La verdad sobre el Psicoanálisis

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LA TERAPIA INTERMINABLE

por Horacio Velmont

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Hay un refrán muy pintoresco que dice “a falta de pan buenas son tortas”, y el Psicoanálisis cae justo en él, pues cuando Freud lo diseñó no existía ni Dianética ni Cienciología. 

En otras palabras, no se conocía la ciencia de la mente descubierta por L. Ronald Hubbard y que fue dada a conocer en su libro “Dianética, la ciencia moderna de la salud mental”.

El hecho de que el propio Psicoanálisis sea considerada una “terapia interminable” da la pauta de su ineficacia. No existe, por lo tanto, ningún paciente que el Psicoanálisis haya curado.

Que los psicoanalistas hayan ayudado a muchos pacientes nadie lo duda. Pero no es por la terapia psicoanalítica sino por la comunicación. La comunicación provoca en muchos casos enorme alivio. No cura pero alivia.

El quid es que para ello no se necesita un terapeuta sino que basta con una despreocupada charla en un bar con un buen amigo que nos palmee la espalda de vez en cuando y nos diga lo bueno y maravilloso que somos. Y sin costo alguno, o quizás solo del café que ambos tomen.

Desde ya que la conversación es el disolvente universal. Cuando hay problemas lo que se necesita es más comunicación, no menos. Cuanto más se comunica uno, más vivo se está. Los muertos no se comunican. Bueno, por lo menos en el plano físico…

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El descubrimiento de la ciencia de la mente data de mucho más de medio siglo y sin embargo se lo ignora desde el punto de vista oficial. Y es por ello que el Psicoanálisis sigue en auge así como la misma Psiquiatría, por supuesto mucho más nefasta que el Psicoanálisis.

¿Qué es lo que desconoce el Psicoanálisis en realidad? Pues es algo muy simple: que el ser humano y todos los seres vivos tienen, además de la mente analítica o consciente, otra mente, que es un mecanismo de supervivencia y el que provoca todos los trastornos. A esta mente Hubbard la llamó “reactiva” porque no razona sino que reacciona automáticamente ante un estímulo determinado.

De esto se deduce que la mente analítica o consciente no es la responsable de las aberraciones sino la mente reactiva. Esto significa que toda terapia que se dirija a reparar a la mente analítica estará destinada al fracaso porque no estará dirigida a un verdadero culpable.   

La verdad siempre es sencilla en el fondo, como los trucos de los magos una vez que se los revela. Y lo curioso es que cuanto más sencillos y obvios son, más difíciles son de descubrir, quizás porque todos esperamos algo espectacular.

El famoso “mago enmascarado” precisamente puso este curioso hecho de relieve. Así, cuando uno sabe que la traslación por el espacio del mago y su partenaire se realizan mediante dobles, no puede menos que exclamar sintiéndose un poco tonto: ¿Cómo no me di cuenta de algo tan sencillo y obvio?

¿Cómo descubrió Hubbard el origen de todas las aberraciones mentales? Mediante el hipnotismo. Al ver que poniendo a una persona en trance hipnótico se le podían implantar los diversos trastornos enlistados  por la Psiquiatría, dedujo con acierto que esas mismas órdenes con toda seguridad podían también implantarse por azar en la vida diaria, es decir, sin que paciente se prestara voluntariamente a tales implantes como en una sesión hipnótica.

Una vez descubierto esto se dedicó a diseñar una terapia para eliminar esas órdenes hipnóticas subrepticias y de esta manera restaurar la cordura y la salud del paciente. A esta terapia la llamó “Auditación dianética”.

En otras palabras, si una persona era daltónica solo bastaba para curarla encontrar la orden hipnótica que le ordenaba serlo. Por ejemplo porque el padre, al ver que el hijo pintaba la copa de los árboles de rojo, lo regañaba diciéndole: “Siempre confundes el rojo con el verde”.

Naturalmente que estoy explicando de la manera más sencilla posible algo que en el fondo es muy complejo, ya que la mente reactiva, al ser un mecanismo irracional de categoría subidiota, interpreta de modo impredecible esas órdenes hipnóticas, y la simple palabra “hazlo” tanto puede significar para ella asaltar un banco como entrar en un convento. De la misma forma, “va riendo” puede significar “barriendo”, “tubo” puede ser “tuvo” y acecinar (ahumar) puede significar “asesinar”.

Uno de los casos que curó Hubbard fue el de una persona que no podía caminar porque las piernas no sostenían el cuerpo. Descubrió que cuando era pequeño estuvo muy enfermo y su madre, cansada de esa situación, decía constantemente a su lado: “No puedo soportarlo más, no puedo soportarlo más”.

¿Qué hizo la mente reactiva del niño, ahora adulto? Pues “interpretó” la orden hipnótica como que las piernas no podían soportar el peso del cuerpo.

Después de esta necesaria digresión, pasemos al Psicoanálisis y explicar detalladamente porqué es una terapia totalmente ineficaz e incluso nociva, no solo para el paciente sino también para el propio terapeuta.

PSICOANÁLISIS, LA VERDAD OCULTA

(según las enseñanzas de L. Ronald Hubbard) 

Este informe está basado en hechos científicos irrefutables, que en todas partes del mundo son utilizados desde hace medio siglo en forma masiva para eliminar tanto enfermedades mentales como la misma delincuencia. Inexplicablemente, la Medicina, la Psiquiatría, la Criminología y el Derecho los ignoran.        

Según el Doctor H.J.Eysenck, profesor de Psicología de la Universidad de Londres, “no existe prueba alguna de la eficacia del tratamiento freudiano; exactamente el mismo número de dolientes sanan bajo el tratamiento psicoanalítico que los que se hubieran curado sin él”.

Hace más de un siglo, el Psicoanálisis fue un gran movimiento innovador que prometía un tratamiento científico de todas las afecciones neuróticas, aseguraba la cura de muchas de ellas y alardeaba de poseer la clave para la prevención, no sólo de los desórdenes mentales sino también de la criminalidad, del malestar social y de las guerras.

Reacción optimista tras la desesperanza con que la medicina y la Psicología ortodoxas venían considerando las perturbaciones neuróticas, el psicoanálisis apareció como un soplo vivificador que viniese a barrer los miasmas de esas letales dolencias.

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En el concepto popular, Sigmund Freud ascendió a la jerarquía de genio científico, que superaba su época y daba una nueva orientación al pensamiento humano.

Libros y artículos, y luego películas y programas de televisión, hicieron del psicoanalista, con su diván y su aire de sobrehumana sabiduría, una figura familiar para el público.

El adiestramiento en los métodos psicoanalíticos se convirtió en un requerimiento para el psiquiatra incipiente, y las teorías y la jerga psicoanalítica se filtraron hasta el habla de las enfermeras, las visitadoras sociales, los maestros, y un amplísimo vulgo.

El éxito de la revolución freudiana parecía casi completo. Sólo había una cosa que no iba del todo bien: los enfermos sometidos al tratamiento psicoanalítico no mejoraban y en muchos casos empeoraban.

Las cifras, cuando se ordenan y analizan en detalle, revelan un hecho sorprendente: al cabo de años de tratamiento, aproximadamente dos de cada tres enfermos se han aliviado.

En otras palabras, no existe prueba alguna de la eficacia del tratamiento freudiano: exactamente el mismo número de pacientes sanan bajo el tratamiento psicoanalítico que los que se hubieran aliviado sin él.

La verdad es que, cuando se acude a los ficheros en los hospitales en busca de datos de hace un siglo, se descubre esta realidad interesante: entonces, como hoy, la proporción de curaciones o mejorías es siempre de dos por cada tres enfermos.

Si se tomara, como lo hizo el Dr. Peter Denker, de Nueva York, 500 neuróticos graves, y se los encomendara al respectivo médico de familia, que los tratará con los medicamentos corrientes expedidos en la farmacia y con sus leales consejos e indicaciones, se comprobaría el sorprendente fenómeno de que a lo menos dos de cada tres enfermos se habrán restablecido al cabo de los dos años.

En realidad, casi lo mismo sucede cuando al enfermo no se le somete a ningún tratamiento. En consecuencia, los psicoanalistas que presuman de curar este tipo de enfermedades, deberían superar considerablemente los resultados del tratamiento ordinario o la ausencia de todo tratamiento.

Un sistema que presuma de curativo, altamente costoso en tiempo y dinero, debe justificarse en términos de su probado éxito en relación a otros tratamientos más sencillos. Nada de esto ha sucedido.

¿Cómo es posible, entonces, que este sistema de tratamiento, que no posee pruebas que lo garanticen, atraiga tantos firmes creyentes y haya llegado hasta el punto de constituir casi una religión moderna, máxime que el mismo Freud, en los últimos años de su vida, fue mostrándose cada vez más escéptico respecto a las posibilidades terapéuticas de su propia técnica?

Para explicárnoslo de algún modo, consideremos el famoso experimento efectuado por el renombrado psicoanalista norteamericano Burrhus F. Skinner.

¿En qué consistió este experimento? Pues encerró en una gran jaula una colección de palomas e instaló en ella cierto dispositivo mediante el cual caían unos cuantos granos de trigo al piso de la jaula cada tres o cuatro minutos, y dejó allí solos a los pájaros durante la noche.

Cuando volvió al día siguiente, encontró a las palomas entregadas a las más extrañas maniobras.

Algunas de ellas saltaban de aquí para allá en una pata, otras se agitaban con un ala hacia arriba o con un ala hacia abajo, mientras alguna se mantenía con la cabeza levantada oteando el aire.

¿Qué había sucedido? Pues que cuando Skinner salió del laboratorio la noche anterior, las aves empezaron a explorar su prisión y al hacerlo adoptaron todas las formas de movimientos peculiares de las palomas.

De pronto, cayeron unos cuantos granos de trigo delante de cada volátil, como si fuese una respuesta o recompensa al movimiento que el ave estaba haciendo en aquel instante.

Por inferencia instintiva, cada cual continuó haciendo el mismo gesto, y —¡qué maravilla!— el premio vino, una y otra vez.

Las palomas quedaron convencidas de esta relación de causa a efecto, y siempre que sentían hambre adoptaban la postura supuestamente remuneratoria.

Es obvio que hubiera resultado inútil explicarles que no tenían prueba científica alguna de que sus extrañas posturas fueran las que provocaban la caída del grano; la confirmación ocasional dada a su proceder por el artificio era por demás convincente para ellas.

Ocurren muchas cosas parecidas en el campo del Psicoanálisis. Los enfermos, en la mayoría de los casos, experimentan mejoría sin relación alguna con el tratamiento a que se les somete; pero el hecho se interpreta, tanto por el enfermo como por el psicoanalista, como prueba de la bondad del método.

Cuanto más los dolientes mejoran, tanto más el psicoanalista se convence de la excelencia de su sistema curativo. No considera en ningún momento que otras personas se someten a distintos tratamientos con ostensibles idénticos resultados: a la extracción de los dientes para remover los focos de infección, a la imposición de manos, a los baños fríos, a píldoras falsas, a la sugestión, a la confesión y a la plegaria.

Así, todo profesional logra éxitos en razón de que, cualquiera sea el remedio que use, no empecerá a la mejoría del doliente (lo mismo que cualquiera que fuese la postura adoptada por cada paloma no influía para nada en la caída del grano).

Se tiene ya la explicación del prestigio que la terapéutica psicoanalítica ha obtenido, tanto entre los psicoanalistas como entre los enfermos: los fracasos se olvidan y los éxitos se adjudican al sistema, sin advertir el sofisma en que se incurre.

El Psicoanálisis, sin duda alguna, constituye el mayor fraude del Siglo XX. La pregunta lógica, por lo tanto, es: ¿También permitiremos que lo siga siendo en el Siglo XXI?

En 1909, los pioneros del naciente movimiento psicoanalítico se reunieron en la Universidad de Clark (Worcester, Massachusetts) para escuchar una conferencia de Sigmund Freud, fundador del psicoanálisis.  

El grupo estaba formado por, fila de arriba, de izquierda a derecha, Abraham Arden Brill, Ernest Jones, Sandor Ferenczi, y, fila de abajo, Sigmund Freud, C. Stanley Hall (presidente de esta universidad) y Carl Gustav Jung.

La presencia de Freud en Estados Unidos, única vez que visitó este país, amplió la influencia y popularidad de este movimiento.  

El psiquiatra y psicoanalista suizo  Carl Gustav Jung comenzó sus estudios sobre motivación humana en los primeros años del siglo XIX, creando la escuela de psicoanálisis conocida como escuela de psicología analítica.

Jung fue contemporáneo del médico austríaco Sigmund Freud, y en un principio colaboró con él.

Más tarde, sin embargo, comenzó a elaborar sus propias teorías, incluyendo la exploración de los tipos de personalidad.  

PSICOANÁLISIS, INEFICACIA Y NOCIVIDAD

El Psicoanálisis constituye una técnica no solamente ineficaz sino muy nociva, tanto para el analizado como para el analista, porque, por una parte, considera al ser humano como compuesto de mente y cuerpo —olvidándose que la mente es un mecanismo físico utilizado por el Yo (alma, espíritu, Yo Superior o Thetán, según la filosofía que se aplique)— y por la otra no distingue entre la mente analítica y la mente reactiva, siendo esta última el verdadero origen de las enfermedades psicosomáticas y la delincuencia y no la mente analítica, la única que conoce el Psicoanálisis.

La práctica del psicoanálisis debería estar sancionada severamente por el Código Penal, junto con el hipnotismo, como prácticas atentatorias a la cordura, porque implantan engramas (órdenes hipnóticas de alto poder), provocando enfermedades psicosomáticas impredecibles.

¿Pero qué se supone que es el Psicoanálisis? El doctor Markham, en su libro The Way of the Mind, lo define en los siguientes términos:

“El psicoanálisis es un sistema de terapia mental desarrollado por Sigmund Freud en Austria en 1894 y que depende de las siguientes prácticas para lograr sus efectos: se hace discurrir (asociar libremente) al paciente sobre su infancia por años y recordarla mientras el profesional efectúa una transferencia de la personalidad del paciente a la suya propia y busca incidentes sexuales ocultos, que Freud creía ser la única causa de la aberración. El profesional da una interpretación sexual a todo el relato y lo evalúa para el paciente en términos sexuales. La totalidad de los casos de psicoanálisis nunca ha sido evaluada y se han hecho pocas o ningunas pruebas para establecer la validez del sistema”.

Con mayor precisión, la terapia psicoanalítica podría denominarse “estudio de los candados”. Un candado es una situación de angustia mental y su fuerza depende del engrama al cual está adherido.


Un engrama es similar a una orden hipnótica de alto poder y por definición incluye dolor físico (por ejemplo, la caída de una escalera que incluye un golpe en la cabeza sería un engrama clásico).

Una de las bendiciones de la naturaleza es precisamente que el candado necesita una atención mínima. Este tipo de incidente, con carga o sin carga , está en el recuerdo consciente (el engrama, en cambio, no lo está, ya que en el mo-mento de recibirse la mente analítica se desconecta) y parece ser el motivo de que el aberrado esté aberrado.

Un candado es un momento de malestar mental que no contiene gran dolor físico ni pérdida grave. Una quemadura, una desgracia familiar, estas cosas son candados. Cualquier persona tiene miles de ellos.

La eliminación de los candados es una pérdida de tiempo. El Psicoanálisis, precisamente, sólo se ocupa de ellos y de ahí su rotundo fracaso. Como el Psicoanálisis no tiene en cuenta los engramas (que son los que le dan fuerza al candado) trabajar solamente sobre este tipo de incidente torna a esta terapia en interminable.

Quizás el Psicoanálisis produzca alivio en algunos pacientes, pero los resultados no van más allá de lo que pueda producir la charla con un buen amigo que tenga el saludable hábito de escucharnos con interés y aprecio y la costumbre de felicitarnos con una palmadita en la espalda.

El Psicoanálisis, por otra parte, puede ser sumamente aberrativo. El paciente asiste por lo general a la sesión muy abrumado por sus problemas, es decir, en un estado en que su poder analítico se encuentra disminuido y, por lo tanto, su mente reactiva está abierta al registro de engramas. Éstos, similarmente a órdenes hipnóticas de alto poder, al reestimularse más tarde, provocarán trastornos psicosomáticos impredecibles que uno difícilmente achacaría a la terapia.

El Psicoanálisis no es una ciencia y como teoría fracasó totalmente. El Psicoanálisis no adelantó en absoluto desde sus inicios. Las ciencias son algo vivo y cuando están basadas en verdades avanzan y evolucionan. El Psicoanálisis no hizo ni lo uno ni lo otro. Hay poca diferencia, si hay alguna, entre los escritos de Freud de 1984 y las declaraciones de los analistas de hoy. En todo caso, la diferencia es negativa: los escritos de Freud a fines del siglo XIX eran más claros y precisos que aquellos publicados hoy.

Las cosas que tienen éxito se expanden, se difunden e invaden, precisamente lo contrario del psicoanálisis, que hoy es una causa irremisiblemente perdida. ¡La completa estructura del psicoanálisis moderno es la misma que la de hace un siglo!

Sospechosa prescindencia del test

Llama mucho la atención el hecho de que el psicoanálisis nunca haya sometido a los pacientes a un test, antes, durante y después de la terapia.

Probablemente ésta sea la mayor condena que se le puede hacer. Es una tarea inútil buscar registros auténticos de mejora de pacientes debido a las sesiones.

Ningún analista se toma la molestia de hacerle un test al paciente antes de comenzar la terapia ni tampoco durante ella para observar su progreso.

Esto es realmente inconcebible, porque el test es algo que se remonta a los días más lejanos de Grecia. El hombre siempre ha estado haciendo tests al hombre para descubrir su estado y sus cambios.

El precursor más antiguo que conozcamos del test probablemente haya sido la grafología o tal vez la frenología. La antigua bruja, en última instancia, estaba haciendo un test psicosométrico al consultante. Los tests de culpa o inocencia mediante respuestas eran un asunto común en las cortes medievales.

No tiene excusas el psicoanalista, entonces, por no utilizar el test como método de averiguación del estado del paciente, porque el test siempre estuvo a su disposición.

Las razones por las que no lo utiliza son obvias. Al observar que los tests reflejaban la falta de progreso en sus pacientes, o su empeoramiento, optó por dejarlos de lado.

Esto es cierto porque no cabe imaginar a un profesional que no haya intentado observar si había progreso en sus pacientes mediante tests. Después, al no observar resultados, los archivó para siempre.

Cualquiera que haya estado con analistas charlando en un café habrá podido observar que jamás hablan de curaciones, sino sólo de síntomas. Si sólo pueden hablar de síntomas y nunca de curación, esto ya está demostrando rotundamente el fracaso del sistema.

Ante una terapia exitosa difícilmente se encuentren surgiendo y desarro-llándose nuevas terapias más brutales. Sin embargo, el tratamiento de los demen-tes hoy es mucho peor que hace dos siglos y las brutalidades que se practican en nombre de la “curación mental” no pueden ser contempladas impávidamente por ningún hombre que se precie de civilizado.

La gente está plenamente consciente del hecho de que la última persona que se quiere ver es un psicólogo, un psicoanalista o un psiquiatra.


Hoy en día, estos “profesionales” desgarran alegremente los cerebros de sus pacientes, los sobresaltan con drogas de muerte, los sacuden con shocks eléctricos, los encierran de por vida, los esterilizan sexualmente y ellos mismos se conducirían de la misma forma que sus pacientes si se les diera la oportunidad.
 

El error de la evocación

Se ha pretendido que un paciente sólo necesita hablar de sus conflictos para hacerlos desaparecer. Nada más alejado de la realidad. Si a una persona conflictuada se le permite hablar, no dejará de estar conflictuada.

En la práctica, es mucho mejor decirle a un paciente, que está recontando por enésima vez sus problemas en forma compulsiva, que se calle a permitirle seguir hablando.

La libre asociación y otros medios de comunicación mencionados por Freud son sólo superficialmente terapéuticos. Esto no quita que algunos pacien-tes, contados con los dedos de la mano, hayan podido experimentar algún alivio luego de horas y horas de hablarle al analista de sus padecimientos.

Pero el hecho de que la mayoría no tenga muestra alguna de recupera-ción, aunque sea mínima, o empeore, basta para considerarlo obsoleto y desechable.

Otro dogma del psicoanálisis es que todo lo que se tenía que hacer para que desaparecieran incidentes ocultos era evocarlos. Un analista espera de su paciente que continúe evocando incesantemente hasta que aparezca alguna bo-bada escondida por ahí, que presumiblemente sea la causa de sus conflictos, y resuelva el caso.

Es decir, espera que al paciente le salga algo así como un comodín y lo salve. Esto, obviamente, no habla muy bien del psicoanálisis como terapia válida.

De haber sabido el analista la increíble cantidad de incidentes que estaban ocultos sólo en la etapa prenatal —sin contar, por supuesto, los de vidas anterio-res—, habría abandonado la ridícula idea de que el relato de unos pocos inciden-tes daría lugar a una recuperación.

Es cierto que se puede hacer un poco más feliz a un paciente a través del recurso de recuperar algún momento perdido, pero ello no es permanente y tarde o temprano la condición negativa retorna .

El analista utiliza en forma harto exagerada el recurso de recordar. La fija-ción en el paciente de la idea de recordar y recordar incesantemente, tal como se hace en las sesiones psicoanalíticas, a la larga es muy destructiva para él y esto se observa en el empeoramiento de los casos.

Se ha establecido, científica e irrefutablemente, que es en absoluto impo-sible erradicar los conflictos del pasado de una persona haciendo que evoque sus recuerdos interminablemente, porque lo que aberra son los engramas, y éstos no están al alcance de su recuerdo consciente, necesitándose de una técnica es-pecial para llegar a ellos (que el psicoanálisis obviamente no posee). 

El quid de la transferencia

Otro error del Psicoanálisis es el tan mentado asunto de la “transferencia”, término que se usa para denotar el traslado del paciente a la personalidad del analista.

La adquisición de personalidades adicionales, en realidad, no significa otra cosa que una escasez de identidades. Resulta algo digno de asombro encon-trar profesionales tan seguros de su altísima calidad como para exigir que cada uno de sus pacientes asuma su identidad. ¡La consecuencia graciosísima de esto sería un mundo de analistas!

La asunción de una personalidad ajena puede ser del todo destructiva pa-ra la personalidad de cualquier individuo, ya que semejante actitud sólo significa, como ya se señaló, una escasez de identidades.

Lo único que tal vez podría decirse a favor de la transferencia es que el analista pone a la persona consciente del hecho de que puede asumir por lo me-nos una identidad más.

Pero como la pérdida de la propia personalidad del paciente hasta el pun-to de asumir otra identidad —la del analista— es decididamente destructiva para su personalidad, cabe concluir que todo este asunto de la transferencia no es más que un error.

Con todos estos métodos y mecanismos, más calculados para deprimir y esclavizar al paciente que para liberarlo, parece imposible creer que el psicoanáli-sis haya pretendido alguna vez ayudar a alguien.

Esto no empece, sin embargo, el hecho indiscutible de que muchos ana-listas, al prestar atención a las dificultades de los pacientes y poner una cuota de humanidad, clemencia y bondad en las sesiones, hayan obtenido algunos resulta-dos, ¡pero no por los métodos psicoanalíticos sino a pesar de ellos! 

Concentración indebida en el sexo

El sexo es sólo una de las dinámicas de la vida. El hombre no sobrevive únicamente para la segunda dinámica (el sexo) sino también para las   siete diná-micas restantes (la de uno mismo, la del grupo social, la de la humanidad, la de todos los organismos vivos, la del universo físico, la de los espíritus y la de Dios).

La concentración en una dinámica con exclusión de las otras cercena la capacidad de vivir en el mismo grado en que se encierra en su concentración.

Expresado de otra manera, quien está concentrado en una sola dinámica puede decirse que está vivo sólo en un octavo.

Como Freud vivió en una época sexualmente muy inhibida, era lógico que criticara algo que fuera intensamente aberrante para la gente de su entorno.

Además, tenía una obsesión racial en el sexo, suficientemente pronuncia-da como para que el contagio se expandiera con fuerza por toda Europa.

La concentración en el sexo como único transgresor, como se pretende en su Teoría de la libido, no resiste el menor análisis.

Existen razas que no tienen ningún tipo de inhibiciones sexuales y, sin embargo, están aberradas. Estas razas, libres como el viento en la segunda di-námica, están no obstante intensamente aberradas en otros aspectos.

Algunas están aberradas en la octava dinámica (Dios), otros en la primera, y así por el estilo.

La concentración en el sexo no es válida y ha empujado al psicoanalista a un callejón sin salida, inhibiéndolo para observar racional y verazmente lo que estaba sucediendo con los pacientes, lo cual es un hecho desafortunado, ya que de haber realizado esta observación hubiera descubierto mucho más de lo que descubrió en un siglo de existencia.

Psicoanalistas posteriores buscaron extender las ideas de la segunda di-námica de Freud a actividades sociales. Es decir, trataron de subir a la tercera dinámica de los grupos, pero su búsqueda en este sentido, como era lógico, tampoco tuvo éxito.

Indiscutiblemente, existe una considerable atención en el sexo, pero sos-tener que toda la aberración proviene del sexo es invalidar la capacidad del hom-bre para crear descendencia. El sexo es simplemente un nivel masivo de creación de cierto orden, y por cierto no muy elevado.

Es verdad que el sexo es poderoso, pero gente atrapada por la inspiración del trabajo, las actividades sociales o las religiosas, experimenta un éxtasis o un im-pacto emocional de lejos mayor que el sexual. 

Crítica a la evaluación del paciente

Otra de las severas objeciones que pueden hacerse al psicoanálisis es la reducción del autodeterminismo del paciente a través de la evaluación de su caso.

El analista hace que la persona le cuente acerca de qué está preocupado en la vida y luego le informa sobre la razón de por qué esto es así.

Si lo hace con bastante fuerza y lógica como para crear una absoluta convicción en la persona de que ésta es la realidad, lo único que hace es agregar más confusión a lo que ya de por sí es confuso.

Lo correcto no es evaluar al paciente, sino conducirlo en ciertas direccio-nes de modo que haga determinados descubrimientos por sí mismo y pueda así reconsiderar y darse cuenta de las cosas para tener una visión más correcta de ellas.

Una cosa es decir cómo es toda la vida y dar al individuo la base para que la observe mejor y más ampliamente, y otra cosa muy distinta es encontrar que la persona está asumiendo la personalidad de su madre y ponerse a evaluarlo respecto de su madre.

El paradigma más perjudicial de esto es tener, por ejemplo, un paciente trastornado con su padre y luego explicarle, como lo hace el analista, que su pa-dre probablemente es un hombre bueno y en todo tuvo las mejores intenciones. Hacer esto es arrojar al paciente a la apatía.

Como la apatía por lo menos es tranquila, se la consideró un estado deseable para aquellas personas que tuvieran algunos impulsos socialmente des-tructivos. Este estado, por lo tanto, pasó a ser entonces la meta final de los ana-listas (la meta de la psiquiatría siempre fue este estado).

Si un médico le dice a una paciente que es absurdo lo que ella dice que está evocando incidentes del vientre de su madre y le sugiere con fuerza y autori-dad que debe dejar de lado esas tonterías y enfrentar la realidad, esto es evalua-ción de lujo y también agrega tremenda confusión al caso.

El verdadero crimen de la evaluación es decirle al paciente que está equi-vocado. La evaluación en sí, en sentido amplio, no es particularmente perjudicial al paciente, en tanto las observaciones que se le dirijan no lo invaliden completa-mente.

Es decir, se le podría dar un sistema general de la vida mientras no se lo esté aplastando contra otro sistema de la vida.

La evaluación de una persona puede definirse como la acción de sacudir sus datos estables sin darle nuevos datos estables con los que pueda estar de acuerdo o en los que pueda creer.

De ahí que no sea buena terapia decirle insistentemente a algún fanático religioso, o de cualquier otra índole, que todas sus creencias están equivocadas y que la verdad se encuentra en otro lugar.

Los analistas, desde Freud en adelante, han sido responsables de esto en grado sumo. Esta responsabilidad no pueden eludirla porque la evaluación, al revertir directamente creencias y datos estables, ha enviado a muchos pacientes psicoanalíticos a hospitales para enfermos mentales. 

El crimen de la invalidación

No obstante la gravedad de la evaluación, el crimen capital del psicoanáli-sis es la invalidación. Con la evaluación sólo se está dando nuevos datos esta-bles, pero con la invalidación se anula cualquiera de los soportes sobre los que se está apoyando, mal o bien, el paciente.

La mayor invalidación, por supuesto, es ser golpeado cuando uno no es-pera serlo, ser criticado cuando uno no cree merecer crítica.

Esencialmente, es decirle a alguien que no tiene valor alguno, ni tampoco sus pensamientos y postulados .

La conducta más común de los psicoanalistas y psiquiatras en los hospi-tales mentales es invalidar, con sus drogas, encierros, palizas y shocks eléctricos. Los resultados están a la vista. 

Psicoanálisis e hipnotismo

Otro de los errores fundamentales del Psicoanálisis ha sido su temprana dependencia del hipnotismo. El uso del hipnotismo denota una ansiedad de pro-ducir un efecto más allá del poder del individuo de producirlo con conocimientos y medios normales.

El hipnotismo no es otra cosa que la absurda creencia de que el paciente tiene que estar en un estado de coma antes de que se le pueda ayudar en algo. El médico clínico, el psicoanalista y el psiquiatra han sostenido por igual este princi-pio.

Básicamente, una buena terapia debería despertar a la gente, hacerla más alerta, más capaz, más feliz, más competente. El hipnotismo es la antítesis exacta de esto. Los pacientes, después de la hipnosis, son manifiestamente menos ca-paces.

El uso continuo del hipnotismo y el uso de drogas hipnóticas para diag-nosticar o sondear las profundidades de algún paciente, es una confesión de no saber las reglas generales de la vida.

Si uno no sabe estas reglas generales, mirará para cualquier lado en bus-ca de alguna respuesta, aunque sea en el tacho de la basura. El hipnotismo es precisamente esto. El hipnotismo no libera a las personas, hace esclavos.

Es obvio, entonces, que estos fenómenos particulares de la mente deben ser desterrados para siempre de la sociedad y relegarlas como mero recuerdos de una etapa aberrada de nuestra civilización. 

Conclusiones

Hemos demostrado que el Psicoanálisis es no sólo una terapia que no funciona sino que también es nefasta para la salud mental de cualquier ser humano.

La sola eliminación de los candados, por otra parte, como hace el psicoanálisis, no devuelve a la persona todos sus poderes mentales, ni su memoria auditiva, visual, olfativa, gustativa u orgánica, ni su imaginación, y no aumenta específicamente su coeficiente intelectual.

¿Qué clase de sociedad es ésta en la que vivimos donde las meras suposiciones se aceptan como válidas aunque los hechos demuestren lo contrario?

Solamente una sociedad muy aberrada puede permitir la utilización de terapias que en lugar de liberar al hombre lo esclavizan y con frecuencia lo llevan a la muerte.

Ninguna terapia que desconozca la existencia de la mente reactiva y su aberrante mecanismo, así como la forma de eliminar de ella sus engramas, puede ser autorizada.

¿Dejaríamos una delicada computadora en manos de quienes descono-cen su mecanismo? ¿Y acaso nuestra mente no es una delicada computadora que debemos cuidar con el mayor esmero posible?

Llegará el día en que la práctica del psicoanálisis, junto con la del hip-notismo y la psiquiatría, sin olvidar también la prescripción de fármacos, será erradicada de la faz de la tierra y figurará en los códigos penales de todo el mundo como grave atentado a la salud pública.

La advertencia está hecha. Ahora le toca el turno a las autoridades com-petentes dar los pasos necesarios para erradicar para siempre de la sociedad este tipo de prácticas que degradan al ser humano. 

¿CÓMO SE BORRA UN ENGRAMA DE LA MENTE REACTIVA? 

La técnica, desarrollada por L. Ronald Hubbard en 1950, y dada a conocer al mundo en su libro —permanente best seller— consiste en auxiliar a la mente analítica del paciente, o a una parte de ella, con la mente analítica del terapeuta, con la finalidad de eliminar el contenido de la mente reactiva, es decir, los engra-mas u órdenes hipnóticas.

El terapeuta funciona, entonces, durante cada período sucesivo de la te-rapia, y únicamente durante los períodos en sí, como una especie de mente analí-tica adicional del paciente.

Debe tenerse bien en cuenta que los engramas se reciben por la mente reactiva solamente cuando la mente analítica se encuentra desconectada (incons-ciencia), de modo que el paciente sólo puede llegar a ellos con la ayuda del tera-peuta, ya que él, en realidad, estaba inconsciente cuando los engramas penetra-ron “sin su autorización”.

El banco de engramas se elimina retornando al paciente al suceso conte-nido en el engrama y exponiéndolo ante su mente analítica para que lo examine.

El recorrer o recordar varias veces el incidente (engrama) elimina la carga que contiene y así la mente analítica recupera esa energía vital que se requería para vivir con el contenido destructor del engrama.

En síntesis, cuando el paciente busca y encuentra el incidente (hay un me-canismo mental que lo hace inherentemente) el terapeuta se lo hace repetir una y otra vez con todos los detalles hasta que se borre y con su desaparición también desaparece automáticamente el trastorno que causaba.

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Un ejemplo práctico de cómo y por qué se produce este borrado lo puede brindar una línea sinuosa trazada con lápiz en un papel: El punto inicial de la línea sería el comienzo del engrama (es decir, el comienzo de la inconsciencia), el trayecto sería la duración de todo el incidente (es decir, mientras la persona está inconsciente) y el punto final de la línea sería el final del engrama (es decir, cuan-do la persona recupera su poder analítico y está consciente).

Si tomamos una goma de borrar y la pasamos varias veces por la línea de lápiz, desde su comienzo hasta el final (es decir, la duplicamos), observaremos que poco a poco desaparece. Éste sería el proceso del borrado de un engrama explicado en forma gráfica. 

DIAGRAMA DEL COMIENZO Y FINAL DEL ENGRAMA

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   CONCIENCIA          INCONSCIENCIA          CONCIENCIA 

(engrama-orden hipnótica)
(paciente anestesiado)

Las líneas de color verde representan el período en que la persona se encuentra consciente.
La línea de puntos de color rojo representa el engrama, es decir, el período de inconsciencia y de grabación engrámica.

Si se tratara de una operación quirúrgica, la línea de puntos de color rojo representaría el tiempo en que el paciente estuvo anestesiado.

A través de la técnica descubierta por L. Ronald Hubbard, el contenido del engrama puede borrarse de la mente reactiva y pasarse a la conciencia, en cuyo caso, al no ser “acción impuesta” sino “experiencia” (recuerdo), deja de ser aberrativo (los recuerdos no aberran a las personas, los engramas sí).

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