La verdad sobre el Psicoanálisis (Parte II)

Viene de la Parte I
La verdad sobre el Psicoanálisis (Parte I)

¿Pero qué se supone que es el Psicoanálisis? El doctor Markham, en su libro The Way of the Mind, lo define en los siguientes términos:

“El psicoanálisis es un sistema de terapia mental desarrollado por Sigmund Freud en Austria en 1894 y que depende de las siguientes prácticas para lograr sus efectos: se hace discurrir (asociar libremente) al paciente sobre su infancia por años y recordarla mientras el profesional efectúa una transferencia de la personalidad del paciente a la suya propia y busca incidentes sexuales ocultos, que Freud creía ser la única causa de la aberración. El profesional da una interpretación sexual a todo el relato y lo evalúa para el paciente en términos sexuales. La totalidad de los casos de psicoanálisis nunca ha sido evaluada y se han hecho pocas o ningunas pruebas para establecer la validez del sistema”.

Con mayor precisión, la terapia psicoanalítica podría denominarse “estudio de los candados”. Un candado es una situación de angustia mental y su fuerza depende del engrama al cual está adherido.


Un engrama es similar a una orden hipnótica de alto poder y por definición incluye dolor físico (por ejemplo, la caída de una escalera que incluye un golpe en la cabeza sería un engrama clásico).

Una de las bendiciones de la naturaleza es precisamente que el candado necesita una atención mínima. Este tipo de incidente, con carga o sin carga , está en el recuerdo consciente (el engrama, en cambio, no lo está, ya que en el mo-mento de recibirse la mente analítica se desconecta) y parece ser el motivo de que el aberrado esté aberrado.

Un candado es un momento de malestar mental que no contiene gran dolor físico ni pérdida grave. Una quemadura, una desgracia familiar, estas cosas son candados. Cualquier persona tiene miles de ellos.

La eliminación de los candados es una pérdida de tiempo. El Psicoanálisis, precisamente, sólo se ocupa de ellos y de ahí su rotundo fracaso. Como el Psicoanálisis no tiene en cuenta los engramas (que son los que le dan fuerza al candado) trabajar solamente sobre este tipo de incidente torna a esta terapia en interminable.

Quizás el Psicoanálisis produzca alivio en algunos pacientes, pero los resultados no van más allá de lo que pueda producir la charla con un buen amigo que tenga el saludable hábito de escucharnos con interés y aprecio y la costumbre de felicitarnos con una palmadita en la espalda.

El Psicoanálisis, por otra parte, puede ser sumamente aberrativo. El paciente asiste por lo general a la sesión muy abrumado por sus problemas, es decir, en un estado en que su poder analítico se encuentra disminuido y, por lo tanto, su mente reactiva está abierta al registro de engramas. Éstos, similarmente a órdenes hipnóticas de alto poder, al reestimularse más tarde, provocarán trastornos psicosomáticos impredecibles que uno difícilmente achacaría a la terapia.

El Psicoanálisis no es una ciencia y como teoría fracasó totalmente. El Psicoanálisis no adelantó en absoluto desde sus inicios. Las ciencias son algo vivo y cuando están basadas en verdades avanzan y evolucionan. El Psicoanálisis no hizo ni lo uno ni lo otro. Hay poca diferencia, si hay alguna, entre los escritos de Freud de 1984 y las declaraciones de los analistas de hoy. En todo caso, la diferencia es negativa: los escritos de Freud a fines del siglo XIX eran más claros y precisos que aquellos publicados hoy.

Las cosas que tienen éxito se expanden, se difunden e invaden, precisamente lo contrario del psicoanálisis, que hoy es una causa irremisiblemente perdida. ¡La completa estructura del psicoanálisis moderno es la misma que la de hace un siglo!

Sospechosa prescindencia del test

Llama mucho la atención el hecho de que el psicoanálisis nunca haya sometido a los pacientes a un test, antes, durante y después de la terapia.

Probablemente ésta sea la mayor condena que se le puede hacer. Es una tarea inútil buscar registros auténticos de mejora de pacientes debido a las sesiones.

Ningún analista se toma la molestia de hacerle un test al paciente antes de comenzar la terapia ni tampoco durante ella para observar su progreso.

Esto es realmente inconcebible, porque el test es algo que se remonta a los días más lejanos de Grecia. El hombre siempre ha estado haciendo tests al hombre para descubrir su estado y sus cambios.

El precursor más antiguo que conozcamos del test probablemente haya sido la grafología o tal vez la frenología. La antigua bruja, en última instancia, estaba haciendo un test psicosométrico al consultante. Los test de culpa o inocencia mediante respuestas eran un asunto común en las cortes medievales.

No tiene excusas el psicoanalista, entonces, por no utilizar el test como método de averiguación del estado del paciente, porque el test siempre estuvo a su disposición.

Las razones por las que no lo utiliza son obvias. Al observar que los tests reflejaban la falta de progreso en sus pacientes, o su empeoramiento, optó por dejarlos de lado.

Esto es cierto porque no cabe imaginar a un profesional que no haya intentado observar si había progreso en sus pacientes mediante tests. Después, al no observar resultados, los archivó para siempre.

Cualquiera que haya estado con analistas charlando en un café habrá podido observar que jamás hablan de curaciones, sino sólo de síntomas. Si sólo pueden hablar de síntomas y nunca de curación, esto ya está demostrando rotundamente el fracaso del sistema.

Ante una terapia exitosa difícilmente se encuentren surgiendo y desarro-llándose nuevas terapias más brutales. Sin embargo, el tratamiento de los demen-tes hoy es mucho peor que hace dos siglos y las brutalidades que se practican en nombre de la “curación mental” no pueden ser contempladas impávidamente por ningún hombre que se precie de civilizado.

La gente está plenamente consciente del hecho de que la última persona que se quiere ver es un psicólogo, un psicoanalista o un psiquiatra.


Hoy en día, estos “profesionales” desgarran alegremente los cerebros de sus pacientes, los sobresaltan con drogas de muerte, los sacuden con shocks eléctricos, los encierran de por vida, los esterilizan sexualmente y ellos mismos se conducirían de la misma forma que sus pacientes si se les diera la oportunidad.
 

El error de la evocación

Se ha pretendido que un paciente sólo necesita hablar de sus conflictos para hacerlos desaparecer. Nada más alejado de la realidad. Si a una persona conflictuada se le permite hablar, no dejará de estar conflictuada.

En la práctica, es mucho mejor decirle a un paciente, que está recontando por enésima vez sus problemas en forma compulsiva, que se calle a permitirle seguir hablando.

La libre asociación y otros medios de comunicación mencionados por Freud son sólo superficialmente terapéuticos. Esto no quita que algunos pacien-tes, contados con los dedos de la mano, hayan podido experimentar algún alivio luego de horas y horas de hablarle al analista de sus padecimientos.

Pero el hecho de que la mayoría no tenga muestra alguna de recupera-ción, aunque sea mínima, o empeore, basta para considerarlo obsoleto y desechable.

Otro dogma del psicoanálisis es que todo lo que se tenía que hacer para que desaparecieran incidentes ocultos era evocarlos. Un analista espera de su paciente que continúe evocando incesantemente hasta que aparezca alguna bo-bada escondida por ahí, que presumiblemente sea la causa de sus conflictos, y resuelva el caso.

Es decir, espera que al paciente le salga algo así como un comodín y lo salve. Esto, obviamente, no habla muy bien del psicoanálisis como terapia válida.

De haber sabido el analista la increíble cantidad de incidentes que estaban ocultos sólo en la etapa prenatal —sin contar, por supuesto, los de vidas anterio-res—, habría abandonado la ridícula idea de que el relato de unos pocos inciden-tes daría lugar a una recuperación.

Es cierto que se puede hacer un poco más feliz a un paciente a través del recurso de recuperar algún momento perdido, pero ello no es permanente y tarde o temprano la condición negativa retorna .

El analista utiliza en forma harto exagerada el recurso de recordar. La fija-ción en el paciente de la idea de recordar y recordar incesantemente, tal como se hace en las sesiones psicoanalíticas, a la larga es muy destructiva para él y esto se observa en el empeoramiento de los casos.

Se ha establecido, científica e irrefutablemente, que es en absoluto impo-sible erradicar los conflictos del pasado de una persona haciendo que evoque sus recuerdos interminablemente, porque lo que aberra son los engramas, y éstos no están al alcance de su recuerdo consciente, necesitándose de una técnica es-pecial para llegar a ellos (que el psicoanálisis obviamente no posee). 

El quid de la transferencia

Otro error del Psicoanálisis es el tan mentado asunto de la “transferencia”, término que se usa para denotar el traslado del paciente a la personalidad del analista.

La adquisición de personalidades adicionales, en realidad, no significa otra cosa que una escasez de identidades. Resulta algo digno de asombro encon-trar profesionales tan seguros de su altísima calidad como para exigir que cada uno de sus pacientes asuma su identidad. ¡La consecuencia graciosísima de esto sería un mundo de analistas!

La asunción de una personalidad ajena puede ser del todo destructiva pa-ra la personalidad de cualquier individuo, ya que semejante actitud sólo significa, como ya se señaló, una escasez de identidades.

Lo único que tal vez podría decirse a favor de la transferencia es que el analista pone a la persona consciente del hecho de que puede asumir por lo me-nos una identidad más.

Pero como la pérdida de la propia personalidad del paciente hasta el pun-to de asumir otra identidad —la del analista— es decididamente destructiva para su personalidad, cabe concluir que todo este asunto de la transferencia no es más que un error.

Con todos estos métodos y mecanismos, más calculados para deprimir y esclavizar al paciente que para liberarlo, parece imposible creer que el psicoanáli-sis haya pretendido alguna vez ayudar a alguien.

Esto no empece, sin embargo, el hecho indiscutible de que muchos ana-listas, al prestar atención a las dificultades de los pacientes y poner una cuota de humanidad, clemencia y bondad en las sesiones, hayan obtenido algunos resulta-dos, ¡pero no por los métodos psicoanalíticos sino a pesar de ellos! 

Concentración indebida en el sexo

El sexo es sólo una de las dinámicas de la vida. El hombre no sobrevive únicamente para la segunda dinámica (el sexo) sino también para las   siete diná-micas restantes (la de uno mismo, la del grupo social, la de la humanidad, la de todos los organismos vivos, la del universo físico, la de los espíritus y la de Dios).

La concentración en una dinámica con exclusión de las otras cercena la capacidad de vivir en el mismo grado en que se encierra en su concentración.

Expresado de otra manera, quien está concentrado en una sola dinámica puede decirse que está vivo sólo en un octavo.

Como Freud vivió en una época sexualmente muy inhibida, era lógico que criticara algo que fuera intensamente aberrante para la gente de su entorno.

Además, tenía una obsesión racial en el sexo, suficientemente pronuncia-da como para que el contagio se expandiera con fuerza por toda Europa.

La concentración en el sexo como único transgresor, como se pretende en su Teoría de la libido, no resiste el menor análisis.

Existen razas que no tienen ningún tipo de inhibiciones sexuales y, sin embargo, están aberradas. Estas razas, libres como el viento en la segunda di-námica, están no obstante intensamente aberradas en otros aspectos.

Algunas están aberradas en la octava dinámica (Dios), otros en la primera, y así por el estilo.

La concentración en el sexo no es válida y ha empujado al psicoanalista a un callejón sin salida, inhibiéndolo para observar racional y verazmente lo que estaba sucediendo con los pacientes, lo cual es un hecho desafortunado, ya que de haber realizado esta observación hubiera descubierto mucho más de lo que descubrió en un siglo de existencia.

Psicoanalistas posteriores buscaron extender las ideas de la segunda di-námica de Freud a actividades sociales. Es decir, trataron de subir a la tercera dinámica de los grupos, pero su búsqueda en este sentido, como era lógico, tampoco tuvo éxito.

Indiscutiblemente, existe una considerable atención en el sexo, pero sos-tener que toda la aberración proviene del sexo es invalidar la capacidad del hom-bre para crear descendencia. El sexo es simplemente un nivel masivo de creación de cierto orden, y por cierto no muy elevado.

Es verdad que el sexo es poderoso, pero gente atrapada por la inspiración del trabajo, las actividades sociales o las religiosas, experimenta un éxtasis o un im-pacto emocional de lejos mayor que el sexual. 

Crítica a la evaluación del paciente

Otra de las severas objeciones que pueden hacerse al psicoanálisis es la reducción del autodeterminismo del paciente a través de la evaluación de su caso.

El analista hace que la persona le cuente acerca de qué está preocupado en la vida y luego le informa sobre la razón de por qué esto es así.

Si lo hace con bastante fuerza y lógica como para crear una absoluta convicción en la persona de que ésta es la realidad, lo único que hace es agregar más confusión a lo que ya de por sí es confuso.

Lo correcto no es evaluar al paciente, sino conducirlo en ciertas direccio-nes de modo que haga determinados descubrimientos por sí mismo y pueda así reconsiderar y darse cuenta de las cosas para tener una visión más correcta de ellas.

Una cosa es decir cómo es toda la vida y dar al individuo la base para que la observe mejor y más ampliamente, y otra cosa muy distinta es encontrar que la persona está asumiendo la personalidad de su madre y ponerse a evaluarlo respecto de su madre.

El paradigma más perjudicial de esto es tener, por ejemplo, un paciente trastornado con su padre y luego explicarle, como lo hace el analista, que su pa-dre probablemente es un hombre bueno y en todo tuvo las mejores intenciones. Hacer esto es arrojar al paciente a la apatía.

Como la apatía por lo menos es tranquila, se la consideró un estado deseable para aquellas personas que tuvieran algunos impulsos socialmente des-tructivos. Este estado, por lo tanto, pasó a ser entonces la meta final de los ana-listas (la meta de la psiquiatría siempre fue este estado).

Si un médico le dice a una paciente que es absurdo lo que ella dice que está evocando incidentes del vientre de su madre y le sugiere con fuerza y autori-dad que debe dejar de lado esas tonterías y enfrentar la realidad, esto es evalua-ción de lujo y también agrega tremenda confusión al caso.

El verdadero crimen de la evaluación es decirle al paciente que está equi-vocado. La evaluación en sí, en sentido amplio, no es particularmente perjudicial al paciente, en tanto las observaciones que se le dirijan no lo invaliden completa-mente.

Es decir, se le podría dar un sistema general de la vida mientras no se lo esté aplastando contra otro sistema de la vida.

La evaluación de una persona puede definirse como la acción de sacudir sus datos estables sin darle nuevos datos estables con los que pueda estar de acuerdo o en los que pueda creer.

De ahí que no sea buena terapia decirle insistentemente a algún fanático religioso, o de cualquier otra índole, que todas sus creencias están equivocadas y que la verdad se encuentra en otro lugar.

Los analistas, desde Freud en adelante, han sido responsables de esto en grado sumo. Esta responsabilidad no pueden eludirla porque la evaluación, al revertir directamente creencias y datos estables, ha enviado a muchos pacientes psicoanalíticos a hospitales para enfermos mentales. 

El crimen de la invalidación

No obstante la gravedad de la evaluación, el crimen capital del psicoanáli-sis es la invalidación. Con la evaluación sólo se está dando nuevos datos esta-bles, pero con la invalidación se anula cualquiera de los soportes sobre los que se está apoyando, mal o bien, el paciente.

La mayor invalidación, por supuesto, es ser golpeado cuando uno no es-pera serlo, ser criticado cuando uno no cree merecer crítica.

Esencialmente, es decirle a alguien que no tiene valor alguno, ni tampoco sus pensamientos y postulados .

La conducta más común de los psicoanalistas y psiquiatras en los hospi-tales mentales es invalidar, con sus drogas, encierros, palizas y shocks eléctricos. Los resultados están a la vista. 

Psicoanálisis e hipnotismo

Otro de los errores fundamentales del Psicoanálisis ha sido su temprana dependencia del hipnotismo. El uso del hipnotismo denota una ansiedad de pro-ducir un efecto más allá del poder del individuo de producirlo con conocimientos y medios normales.

El hipnotismo no es otra cosa que la absurda creencia de que el paciente tiene que estar en un estado de coma antes de que se le pueda ayudar en algo. El médico clínico, el psicoanalista y el psiquiatra han sostenido por igual este princi-pio.

Básicamente, una buena terapia debería despertar a la gente, hacerla más alerta, más capaz, más feliz, más competente. El hipnotismo es la antítesis exacta de esto. Los pacientes, después de la hipnosis, son manifiestamente menos ca-paces.

El uso continuo del hipnotismo y el uso de drogas hipnóticas para diag-nosticar o sondear las profundidades de algún paciente, es una confesión de no saber las reglas generales de la vida.

Si uno no sabe estas reglas generales, mirará para cualquier lado en bus-ca de alguna respuesta, aunque sea en el tacho de la basura. El hipnotismo es precisamente esto. El hipnotismo no libera a las personas, hace esclavos.

Es obvio, entonces, que estos fenómenos particulares de la mente deben ser desterrados para siempre de la sociedad y relegarlas como mero recuerdos de una etapa aberrada de nuestra civilización. 

Conclusiones

Hemos demostrado que el Psicoanálisis es no sólo una terapia que no funciona sino que también es nefasta para la salud mental de cualquier ser humano.

La sola eliminación de los candados, por otra parte, como hace el psicoanálisis, no devuelve a la persona todos sus poderes mentales, ni su memoria auditiva, visual, olfativa, gustativa u orgánica, ni su imaginación, y no aumenta específicamente su coeficiente intelectual.

¿Qué clase de sociedad es ésta en la que vivimos donde las meras suposiciones se aceptan como válidas aunque los hechos demuestren lo contrario?

Solamente una sociedad muy aberrada puede permitir la utilización de terapias que en lugar de liberar al hombre lo esclavizan y con frecuencia lo llevan a la muerte.

Ninguna terapia que desconozca la existencia de la mente reactiva y su aberrante mecanismo, así como la forma de eliminar de ella sus engramas, puede ser autorizada.

¿Dejaríamos una delicada computadora en manos de quienes descono-cen su mecanismo? ¿Y acaso nuestra mente no es una delicada computadora que debemos cuidar con el mayor esmero posible?

Llegará el día en que la práctica del psicoanálisis, junto con la del hip-notismo y la psiquiatría, sin olvidar también la prescripción de fármacos, será erradicada de la faz de la tierra y figurará en los códigos penales de todo el mundo como grave atentado a la salud pública.

La advertencia está hecha. Ahora le toca el turno a las autoridades com-petentes dar los pasos necesarios para erradicar para siempre de la sociedad este tipo de prácticas que degradan al ser humano. 

¿CÓMO SE BORRA UN ENGRAMA DE LA MENTE REACTIVA? 

La técnica, desarrollada por L. Ronald Hubbard en 1950, y dada a conocer al mundo en su libro —permanente best seller— consiste en auxiliar a la mente analítica del paciente, o a una parte de ella, con la mente analítica del terapeuta, con la finalidad de eliminar el contenido de la mente reactiva, es decir, los engra-mas u órdenes hipnóticas.

El terapeuta funciona, entonces, durante cada período sucesivo de la te-rapia, y únicamente durante los períodos en sí, como una especie de mente analí-tica adicional del paciente.

Debe tenerse bien en cuenta que los engramas se reciben por la mente reactiva solamente cuando la mente analítica se encuentra desconectada (incons-ciencia), de modo que el paciente sólo puede llegar a ellos con la ayuda del tera-peuta, ya que él, en realidad, estaba inconsciente cuando los engramas penetra-ron “sin su autorización”.

El banco de engramas se elimina retornando al paciente al suceso conte-nido en el engrama y exponiéndolo ante su mente analítica para que lo examine.

El recorrer o recordar varias veces el incidente (engrama) elimina la carga que contiene y así la mente analítica recupera esa energía vital que se requería para vivir con el contenido destructor del engrama.

En síntesis, cuando el paciente busca y encuentra el incidente (hay un me-canismo mental que lo hace inherentemente) el terapeuta se lo hace repetir una y otra vez con todos los detalles hasta que se borre y con su desaparición también desaparece automáticamente el trastorno que causaba.

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Un ejemplo práctico de cómo y por qué se produce este borrado lo puede brindar una línea sinuosa trazada con lápiz en un papel: El punto inicial de la línea sería el comienzo del engrama (es decir, el comienzo de la inconsciencia), el trayecto sería la duración de todo el incidente (es decir, mientras la persona está inconsciente) y el punto final de la línea sería el final del engrama (es decir, cuan-do la persona recupera su poder analítico y está consciente).

Si tomamos una goma de borrar y la pasamos varias veces por la línea de lápiz, desde su comienzo hasta el final (es decir, la duplicamos), observaremos que poco a poco desaparece. Éste sería el proceso del borrado de un engrama explicado en forma gráfica. 

DIAGRAMA DEL COMIENZO Y FINAL DEL ENGRAMA

”””””””””””’………………………….”””””””””””’

   CONCIENCIA    INCONSCIENCIA      CONCIENCIA 

(engrama-orden hipnótica)
(paciente anestesiado)

Las líneas de color verde representan el período en que la persona se encuentra consciente.
La línea de puntos de color rojo representa el engrama, es decir, el período de inconsciencia y de grabación engrámica.

Si se tratara de una operación quirúrgica, la línea de puntos de color rojo representaría el tiempo en que el paciente estuvo anestesiado.

A través de la técnica descubierta por L. Ronald Hubbard, el contenido del engrama puede borrarse de la mente reactiva y pasarse a la conciencia, en cuyo caso, al no ser “acción impuesta” sino “experiencia” (recuerdo), deja de ser aberrativo (los recuerdos no aberran a las personas, los engramas sí).

LECTURA RECOMENDADA
La Ciencia de la Mente Ilustrada (Parte I)
(libro completo: al pie se incluye el link para acceder a la parte siguiente)

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