La verdad sobre la felicidad

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¿ALCANZABLE O INALCANZABLE?

por Horacio Velmont

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Probablemente el tema de la felicidad sea uno de los que más ha acaparado definiciones, y curiosamente ninguna nos llega al punto de decir “ésa da en la tecla”. Esto es así porque la felicidad, como pauta, es distinta en cada ser humano y si se pudiera consultar sobre ella a cada habitante del planeta se vería que cada uno da un parecer distinto, y siempre desde su particular punto de vista.

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Sin embargo, hay un ingrediente de la felicidad que puede anotarse como básico y que sin él ese estado de la vida no puede existir. Me refiero al bienestar, que puede definirse como “el estado de la persona cuyas condiciones físicas y mentales le proporcionan un sentimiento de satisfacción y tranquilidad”. Concretamente, no puede haber felicidad completa si uno no se siente bien, por más que se tenga todo lo que se anhela de la vida. 

Poniendo un ejemplo un poco extremo, imaginemos que tienes todo lo necesario para ser feliz, pero padeces de un dolor de muelas que te hace ver las estrellas, para decirlo de una manera ilustrativa. Con un dolor así, lo único que tendrás en la mente es el dentista. Y no quiero pensar si por esas cosas de la vida le tienes miedo a las agujas.  

Hay muchas personas en este mundo que tienen dolores crónicos y para ellas la felicidad estaría en que se acaben. Y volvemos a encontrar lo básico: el bienestar, el sentirse bien como algo primordial sin lo cual la felicidad no puede existir. Y que nadie me venga a decir que un masoquista es feliz con un dolor de muelas.

En razón de que, aparte de la cuestión del bienestar, todo el mundo ha opinado sobre la felicidad, no tendría sentido que yo me ocupara también desde esos mismos puntos de vista soslayando lo básico, es decir, la forma de lograr ese bienestar.  

En materia de felicidad siempre me ha impresionado lo que dice Ronald Hubbard en su libro Dianética, la ciencia moderna de la salud mental:

Hemos visto, y podemos probarlo clínicamente, que hay dos factores en acción. La necesidad de evitar el dolor es un factor porque, poco a poco, pequeñas, cosas que en sí no son mucho, pueden acumularse para formar grandes dolores que, combinados en esa rápida progresión geométrica, conducen a la muerte. Dolor es la pena de haber sido regañado por haber trabajado poco, porque esto puede llevar al despido, que puede llevar al hambre, que puede acarrear la muerte. Desarrolla cualquier ecuación en la que ha entrado el dolor y verás que se reduce a una posible no supervivencia. Y si esto fuera todo lo que hubiera para sobrevivir, y si la necesidad fuese un pequeño gnomo perverso con un tridente, parece bastante obvio que habría muy pocas razones para seguir viviendo. Pero está la otra parte de la ecuación, el placer. Ésta es una parte más estable que el dolor, pese a los estoicos, según lo demuestran las pruebas clínicas de la Dianética.
Por lo tanto, existe una necesidad de placer, de trabajar, ya que se puede definir la felicidad como ir hacia metas conocidas por encima de obstáculos no desconocibles. Y la necesidad de placer es tal, que para obtenerlo puede soportarse una gran cantidad de dolor.
El placer es el intercambio
positivo. Es el goce del trabajo, es la contemplación de las obras bien hechas, es un buen libro o un buen amigo; es despellejarse las rodillas escalando el Matterhorn; es escuchar al niño cuando dice “papá” por primera vez; es una riña en el Bund de Shangai o el silbido de amor desde un portal; es aventura, esperanza, entusiasmo, y “algún día aprenderé a pintar”; es comer una buena comida o besar a una chica guapa o hacer una buena especulación en la bolsa de valores. Es lo que el hombre hace, que disfruta haciendo; es lo que el hombre hace y disfruta contemplando; es lo que el hombre hace y disfruta recordando; y puede ser simplemente la conversación sobre cosas que él sabe que jamás hará.
El hombre soportará una gran cantidad de dolor para obtener un poco de placer. Fuera, en el laboratorio del mundo, esto se puede confirmar en poco tiempo.
¿Y cómo encaja la necesidad en este cuadro? Hay una necesidad de placer, una necesidad tan viva, tan vibrante y tan vital como el mismo corazón humano. Aquél que dijo que un hombre que tuviera dos barras de pan debería vender una para comprar jacintos blancos, dijo una gran verdad.
Lo creativo, lo constructivo, lo bello, lo armonioso, lo audaz, sí, e incluso escapar de las fauces del olvido, estas cosas son placer y estas cosas son necesidad. Hubo una vez un hombre que caminó mil millas sólo por ver un naranjo, y otro, que era una masa de cicatrices y huesos mal ajustados, que ansiaba tener la oportunidad de “domar otro caballo salvaje”.
Está muy bien el morar en las alturas del Olimpo y escribir un libro sobre castigos, y está muy bien leer para encontrar lo que unos escritores dijeron que otros escritores decían, pero todo eso no es muy práctico.
La teoría de la obligación por el dolor no funciona. Si algunos de estos principios básicos de la Dianética fueran solamente poesía en torno al estado idílico del hombre, podrían justificarse como tal; pero resulta que allá afuera, en el laboratorio del mundo, funcionan.
El hombre en afinidad con el hombre sobrevive, y esa supervivencia es placer.

Hubbard no solo descubrió la ciencia de la mente, sino también desarrolló la tecnología para eliminar la fuente del dolor. En otras palabras, para lograr que las personas lleguen a un estado de bienestar, sin el cual la felicidad no puede existir. 

Dianética, es bueno decirlo, no es la panacea universal, la varita mágica que resuelve todas las enfermedades o todos los problemas, pero sí los que provienen de la mente, que son la mayoría. Una persona que tenga la mente limpia tiene más probabilidades de ser feliz que aquella que no la tenga. Éste es el punto.

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Los descubrimientos de Dianética, aunados a los de Cienciología, ayudan a que la vida sea lo más placentera posible, porque el conocimiento de por qué suceden las cosas y cómo solucionarlas (obviamente cuando tengan solución), es la clave de la vida.   

La meta de Dianética es el “clear” (claro, aclarado). Hubbard lo explica así en el libro de Dianética:

En Dianética, al individuo óptimo se le llama claro. Con frecuencia aparecerá en este libro esta palabra como sustantivo y aclarar como verbo; de modo que es aconsejable detenerse aquí, al principio, para exponer con exactitud a qué podemos llamar claro, la meta de la terapia dianética.
Se puede someter a un claro a pruebas de todas y cada una de las psicosis, neurosis, compulsiones y represiones (todas ellas aberraciones), y se le puede examinar en busca de cualquiera de las enfermedades autogénicas (autogeneradas) denominadas enfermedades psicosomáticas. Estas pruebas confirman que el claro carece completamente de tales enfermedades o aberraciones. Pruebas adicionales de su inteligencia indican que ésta es muy superior al promedio actual. La observación de su actividad demuestra que se entrega a la vida con vigor y satisfacción.
Además, estos resultados pueden obtenerse comparativamente. A una persona neurótica, que posee además enfermedades psicosomáticas, se le puede someter a pruebas en busca de estas aberraciones y enfermedades, demostrándose que existen. Se le puede aplicar entonces la terapia dianética con el fin de eliminar estas neurosis y enfermedades. Finalmente, se la puede examinar obteniéndose los resultados antedichos. Esto, dicho sea de paso, es un experimento que se ha realizado muchas veces, siempre con los mismos resultados. Se puede probar en un laboratorio que todas las personas a las que no les falte ningún órgano del sistema nervioso responden de este modo al aclararse con Dianética.

Hay una interesante definición sobre la felicidad de Gabriel García Márquez que, parte de ella, concuerda con lo que dice Ronald Hubbard (está en el libro Dianética, la ciencia moderna de la salud mental): “La felicidad es la superación de obstáculos no desconocidos hacia una meta conocida y, transitoriamente, la contemplación del placer o la complacencia en él”.

En otras palabras, ambos coinciden en que la felicidad consiste en el ir y no en el llegar. Y esta aseveración es una verdad que cualquier habrá podido comprobar. Uno se ufana para lograr algo, pero cuando lo logra se da cuenta de que la mayor felicidad la obtuvo mientras recorría el camino.  Y más aún si se recorrió en óptimas condiciones físicas y mentales. 

LECTURA COMPLEMENTARIA
La Ciencia de la Mente Ilustrada (Parte I) (libro completo: al pie se incluye el link para acceder a la parte siguiente)

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