La verdad sobre el Psicoanálisis (Parte I)

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LA TERAPIA INTERMINABLE

por Horacio Velmont

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Hay un refrán muy pintoresco que dice “a falta de pan buenas son tortas”, y el Psicoanálisis cae justo en él, pues cuando Freud lo diseñó no existía ni Dianética ni Cienciología. 

En otras palabras, no se conocía la ciencia de la mente descubierta por L. Ronald Hubbard y que fue dada a conocer en su libro “Dianética, la ciencia moderna de la salud mental”.

El hecho de que el propio Psicoanálisis sea considerada una “terapia interminable” da la pauta de su ineficacia. No existe, por lo tanto, ningún paciente que el Psicoanálisis haya curado.

Que los psicoanalistas hayan ayudado a muchos pacientes nadie lo duda. Pero no es por la terapia psicoanalítica sino por la comunicación. La comunicación provoca en muchos casos enorme alivio. No cura pero alivia.

El quid es que para ello no se necesita un terapeuta sino que basta con una despreocupada charla en un bar con un buen amigo que nos palmee la espalda de vez en cuando y nos diga lo bueno y maravilloso que somos. Y sin costo alguno, o quizás solo del café que ambos tomen.

Desde ya que la conversación es el disolvente universal. Cuando hay problemas lo que se necesita es más comunicación, no menos. Cuanto más se comunica uno, más vivo se está. Los muertos no se comunican. Bueno, por lo menos en el plano físico…

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El descubrimiento de la ciencia de la mente data de mucho más de medio siglo y sin embargo se lo ignora desde el punto de vista oficial. Y es por ello que el Psicoanálisis sigue en auge así como la misma Psiquiatría, por supuesto mucho más nefasta que el Psicoanálisis.

¿Qué es lo que desconoce el Psicoanálisis en realidad? Pues es algo muy simple: que el ser humano y todos los seres vivos tienen, además de la mente analítica o consciente, otra mente, que es un mecanismo de supervivencia y el que provoca todos los trastornos. A esta mente Hubbard la llamó “reactiva” porque no razona sino que reacciona automáticamente ante un estímulo determinado.

De esto se deduce que la mente analítica o consciente no es la responsable de las aberraciones sino la mente reactiva. Esto significa que toda terapia que se dirija a reparar a la mente analítica estará destinada al fracaso porque no estará dirigida a un verdadero culpable.   

La verdad siempre es sencilla en el fondo, como los trucos de los magos una vez que se los revela. Y lo curioso es que cuanto más sencillos y obvios son, más difíciles son de descubrir, quizás porque todos esperamos algo espectacular.

El famoso “mago enmascarado” precisamente puso este curioso hecho de relieve. Así, cuando uno sabe que la traslación por el espacio del mago y su partenaire se realizan mediante dobles, no puede menos que exclamar sintiéndose un poco tonto: ¿Cómo no me di cuenta de algo tan sencillo y obvio?

¿Cómo descubrió Hubbard el origen de todas las aberraciones mentales? Mediante el hipnotismo. Al ver que poniendo a una persona en trance hipnótico se le podían implantar los diversos trastornos enlistados  por la Psiquiatría, dedujo con acierto que esas mismas órdenes con toda seguridad podían también implantarse por azar en la vida diaria, es decir, sin que paciente se prestara voluntariamente a tales implantes como en una sesión hipnótica.

Una vez descubierto esto se dedicó a diseñar una terapia para eliminar esas órdenes hipnóticas subrepticias y de esta manera restaurar la cordura y la salud del paciente. A esta terapia la llamó “Auditación dianética”.

En otras palabras, si una persona era daltónica solo bastaba para curarla encontrar la orden hipnótica que le ordenaba serlo. Por ejemplo porque el padre, al ver que el hijo pintaba la copa de los árboles de rojo, lo regañaba diciéndole: “Siempre confundes el rojo con el verde”.

Naturalmente que estoy explicando de la manera más sencilla posible algo que en el fondo es muy complejo, ya que la mente reactiva, al ser un mecanismo irracional de categoría subidiota, interpreta de modo impredecible esas órdenes hipnóticas, y la simple palabra “hazlo” tanto puede significar para ella asaltar un banco como entrar en un convento. De la misma forma, “va riendo” puede significar “barriendo”, “tubo” puede ser “tuvo” y acecinar (ahumar) puede significar “asesinar”.

Uno de los casos que curó Hubbard fue el de una persona que no podía caminar porque las piernas no sostenían el cuerpo. Descubrió que cuando era pequeño estuvo muy enfermo y su madre, cansada de esa situación, decía constantemente a su lado: “No puedo soportarlo más, no puedo soportarlo más”.

¿Qué hizo la mente reactiva del niño, ahora adulto? Pues “interpretó” la orden hipnótica como que las piernas no podían soportar el peso del cuerpo.

Después de esta necesaria digresión, pasemos al Psicoanálisis y explicar detalladamente porqué es una terapia totalmente ineficaz e incluso nociva, no solo para el paciente sino también para el propio terapeuta.

PSICOANÁLISIS, LA VERDAD OCULTA

(según las enseñanzas de L. Ronald Hubbard) 

Este informe está basado en hechos científicos irrefutables, que en todas partes del mundo son utilizados desde hace medio siglo en forma masiva para eliminar tanto enfermedades mentales como la misma delincuencia. Inexplicablemente, la Medicina, la Psiquiatría, la Criminología y el Derecho los ignoran.        

Según el Doctor H.J.Eysenck, profesor de Psicología de la Universidad de Londres, “no existe prueba alguna de la eficacia del tratamiento freudiano; exactamente el mismo número de dolientes sanan bajo el tratamiento psicoanalítico que los que se hubieran curado sin él”.

Hace más de un siglo, el Psicoanálisis fue un gran movimiento innovador que prometía un tratamiento científico de todas las afecciones neuróticas, aseguraba la cura de muchas de ellas y alardeaba de poseer la clave para la prevención, no sólo de los desórdenes mentales sino también de la criminalidad, del malestar social y de las guerras.

Reacción optimista tras la desesperanza con que la medicina y la Psicología ortodoxas venían considerando las perturbaciones neuróticas, el psicoanálisis apareció como un soplo vivificador que viniese a barrer los miasmas de esas letales dolencias.

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En el concepto popular, Sigmund Freud ascendió a la jerarquía de genio científico, que superaba su época y daba una nueva orientación al pensamiento humano.

Libros y artículos, y luego películas y programas de televisión, hicieron del psicoanalista, con su diván y su aire de sobrehumana sabiduría, una figura familiar para el público.

El adiestramiento en los métodos psicoanalíticos se convirtió en un requerimiento para el psiquiatra incipiente, y las teorías y la jerga psicoanalítica se filtraron hasta el habla de las enfermeras, las visitadoras sociales, los maestros, y un amplísimo vulgo.

El éxito de la revolución freudiana parecía casi completo. Sólo había una cosa que no iba del todo bien: los enfermos sometidos al tratamiento psicoanalítico no mejoraban y en muchos casos empeoraban.

Las cifras, cuando se ordenan y analizan en detalle, revelan un hecho sorprendente: al cabo de años de tratamiento, aproximadamente dos de cada tres enfermos se han aliviado.

En otras palabras, no existe prueba alguna de la eficacia del tratamiento freudiano: exactamente el mismo número de pacientes sanan bajo el tratamiento psicoanalítico que los que se hubieran aliviado sin él.

La verdad es que, cuando se acude a los ficheros en los hospitales en busca de datos de hace un siglo, se descubre esta realidad interesante: entonces, como hoy, la proporción de curaciones o mejorías es siempre de dos por cada tres enfermos.

Si se tomara, como lo hizo el Dr. Peter Denker, de Nueva York, 500 neuróticos graves, y se los encomendara al respectivo médico de familia, que los tratará con los medicamentos corrientes expedidos en la farmacia y con sus leales consejos e indicaciones, se comprobaría el sorprendente fenómeno de que a lo menos dos de cada tres enfermos se habrán restablecido al cabo de los dos años.

En realidad, casi lo mismo sucede cuando al enfermo no se le somete a ningún tratamiento. En consecuencia, los psicoanalistas que presuman de curar este tipo de enfermedades, deberían superar considerablemente los resultados del tratamiento ordinario o la ausencia de todo tratamiento.

Un sistema que presuma de curativo, altamente costoso en tiempo y dinero, debe justificarse en términos de su probado éxito en relación a otros tratamientos más sencillos. Nada de esto ha sucedido.

¿Cómo es posible, entonces, que este sistema de tratamiento, que no posee pruebas que lo garanticen, atraiga tantos firmes creyentes y haya llegado hasta el punto de constituir casi una religión moderna, máxime que el mismo Freud, en los últimos años de su vida, fue mostrándose cada vez más escéptico respecto a las posibilidades terapéuticas de su propia técnica?

Para explicárnoslo de algún modo, consideremos el famoso experimento efectuado por el renombrado psicoanalista norteamericano Burrhus F. Skinner.

¿En qué consistió este experimento? Pues encerró en una gran jaula una colección de palomas e instaló en ella cierto dispositivo mediante el cual caían unos cuantos granos de trigo al piso de la jaula cada tres o cuatro minutos, y dejó allí solos a los pájaros durante la noche.

Cuando volvió al día siguiente, encontró a las palomas entregadas a las más extrañas maniobras.

Algunas de ellas saltaban de aquí para allá en una pata, otras se agitaban con un ala hacia arriba o con un ala hacia abajo, mientras alguna se mantenía con la cabeza levantada oteando el aire.

¿Qué había sucedido? Pues que cuando Skinner salió del laboratorio la noche anterior, las aves empezaron a explorar su prisión y al hacerlo adoptaron todas las formas de movimientos peculiares de las palomas.

De pronto, cayeron unos cuantos granos de trigo delante de cada volátil, como si fuese una respuesta o recompensa al movimiento que el ave estaba haciendo en aquel instante.

Por inferencia instintiva, cada cual continuó haciendo el mismo gesto, y —¡qué maravilla!— el premio vino, una y otra vez.

Las palomas quedaron convencidas de esta relación de causa a efecto, y siempre que sentían hambre adoptaban la postura supuestamente remuneratoria.

Es obvio que hubiera resultado inútil explicarles que no tenían prueba científica alguna de que sus extrañas posturas fueran las que provocaban la caída del grano; la confirmación ocasional dada a su proceder por el artificio era por demás convincente para ellas.

Ocurren muchas cosas parecidas en el campo del Psicoanálisis. Los enfermos, en la mayoría de los casos, experimentan mejoría sin relación alguna con el tratamiento a que se les somete; pero el hecho se interpreta, tanto por el enfermo como por el psicoanalista, como prueba de la bondad del método.

Cuanto más los dolientes mejoran, tanto más el psicoanalista se convence de la excelencia de su sistema curativo. No considera en ningún momento que otras personas se someten a distintos tratamientos con ostensibles idénticos resultados: a la extracción de los dientes para remover los focos de infección, a la imposición de manos, a los baños fríos, a píldoras falsas, a la sugestión, a la confesión y a la plegaria.

Así, todo profesional logra éxitos en razón de que, cualquiera sea el remedio que use, no empecerá a la mejoría del doliente (lo mismo que cualquiera que fuese la postura adoptada por cada paloma no influía para nada en la caída del grano).

Se tiene ya la explicación del prestigio que la terapéutica psicoanalítica ha obtenido, tanto entre los psicoanalistas como entre los enfermos: los fracasos se olvidan y los éxitos se adjudican al sistema, sin advertir el sofisma en que se incurre.

El Psicoanálisis, sin duda alguna, constituye el mayor fraude del Siglo XX. La pregunta lógica, por lo tanto, es: ¿También permitiremos que lo siga siendo en el Siglo XXI?

En 1909, los pioneros del naciente movimiento psicoanalítico se reunieron en la Universidad de Clark (Worcester, Massachusetts) para escuchar una conferencia de Sigmund Freud, fundador del psicoanálisis.  

El grupo estaba formado por, fila de arriba, de izquierda a derecha, Abraham Arden Brill, Ernest Jones, Sandor Ferenczi, y, fila de abajo, Sigmund Freud, C. Stanley Hall (presidente de esta universidad) y Carl Gustav Jung.

La presencia de Freud en Estados Unidos, única vez que visitó este país, amplió la influencia y popularidad de este movimiento.  

El psiquiatra y psicoanalista suizo  Carl Gustav Jung comenzó sus estudios sobre motivación humana en los primeros años del siglo XIX, creando la escuela de psicoanálisis conocida como escuela de psicología analítica.

Jung fue contemporáneo del médico austríaco Sigmund Freud, y en un principio colaboró con él.

Más tarde, sin embargo, comenzó a elaborar sus propias teorías, incluyendo la exploración de los tipos de personalidad.  

PSICOANÁLISIS, INEFICACIA Y NOCIVIDAD

El Psicoanálisis constituye una técnica no solamente ineficaz sino muy nociva, tanto para el analizado como para el analista, porque, por una parte, considera al ser humano como compuesto de mente y cuerpo —olvidándose que la mente es un mecanismo físico utilizado por el Yo (alma, espíritu, Yo Superior o Thetán, según la filosofía que se aplique)— y por la otra no distingue entre la mente analítica y la mente reactiva, siendo esta última el verdadero origen de las enfermedades psicosomáticas y la delincuencia y no la mente analítica, la única que conoce el Psicoanálisis.

La práctica del psicoanálisis debería estar sancionada severamente por el Código Penal, junto con el hipnotismo, como prácticas atentatorias a la cordura, porque implantan engramas (órdenes hipnóticas de alto poder), provocando enfermedades psicosomáticas impredecibles.

Continúa en la Parte II
La verdad sobre el Psicoanálisis (Parte II)

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