad en él. Y lo encontró: el arbitrario es una segunda mente que todos los hombres poseen y que llamó “reactiva” porque no analiza antes de proceder sino que actúa automáticamente ante un estímulo determinado. Es la que produce todas las aberraciones listadas por la Psiquiatría y las que enlistará en el futuro. Todas.

La Psiquiatría enumera, absurdamente, cientos de trastornos, dándoles a cada uno un nombre, haciendo creer al público ingenuo, de esta manera, que saben de qué se trata: esquizofrenia, paranoia, psicosis, etc. También, y esto dicho jocosamente, dicen que el que tiene miedo a los gatos es “gatofóbico”, el que le tiene miedo a los perros es “perrofóbico”, el que le tiene miedo a las almohadas es “almohadófilo”, y así continúa toda la lista de disparates que cualquiera puede ver en Internet.  Es obvio que los locos y los psiquiatras son lo mismo porque los extremos se tocan…

En otras palabras, ¿cuál es el sentido de darle un nombre a cada trastorno si todos tienen el mismo origen: la mente reactiva? Sería lo mismo de absurdo que darles un nombre a cada forma y color que deja la humedad en la pared, cuando basta decir que el origen es un caño roto.

Precisamente, uno de los beneficios del descubrimiento de la mente reactiva es la innecesariedad de diagnosticar el tipo de trastorno que tiene el paciente, ya que la causa es  la misma para todos.  

Por otra parte, ¿a quién le achaca la Psiquiatría todos los trastornos? ¡A la mente analítica, cuya inocencia es absoluta! Desde ya que esto es así porque la única mente que conocen los psiquiatras es la analítica (o consciente), y entonces creen que todos los trastornos provienen de ella. 

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Decíamos que Hubbard se preguntó -si el hombre es inherentemente bueno y solidario- por qué razón actúa a veces con tanta maldad, y también dijimos que había encontrado la respuesta en la mente reactiva y que por supuesto la mente analítica era absolutamente inocente.

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Es más, encontró que la mente analítica es un mecanismo perfecto que nunca se equivoca, dando el ejemplo de una calculadora que se le trabara una tecla, por ejemplo el siete. Si alguien quisiera multiplicar 7 x 7 no le daría la suma de 49 sino la de 343 (7x7x7=343).

En otras palabras, la calculadora se habría vuelto “loca”. No obstante, a pesar de que el resultado sea erróneo, la calculadora operó correctamente… ¡con los datos que tenía, que incluía el 7 trabado! ¿Se entiende?

Con la mente humana sucede algo similar: la mente analítica es perfecta y si se le añade un dato erróneo opera correctamente con ese dato erróneo, ya que no está diseñada para saber si el dato que se le incluye es correcto o no. Opera correctamente con todo los datos que se le incluyen y si el resultado es incorrecto no es de su responsabilidad. De ahí que sea inocente de todas las aberraciones humanas.

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Es tiempo ahora de ver como las explicaciones brindadas hasta aquí se aplican a los seres humanos, partiendo de la base de su bondad inherente. En otras palabras, ¿cómo es posible que alguien cuya conducta es normalmente pacífica de pronto tome una escopeta y asesine a toda su familia? Es precisamente el caso del dentista Barreda, que todos recuerdan con horror. 

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Supongamos que José tiene que operarse y que para ello, una vez que se encuentra en el quirófano, lo anestesian totalmente. En ese estado su mente analítica está desconectada, pero no la reactiva, que es un mecanismo de supervivencia, la cual está inactiva pero alerta a la espera de la inconsciencia para activarse. Suple a la mente analítica cuando ésta “se fue”.

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La mente reactiva graba todo lo que sucede mientras dure la inconsciencia, es decir, mientras la mente analítica o consciente se encuentre desconectada. Esta grabación es similar a la de la hipnosis y su registro en la mente reactiva se denomina técnicamente “engrama”. Pero engrama y orden hipnótica, son, en esencia, equivalentes.

La diferencia entre una orden hipnótica y un engrama es en realidad sutil, pues mientras aquélla es aceptada por lo general en forma voluntaria por el sujeto, por ejemplo para dejar de fumar, el engrama penetra subrepticiamente en el organismo, es decir, sin que el sujeto sea consciente de ello. 

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Desde ya que existen organismos de inteligencia de algunos países que utilizan la hipnosis para programar asesinos, y por supuesto sin pedirles permiso, pero esto es otra historia.

Veamos un ejemplo concreto de cómo se implantan los engramas-órdenes hipnóticas en el archivo de la mente reactiva.

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Supongamos que los cirujanos y las enfermeras conversan animadamente alrededor de la mesa de operaciones donde está anestesiado el paciente y uno de ellos dice enfáticamente: “A las mujeres hay que matarlas”.

Lo que ignoran todos es que la mente reactiva del paciente está grabando automáticamente estas palabras a nivel celular -ella se activó al desconectarse la mente analítica por la anestesia- como una orden hipnótica de gran poder compulsivo a causa del dolor (el dolor potencia el poder del engrama-orden hipnótica).

Ahora bien, lo insólito es que a lo mejor lo que quiso decir el cirujano no es literalmente que a las mujeres hay que matarlas (asesinarlas), sino “matarlas” en un sentido sexual, cuyo significado popular no es necesario aclarar porque todos lo conocen. Pero la mente reactiva no es una mente que razona sino que es tan irracional que toma literalmente las palabras, y por eso para ella “matar” es asesinar. 

Y si el cirujano hubiera dicho que “a las mujeres hay que matarlas a besos”, esto significaría que hay que besarlas hasta asesinarlas. Sinceramente no sé cómo ser más claro para dar a entender el modo de operar de esta mente de categoría subidiota.

En realidad, es impredecible adelantar cómo reaccionará la mente reactiva cuando sus engramas se restimulen, de modo que el ejemplo propuesto es meramente ilustrativo. Si la orden verbal del engrama es “hazlo ya”, digamos por caso, el paciente después de operado tanto puede sentirse impulsado a entrar en un convento como a asaltar un banco. O quizás a ambas cosas y terminar siendo un esquizofrénico (mente dividida).

Supongamos que una de las enfermeras es pelirroja y el infortunado paciente tiene la mala suerte de casarse con una mujer de similar color de cabello. ¡Pues tendrá un restimulador permanente del engrama-orden hipnótica en su propio hogar cada segundo, cada minuto, cada hora y diariamente. ¿No es algo explosivo que en cualquier momento puede detonar?

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Cuando Barreda asesinó a toda su familia sucedió lo mismo: hubo un detonador  (restimulador) que hizo reaccionar a uno o varios engramas, que vaya uno a saber quién se lo implantó y cuándo. El propio Barreda fue el primero que quedó asombrado por su reacción y no se lo explicaba. Y esto es lógico porque no la mató con su mente analítica que se había desconectado (total o parcialmente), sino con su mente reactiva que se había activado por el restimulador.

De lo expuesto queda claro el título de esta nota, “Los asesino no nacen, los hacen”, porque los engramas no se los implanta uno mismo, sino que se los implantan, y los que los provocan son los padres, tíos, hermanos, maestros, médicos, jefes, compañeros, etc. La lista es infinita. Y quizás son los mismos que hoy señalan con un dedo al asesino sin saber que fueron precisamente ellos los que provocaron el asesinato.

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Recuerdo en este momento un caso relatado por el propio Hubbard: una paciente quiso matar a su bebé después del parto a causa de las palabras que había dicho el médico que la atendió durante el trance. Desde ya que Hubbard lo averiguó al utilizar la tecnología que diseñó para eliminar los engramas de la mente reactiva.

Es importante aclarar, por otra parte, que la mente reactiva, al ser un mecanismo de supervivencia, tiene necesariamente que operar de inmediato para salvar al organismo. Si antes de operar se detuviera a evaluar la situación, el organismo podría perecer. Por eso, cuando oímos detrás nuestro una bocina, dicha mente nos hace pegar un salto. Si después resulta que era la bocina de un triciclo y no de un automóvil, la mente reactiva no se inmuta por el chasco, ya que actúa sobre la base de que es mejor prevenir que curar.

Naturalmente que lo expuesto es una ínfima parte de lo que involucran los descubrimientos de este verdadero genio, incomprendido por muchos, pero para quienes deseen profundizar en ellos indico al pie algunos links.

NOTA ADICIONAL DE HORACIO VELMONT

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Otra de las cuestiones que es necesario poner de relieve es que ni la Psiquiatría ni la Criminología poseen técnica alguna para medir el estado mental de una persona cuando cometió un crimen. ¿Cómo pueden entonces dictaminar el grado de emoción violenta que tenía un asesino al momento de matar? Es obvio que actúan a ojo “bueno cubero”.
Lo absurdo es tal aparato existe y se llama Electropsicómetro (“E-Metro”) y con él se puede medir el grado de consciencia que tiene un sujeto en el momento del acto. Solo la ignorancia supina y la estrechez mental de los psiquiatras y los criminólogos hacen que tal aparato sea desconocido, máxime que fue desarrollado hace más de medio siglo.

LECTURAS RECOMENDADAS
https://dianeticaycienciologia.wordpress.com/

La Ciencia de la Mente Ilustrada (Parte I)
(libro completo: al pie se incluye el link para acceder a la parte siguiente)

 LECTURAS COMPLEMENTARIAS
Asesinos programados
La verdad sobre Cienciología
Tiroteo en Washington
Mente reactiva y programación MK Ultra
Atentado de Boston
Vendo o alquilo trastornos mentales
Confesiones falsas de crímenes no cometidos

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