No creas en todo lo que piensas

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NI EN LO QUE OIGAS NI EN LO QUE LEAS

por Horacio Velmont

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Seguramente que la inmensa mayoría estará de acuerdo en que no hay que creer a pies juntillas todo lo que digan ni tampoco todo lo que escriban, pero se rebelarán con la idea de que tampoco los propios pensamientos son seguros. “Si uno no puede creer en sus propios pensamientos, ¿entonces en quién creer”, dirán.

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Para clarificar la cuestión no existe otra alternativa que recurrir a los descubrimientos sobre la mente de L. Ronald Hubbard, plasmados inicialmente en su libro “Dianética, la ciencia moderna de la salud mental”.

Cuando por ejemplo uno se dice para sus adentros: “Tengo que reconocer que soy muy estúpido. Me parece que no puedo hacer nada bien”, ¿ese pensamiento es propio o implantado por otro y lo repetimos como si fuera nuestro? Éste es el quid…

Por supuesto que tal conclusión puede surgir después de un análisis realizado con amplitud de criterio sobre una determinada dificultad que tengamos para resolver algún problema, pero las más de las veces se trata de un pensamiento que no nos pertenece, y por lo tanto, siendo ajeno, es falso porque “algo” nos está obligando a pensar así.

Aunque parezca mentira, la mayor parte del tiempo las personas emiten pensamientos que creen les pertenecen y resulta que en realidad les han sido implantados.

Esos pensamientos implantados son tan compulsivos y tan mecánicos que dos personas pueden estar discutiendo por horas sin darse cuenta de que solo son máquinas emitiendo ideas ajenas como si fueran propias. ¿Qué es una locura? ¡Por supuesto que sí lo es!

Una de las mayores bendiciones que puede tener alguien es poder distinguir en los demás cuando lo que dicen es producto de lo que realmente piensan o cuando es producto de un implante.

En rigor, no hay mucha diferencia entre lo que dice alguien borracho y lo que dice alguien que dramatiza las ideas que alguien le ha implantado. Uno nunca le daría importancia a las ideas que expresa una persona que tomó unas cuantas copas demás, ¿no?

¿Qué es lo que descubrió Ronald Hubbard que nos permite aclarar esta cuestión? Pues que el hombre tiene esencialmente dos mentes, una analítica o consciente, que evalúa la situación antes de actuar, y otra, llamada reactiva, que reacciona automáticamente ante un estímulo determinado.

Mientras la mente analítica o consciente conserva su pleno poder, la mente reactiva se mantiene en suspenso pero alerta, porque su función es sustituir a la primera en cuanto disminuya su poder. La mente reactiva es un mecanismo de supervivencia que opera para salvar al organismo cuando la mente analítica se desconecta por algún accidente.

 ¿Cómo opera la mente reactiva ante la desconexión analítica? Simplemente tomando el mando del organismo. Un ejemplo un poco burdo pero ilustrativo sería la de una máquina -digamos un subterráneo- que si el conductor llegara a desmayarse o tener un infarto, al soltar la palanca de manejo haría que la formación disminuyera automáticamente la velocidad hasta que se detuviera por completo.

Pero la mente reactiva tiene otro cometido relacionado con su función de mecanismo de supervivencia: graba todo lo sucedido a nivel celular. Lo hace porque esta mente “considera” que todo lo que ha sucedido y que desconectó a la mente analítica es una situación de peligro. En el futuro, cuando se presente una situación similar, hará huir al organismo para alejarlo de ese peligro, del cual ya tuvo “experiencia”.

Utilizamos comillas en las palabras “considera” y “experiencia” porque en realidad la mente reactiva no piensa sino que reacciona, ya que su categoría es subidiota.

Es obvio que un mecanismo de supervivencia no puede analizar la situación antes de actuar porque en ese lapso el organismo puede perecer, caso por ejemplo si cuando cruzamos la calle suena un bocinazo y nos detuviéramos a analizar si hay o no un peligro real. La mente reactiva nos hace saltar inmediatamente, aunque después solo se haya tratado de la bocina del triciclo de un niño. La mente reactiva no se inmuta por haber hecho el ridículo. Prefiere no correr ningún riesgo.

¿Cómo se relaciona todo lo hasta aquí expuesto con el tema que nos ocupa? Pues en que la mente reactiva graba fundamentalmente las palabras que se pronuncian alrededor de una persona desmayada.

Supongamos, siguiendo el ejemplo dado más arriba, que las palabras dichas sean algo así como: “Esta persona es muy estúpida. Es como yo, que nunca hago nada bien”.

Estas palabras, técnicamente denominadas engrama (todo el incidente es un engrama), operan en el futuro como una orden hipnótica e impulsan a la víctima, cuando dicha orden se restimule, a sentir que es una estúpida y que nunca haga nada bien.

Es por esta razón que hemos titulado esta nota “No creas en todo lo que piensas” y como subtítulo “ni todo lo que oigas ni todo lo que leas”, porque muchos de los pensamientos que creemos tener y a veces defendemos con ahínco en realidad son ajenos. Y probablemente si no tuviéramos esos engramas pensaríamos de modo totalmente distinto.

NOTA ADICIONAL DE HORACIO VELMONT
En Dianética, la persona que ha sido liberada de engramas se la denomina “clear” (claro o aclarado). Veamos las explicaciones que dio Ronald Hubbard, en su libro Dianética, la ciencia moderna de la salud mental, respecto a lo que es este estado.

En Dianética, al individuo óptimo se le llama claro. Con frecuencia aparecerá en este libro esta palabra como sustantivo y aclarar como verbo; de modo que es aconsejable detenerse aquí, al principio, para exponer con exactitud a qué podemos llamar claro, la meta de la terapia dianética.
Se puede someter a un claro a pruebas de todas y cada una de las psicosis, neurosis, compulsiones y represiones (todas ellas aberraciones), y se le puede examinar en busca de cualquiera de las enfermedades autogénicas (autogeneradas) denominadas enfermedades psicosomáticas. Estas pruebas confirman que el claro carece completamente de tales enfermedades o aberraciones. Pruebas adicionales de su inteligencia indican que ésta es muy superior al promedio actual. La observación de su actividad demuestra que se entrega a la vida con vigor y satisfacción.
Además, estos resultados pueden obtenerse comparativamente. A una persona neurótica, que posee además enfermedades psicosomáticas, se le puede someter a pruebas en busca de estas aberraciones y enfermedades, demostrándose que existen. Se le puede aplicar entonces la terapia dianética con el fin de eliminar estas neurosis y enfermedades. Finalmente, se la puede examinar obteniéndose los resultados antedichos. Esto, dicho sea de paso, es un experimento que se ha realizado muchas veces, siempre con los mismos resultados. Se puede probar en un laboratorio que todas las personas a las que no les falte ningún órgano del sistema nervioso responden de este modo al aclararse con Dianética.
Además, el claro posee atributos fundamentales e inherentes, pero no siempre disponibles para quien no tenga el estado de claro, que no se habían sospechado en el hombre y que no están incluidos en las discusiones pasadas sobre sus capacidades y su comportamiento.
Primero está la cuestión de las percepciones. Incluso las personas que llamamos normales no siempre ven a todo color, oyen toda la gama de sonidos, ni perciben óptimamente con sus órganos del olfato, gusto, sensación táctil y orgánica.
Estas son las principales líneas de comunicación con el mundo finito que la mayoría de las personas reconoce como realidad. Es un comentario interesante que, aunque los observadores pasados consideraban que enfrentarse a la realidad era una necesidad absoluta si la persona aberrada deseaba estar cuerda, no se enunció ninguna explicación de cómo se podía hacer esto. Para enfrentarse a la realidad en el presente, por supuesto que uno tendría que ser capaz de percibirla mediante las vías de comunicación que el hombre usa más frecuentemente en sus actividades.
Cualquiera de las percepciones del hombre puede estar aberrada por trastornos psíquicos que no permiten que la porción analítica de la mente de la persona se dé cuenta de las sensaciones que recibe. En otras palabras, aunque puede que nada vaya mal en los mecanismos de recepción del color, pueden existir circuitos en la mente que supriman el color antes de que se le permita a la consciencia ver el objeto. Se puede demostrar que el daltonismo es relativo o existe en grados, de tal modo que los colores parecen ser menos brillantes, apagados o, en caso extremo, estar totalmente ausentes. Todos conocemos gente para quien los colores “vivos” son odiosos y gente que los encuentra insuficientemente “vivos” para advertirlos. A este grado variable de daltonismo no se le ha reconocido como un factor psíquico, y si alguna vez se ha reparado en él, se ha supuesto vagamente que era alguna especie de condición mental.
Existen personas para quienes los ruidos son bastante molestos; para quienes el gemido insistente de un violín, por ejemplo, se parece mucho a tener metido un berbiquí en el tímpano; y hay otras para quienes cincuenta violines tocando fuertemente resultarían sedantes; y existen aquéllas que en presencia de un violín muestran desinterés y aburrimiento. Y también hay personas para quienes el sonido de un violín es algo monótono, aunque esté tocando la melodía más complicada. Estas diferencias de percepción sónica (auditiva), al igual que de color y otros errores visuales, se han atribuido a la naturaleza inherente de la persona o a deficiencia orgánica, o bien no se les ha asignado ningún lugar en absoluto.
Análogamente, los olores, las sensaciones táctiles, las percepciones orgánicas, el dolor y la pesadez, varían ampliamente y sin razón aparente de persona a persona. Una verificación superficial entre sus amigos demostrará a cualquiera que existen inmensas diferencias de percepción frente a estímulos idénticos. Para uno, el olor del pavo en el horno es maravilloso; otro lo huele con indiferencia; y puede que otro ni siquiera lo huela. Y puede que algún otro mantenga, en último extremo, que el pavo asándose huele exactamente igual que el fijador para el cabello.
Hasta que obtenemos claros, permanece confuso porqué han de existir estas diferencias.
Porque en su mayor parte, esta extravagante calidad y cantidad de percepción se debe a la aberración. Debido a las experiencias agradables del pasado y a la sensibilidad inherente, habrá cierta diferencia entre los claros; y no se debe suponer maquinalmente que la respuesta de un claro sea un término medio estandarizado y ajustado, esa pálida y detestable meta de las doctrinas del pasado. El claro obtiene una respuesta máxima, compatible con su propio deseo de respuesta. Una mecha ardiendo sigue oliéndole peligrosa, pero no le enferma. El pavo asándose le huele bien si tiene apetito y le gusta el pavo, en cuyo caso le olerá pero que muy bien. Los violines tocan melodías, no monotonías; no causan dolor y se disfrutan al máximo si, por cuestión de gustos, al claro le agradan los violines. De no ser así, le gustarán los timbales, los saxofones o, según su estado de ánimo, ninguna música en absoluto.
En otras palabras, hay dos variables que entran en juego. Una, la más absurda, es la causada por las aberraciones. La otra, completamente racional y comprensible, es causada por la personalidad.
Así que las percepciones de un aberrado (persona que no es clara) difieren mucho de las de la persona que es clara (no aberrada).

LECTURA RECOMENDADA
La Ciencia de la Mente Ilustrada (Parte I)
(libro completo: al pie se incluye el link para acceder a la parte siguiente)

LECTURAS COMPLEMENTARIAS
La verdad sobre Cienciología
Consecuencias de nuestros actos hostiles

La mente reactiva, tu archienemigo
La verdad sobre el dolor
Muerte de un hijo, ¿se puede superar?

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