Muerte de un hijo, ¿se puede superar?

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LO IMPOSIBLE POSIBLE

por Horacio Velmont

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De las tragedias de la vida, pocas cosas parecen parecen más difíciles de superar que la muerte de un hijo, especialmente si es pequeño.

Me impulsa a tratar este tema el hecho de que un compañerito de mi nieto, de no más de doce o trece años, falleció de muerte súbita. Los padres lo quisieron despertar, como todas las mañanas, y se encontraron con la terrible sorpresa de que había muerto.

La mayoría de los que están leyendo esto seguramente darán por sentado, hayan sufrido o no una pérdida similar o de algún ser querido, que es imposible superar una tragedia así.

Lo primero que es importante aclarar es que no es posible superar este tipo de muertes mediante cualquier filosofía que hable de que la muerte no existe, que el angelito se fue con Dios y cosas parecidas.

Si bien puede aliviar un poco el sufrimiento este tipo de creencias, la clave no pasa por ningún tipo de “comprensión” sobre la muerte, sino sobre qué produce en uno la muerte de un ser querido, que es algo muy distinto. 

Para resolver este problema hay que acudir a los descubrimientos sobre la mente de L. Ronald Hubbard, plasmados en Dianética y Cienciología.

Existen fundamentalmente dos mentes, una denominada mente analítica y la otra mente reactiva. La primera es una mente consciente, que analiza antes de actuar y la segunda es una mente mecánica, que reacciona automáticamente, es decir, sin analizar.

La mente analítica es una mente de categoría superior y la mente reactiva es una mente de categoría subidiota.

La mente analítica archiva las experiencias de la vida y la mente reactiva archiva engramas, que son una especie de órdenes hipnóticas que por definición se implantan cuando la conciencia deja de funcionar.

Esto es así porque la mente reactiva es un mecanismo de supervivencia que poseen todos los seres vivos, un fusible que opera automáticamente cada vez que la mente analítica se desconecta por algún golpe, como por ejemplo al ser atropellado por un automótivl o el caerse de una escalera.

En este sentido la mente está construida de la misma forma que cualquier máquina, que para proteger su sensible mecanismo tiene un fusible que es el que la protege de la destrucción.

La diferencia entre una máquina y un ser humano es que cuando el fusible se funde, la máquina se detiene, pero tratándose de un ser humano, el fusible, es decir, la mente reactiva, toma el mando del organismo y lo conduce a la salvación.

 

Esto significa que si alguien se ha encontrado en un edificio en llamas y por tal motivo su mente analítica diminuye hasta casi quedarse inconsciente, la mente reactiva toma el mando y conduce al organismo hacia la salida. Con toda probabilidad esa persona, cuando le pregunten cómo hizo para huir de ese horror, responda que no tiene la menor idea.

Otro ejemplo clásico es el del boxeador que completamente “groggy” sigue tirando trompadas al aire. No lo hace analíticamente sino reactivamente.

¿Dónde encaja en todas estas explicaciones la muerte de un hijo? La muerte de un hijo provoca inevitablemente una disminución de la conciencia y activa el mecanismo de la mente reactiva, que graba todo el suceso, desde que la persona sabe del hecho hasta que transcurre todo el proceso posterior al fallecimiento.

 

Todo lo que ocurre antes y después se graba o archiva en los bancos de memoria de la mente analítica en forma de recuerdo, y todo lo que sucede en el transcurso se graba en los bancos de la mente reactiva en forma de orden hipnótica-engrama.

Lo que se archiva en los bancos de memoria forman parte de la experiencia de la vida y no son aberrativos, pero lo que se archiva en los bancos reactivos son, como hemos señalado, órdenes hipnóticas, técnicamente llamados “engramas” y son aberrativos cuando se restimulan.

La muerte de un niño, como la de cualquier ser querido, al archivarse en la mente reactiva no forma parte de las experiencias de la vida porque es “acción impuesta”, es decir, que la persona no puede manejar esta situación sino que la maneja la mente reactiva. Y por supuesto aberradamente.

Para que se entienda bien esta explicación, supongamos que a una persona se le comunica la muerte de su hijo y más tarde resulta que se trató de un error y que su hijo está “vivito y coleando”. El engrama que recibió no se borra por este motivo y seguirá reactivándose en el futuro, porque el archivo del impacto de la comunicación de la muerte sigue allí grabado.

Además, y para colmo de males, ese engrama servirá de eslabón para que otros engramas similares de pérdidas se archiven.

Por supuesto, la madre o el padre seguirán estando tristes a pesar de que el hijo esté sano y salvo, porque ignoran que esa grabación de la muerte la siguen teniendo en su mente.

Y aquí es necesario de hablar de los descubrimientos de L. Ronald Hubbard, porque no solo descubrió la existencia de la mente reactiva, los engramas y su mecanismo, sino también desarrolló la tecnología para limpiar sus archivos de engramas-órdenes hipnóticas.

Concretamente, no existe otra forma para superar la muerte de un ser querido que eliminando el engrama provocado por dicha muerte. Por supuesto, es posible que el engrama nunca se restimule y por lo tanto nunca moleste. O también que la grabación no sea muy profunda y tampoco moleste. Pero sinceramente creo que eso sucederá muy pocas veces.

La técnica desarrollada por L. Ronald Hubbard no elimina de la mente el recuerdo del hecho luctuoso, sino que lo traslada de los bancos reactivos a los bancos de recuerdos, en cuyo caso forma parte de las experiencias de la vida y deja de ser “acción impuesta”.

La técnica no consiste, valga la reiteración, en la eliminación de lo sucedido, ya que es imposible borrar de la mente los recuerdos, sino en quitarle el dolor y la emoción que dicho incidente contiene, en cuya consecuencia el engrama se “suelta” y el recuerdo del incidente se traslada automáticamente a la mente analítica.

El contenido de los bancos de memoria de la mente analítica es tan aberrativo como un vaso de agua pura, si se entiende a qué me estoy refiriendo. 

Ya como recuerdo, los padres de la criatura fallecida sentirán la emoción de la muerte del hijo, pero ya no en forma de orden hipnótica porque ésta ha sido eliminada, sino en forma de recuerdo, que nunca es aberrativo.

La muerte de un hijo como la de cualquier ser querido, e incluso cualquier pérdida -un trabajo, un objeto preciado, etc.- forman parte de las experiencias de la vida y no tienen por qué “matar” a nadie. Nadie tiene que rendirse a los engramas que le ordenan ante tal penoso acontecimiento que la vida ya no tiene ningun sentido.

Si se me permite un ejemplo un poco traído de los pelos, sería algo así como tener una herida y rociarla con agua hirviendo. El agua hirviendo, que no es necesaria en absoluto para la herida, sería el engrama implantado por la pérdida.

Desde ya que el asunto de la mente reactiva y los engramas es mucho más complejo, en particular lo referido al por qué es necesaria la mente reactiva, cómo funciona este mecanismo de supervivencia y cómo se elimina su contenido aberrante de su archivo, pero para quien desee profundizarlo indicamos al pie algunos links.

NOTA ADICIONAL DE HORACIO VELMONT

La mente reactiva archiva los incidentes dolorosos de la vida para salvar en el futuro al organismo cuando aparezca un incidente similar. Por ejemplo, alguien es mordido por un perro. En el futuro, cuando esa persona perciba un perro se pondrá muy nerviosa sin saber la razón y tenderá a huir porque su mente reactiva le está advirtiendo el peligro. Que lo haga o no dependerá del grado de compulsión que tenga el engrama.

LECTURA RECOMENDADA
La Ciencia de la Mente Ilustrada (Parte I)
(libro completo: al pie se incluye el link para acceder a la parte siguiente)

LECTURAS COMPLEMENTARIAS
La verdad sobre Cienciología
Consecuencias de nuestros actos hostiles

La mente reactiva, tu archienemigo
La verdad sobre el dolor

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